La salida.

 

Pasó hace mucho tiempo. Antes de continuar debería dedicar espacio y ¡tiempo! a tratar de explicar por qué para mí el tiempo, padre de la memoria, asume características desaforadas (ignoro si hay otros, sospecho que no: he visto rostros repetidos, inmutables, pero aunque ella no estaba segura, yo sí creo estarlo y puedo afirmar que ese fenómeno es un espejismo fruto de la acumulación inaudita de horas y días y años, etc… ); pero, recapacito, mejor será desechar tal derrotero, e intentar dar cuenta de los hechos tal como sucedieron, pues ahí reside la explicación, evitando en lo posible embarcarme en reflexiones apresuradas que corran el riesgo de desembocar en elucubraciones de carácter general, un poco artificiosas, tal vez perdonables en un adolescente, el cual se lleva las palabras a la boca como un recién nacido, pero injustificables en alguien como yo: ¿que de qué se trata esto de “alguien como yo”? Paciencia. En principio diré que el hecho es una excepción a la regla general que rige mi existencia: el olvido. El entendible, obligado olvido, si se me permite la digresión. Y eso, que lo ocurrido sea una vulneración de la norma, obedece a que he regresado mentalmente al evento a diario, tornándolo en algo así como el rey de mis recuerdos. Lo recorrí cotidianamente, escudriñado, acechado sin descanso. Casi todo lo demás ha caído en el pozo. Ahora prendo un cigarrillo y el humo espeso borronea la pantalla de la computadora; creo que lo más apropiado será escribir y liberarme.
Ese domingo, como todos los domingos desde hacía más o menos un año, fui al parador de la ruta 33 a tomar el micro que hacía Casilda – Venado Tuerto. A Venado Tuerto me llevaba una conjunción de circunstancias afortunadas y desafortunadas que se entrelazaron en perjuicio de mis expectativas. Las desafortunadas: rendir mal el examen de ingreso a tribunales en los distritos de Casilda y Rosario. La afortunada: rendir bien en el distrito de Venado Tuerto, ciudad empotrada a la vera de la ya desaparecida, creo (quién sabe), y invocada ruta 33, a 110 km. de Casilda. Aclaración necesaria: a toda indicación de lugar que aluda le es aplicable el “creo (quién sabe) desaparecido o desaparecida”.
Llegué a la parada temprano, quiero decir ni un minuto pasado, ni uno antes, del horario en el cual en teoría debía pasar el micro, pero que en la jerga de los eternos esperadores de micros, en este caso concreto un pelado con lentes gruesos, sobretodo negro, zapatos indiscernibles y bolso rectangular y yo, en realidad consistía en prever la crónica impuntualidad de las empresas y adelantárseles, estando en la parada en el horario formal y preciso para fumar un cigarrillo e intercambiar palabras de indignación con algún hermano de espera, cuando no a fantasear con un amorío incestuoso si el hermano de espera no era un pelado armado de misterioso maletín y esplín sino una apetecible hermana. Pero no, el cigarrillo ese día se lo ofrecí al pelado, no hubo hermanas, hubo pelado y puteadas de pelado al cielo encapotado de una noche que se cerraba opacada por el grito resentido de los camiones que circulaban por la ruta. Por un momento pensé que el pelado creía que la sede de la empresa de micros estaba en el cielo, pues alzaba la vista y emitía un ascendente en vibración “la puta que los parió”.
Tras una espera que bien pudo ser de media hora, cuarenta minutos, o cuatro cigarrillos, el micro hizo su aparición a la distancia, como una promesa que se iba materializando a velocidad módica: “la puta que los parió”, escuché detrás de mí, “ahí viene”, y de nuevo: “la puta que los parió”. Aspiré fuerte la última pitada del cigarrillo segundos antes de que el micro nos obedeciera, al pelado y a mí, que estiramos cada uno una mano efectuando el gesto universal, y se detuviera. Creo que miré con nostalgia a un perro que amagó a frenar y siguió frenético su viaje; creo que me parecían tristes las paradas de micros. Creo que en esa época yo no era feliz.
Subí y pagué el boleto con el cambio justo. Cuando encaré la escalerita que iba hacia el segundo piso del micro, el pelado, que ya casi desaparece de este relato (eligió un asiento fuera de mi vista), le reprochaba al chofer el retraso, mientras el chofer, ya enfrascado en un duelo que asumía poco a poco el carácter de personal, le echaba en cara al pelado el haber pagado el boleto con un billete de cien pesos, dialéctica del “pelado – chofer” que produjo el último y calvo “la puta que los parió” que endulzó a mis oídos.
No viajaban demasiados pasajeros ese día, creo que menos de los usuales, aunque esos micros de doble piso tenían muchos asientos, logrando a veces, por contraste, dar la impresión de estar semivacíos cuando en realidad llevaban mucha gente. Elegí un asiento ubicado más o menos en la mitad del micro, del lado de la ventanilla, procurando que no hubiese nadie en los asientos circundantes, y puse mi mochila en el asiento de al lado, no sin antes sacar los cuentos completos de Julio Castillo, obra que yo juzgaba indispensable, pero que lógicamente, como casi todo en alguien como yo (¡paciencia!), fue perdiendo esplendor. Pero aunque suene soberbio, permanecer en mi memoria -Julio Castillo aún la habita- es una especie de privilegio. Creo que me unía a Castillo menos una admiración estética que un cierto rasgo de inhumanidad: los cuentos de Castillo no eran inhumanos: él lo era; de ahí la imposibilidad absoluta de plagiar su estilo. El estilo de Castillo compartiría el segundo de la muerte con el propio Castillo. Castillo no tenía herederos (olvidé el nombre, no merecía el privilegio de mi memoria, de un joven escritor porteño que la crítica señalaba como el heredero de Castillo, pero recuerdo sí mi indignación ante la sola comparación: Julio Castillo a aquel que yo era se le hacía único, irrepetible como la muerte de los que mueren).
El viaje era aproximadamente de dos horas, tiempo que yo siempre diluía leyendo o, si las luces del micro no funcionaban, fenómeno repetido, mirando por la ventanilla los campos abrazados por la noche, mientras pensaba en las cosas de siempre que no puedo detallar porque, caída en mí en desuso esa gimnasia, ya dejaron de ser las cosas de siempre. Pero las luces esta vez funcionaban, favoreciendo las primera de las opciones referidas. Abrí el azar la recopilación de cuentos de Castillo y me dispuse a olvidarme del tiempo y de mí (la lectura era, en general, un dispositivo del que me valía para olvidarme de mí).
Iba concentrado en la lectura de ese experimento que Castillo tituló “La arriba boca noche”, un relato extrañísimo en donde el autor se valía de tres narradores distintos, una mujer, un hombre y una niña hipoacúsica que era sacrificada en un ritual ancestral, previa desfloración –narrada minuciosamente por Castillo- obrante en otro plano temporal, y luego devorada por una especie de elite sacerdotal en medio de un éxtasis orgiástico. Si bien la moralidad imperante por aquellos tiempos no era de una rigidez excesiva, sospecho que este cuento fue la puerta de entrada de Castillo al panteón de los “malditos”. Del relato en cuestión eso es casi todo lo que recuerdo, no así de la respuesta de Castillo a una periodista que, en una de las contadas entrevistas a las que el autor accedió en su vida, le preguntó sobre la indignación que el crudo relato había despertado en ciertos círculos de lectores: “me chupa un huevo”, fue la escueta, certera, inexpugnable respuesta.
Pero decía yo que iba leyendo a Castillo, “iba concentrado en la lectura de ese experimento que Castillo tituló “La arriba boca noche”, dije, cuando escuché un sollozo que venía de uno de los asientos de los que me separaba el pasillo del micro. No puedo ahora -ni fui capaz en ese momento- dilucidar si la muchacha que sollozaba, ¿o debiera decir “lloraba”?, ¿qué distancia a un fenómeno del otro, el sollozo del llanto liso y llano?, ¿la intensidad?, ¿el caudal de lágrimas? De todos modos, es un dato superfluo, pero permítaseme llevarme a mí también un poco las palabras a la boca, concédaseme esa inofensiva licencia. Era joven, mejor dicho, parecía joven: la muchacha que sollozaba o lloraba era joven, mejor dicho, parecía joven. También era hermosa y de piel blanca, pero que no daba sensación de palidez enfermiza: la muchacha que sollozaba o lloraba era hermosa. La muchacha, de ella se trata, tenía el pelo negro, o castaño oscuro (la luminosidad del micro no ayudaba a zanjar este enigma) que le caía por partes iguales a ambos lado de la cabeza, cubriéndole las orejas. Y su nariz era recta, y en vano traté en ese momento de asignarle una connotación geográfica: ¿griega?, ¿romana? Yo no podía saberlo, las narices son narices, no tienen documentos. Pero era recta.
El ruido me arrancó abruptamente de la lectura. Me pregunté si la sollozante había estado ahí desde mi arribo al micro o subido en alguna parada de un pueblo intermedio (cuyos nombres, para variar, no ignoraba, pero ahora ignoro). Sospecho que estaba ahí desde antes de mi ascenso, pero que mi irremediable inclinación a la introspección, a obviar lo que me circunda -método de defensa, dirían los por aquellos tiempos en boga psicólogos, pléyade afortunadamente extinta- logró que pase desapercibida a mis sentidos, hecho que, de ser cierto, refuta la parte de este relato en la que doy cuenta de mi acomodamiento en el micro.
El sollozo, naturalmente, me incomodó. Es una regla de todos los tiempos: nadie sabe cómo reaccionar ante el llanto de un desconocido. Porque nadie se cree tan cercano a un desconocido como para ofrecerle contención, como así tampoco existe nadie que, conteniendo una pizca de humanidad, haga caso omiso y total del lamento de un extraño. Yo, para bien o para mal, poseía ese rasgo de humanidad, o quizás disfrazo mi apetito natural de humanidad: era hermosa, ¿lo dije? No lo sé. Pero sí sé que aparte la vista del libro y la miré como interrogándola. Y sé que me miró. Que un par de ojos negros y húmedos me miró. Que un par de ojos negros, sin que pudiera hacer yo nada más que contener la respiración, se me acercó y se sentó a mi lado. Que, aunque no lo recuerdo exactamente pero la lógica lo indica, corrí la mochila del asiento para que el par de ojos se sentara. Que vencí mi disciplinada timidez y, despacito, le pregunté por qué lloraba o sollozaba. Que más despacito una voz y un olor indescifrable pero agradable, como de almendras, me dijo que lloraba porque era inmortal. Así fue: “lloro porque soy inmortal”, me dijo.
Que semejante declaración me tomó por sorpresa es una obviedad. Si bien era yo un sujeto habituado a suspender mi incredulidad, la literatura precisa de ese paréntesis, resulta incuestionable que lo primero que asomó a mi espíritu fue escrutar la sanidad mental de la muchacha que, como quien no quiere la cosa, me manifestaba su inmortalidad. Con un tono que dejó traslucir cierta mordacidad, le dije que no comprendía lo que me estaba diciendo…
-Sí, naturalmente –concedió mirándome con unos ojos que se me hicieron de resignación-, te entiendo. Pero es la verdad: soy inmortal, no puedo morir. ¿Comprendés?- agregó sin proponer datos que ayudaran a modificar mi estado dubitativo.
Giré rápido la vista y miré por la ventanilla para evitar estallar en una carcajada. La igualdad de la llanura se sucedía sin obstáculos. La noche, ya estacionada, se hundió en mis pupilas. Cuando volví a mirar a la chica, el llanto había cesado, dejando como eco un leve halo rojizo que, contrastando con el blanco de su piel, circundaba sus sombríos ojos. Evoqué –cuando no- aquel cuento de Castillo, de título ya perdido, cuyo personaje principal, un inmortal, hastiado porque ya le había sucedido todo lo que a un hombre puede sucederle, terminaba optando por la inmovilidad total y sentándose en el desierto sin esperar más nada. Algo, la fatalidad, la necesidad imperiosa de salirme de la rutina que la llanura, hecha a imagen y semejanza de la rutina, me clavaba en el alma, hizo que le siguiera lo que aparecía como un deliberado juego:
-Bien, comprendo, sos inmortal, no serás la primera ni la última- aduje ceremonialmente- Pero ¿cómo llegaste a serlo? ¿Una condena? ¿Un hechizo del cual fuiste víctima, allá en el principio de los tiempos?-
-Comprenderás que es difícil mi situación –contestó- ¿Fue hace mucho tiempo? Sí. En cuanto a las circunstancias que rondaron a la transferencia, porque de ella se trata, de una cesión inescrupulosa, no podría darte detalles minuciosos, pues traté de olvidarlo. El éxito relativo de esa empresa, la de borrar ese estigma que ardía en mi memoria, relativo porque he logrado reducirlo, no desterrarlo por completo (¿cómo erradicar por completo algo así), torna imposible detenerme en los detalles…
Y me habló de cómo fue. Relató guerras inubicables en el tiempo, refriegas brutales en las que chocaban reinos y hombres y espadas. Rememoró campos hechos de sangre, pestes que se extendían como la noche y asolaban a los hombres que, indefensos, creaban dioses mirando al cielo. Relató sin detenerse el encuentro con su antecesor, al que recordaba, aunque no estaba segura –admitió- muy alto y de barba larga y gris. “Los ojos era profundos y de color ceniza”, agregó. Del sitio del encuentro, nada, o casi nada, tan sólo un mar sin más allá y la única luna; de las palabras intercambiadas con el misterioso hombre, poco. Se detuvo. Cerró los ojos, en un evidente esfuerzo de concentración, y continuó:
-No sé cómo me encontró, sé que esto que vos y yo repetimos en otro escenario- me dijo y empezó a inquietarme su tono de voz-, él lo había padecido, y el hombre o mujer del que era él fugitivo a su vez también, y así era y es desde nadie sabe dónde. Nadie tiene consciencia del inicio, nadie recibió del anterior, o quizás sí pero prefirió amputar el secreto, explicaciones de los porqué, todo es porque es en esta cadena…
La interrumpí para preguntarle si la cesión o transferencia implicaba la revocación del cedente en su calidad de inmortal. Vi que bajó los ojos…
-No lo sé, no puedo confirmarlo. Sospecho que el don o la carga o la condena, como prefieras concebirlo, no es absoluto, pero se le parece tanto que es casi la misma cosa. Tenés que comprender que la mente de alguien como yo no funciona como la de un mortal: saber que vas a morir es el impulso de la actividad vital. Un inmortal es por definición un muerto por exceso de vida… Retornando a lo anterior: a mi cedente no volví a verlo, creo que de haberlo hecho, lo recordaría. Como te dije, los pormenores se me escapan. Para mí intentar recordar un hecho es doloroso, y no es una metáfora, duele en el cuerpo… es inexplicable: alguien que no muere está en parte fuera de la convención del lenguaje.
Debo admitir que esa última sentencia me dio una agradable sensación estética: un inmortal debe ser fatalmente un ser muy sabio, pensé para mí mismo. Y así se lo hice saber.
-En cierto sentido-coincidió- Imagináte que toda o casi toda emoción que un hombre puede sentir, yo la he padecido, y no una vez, sino innumerables veces: amar, ver morir seres queridos (aunque, lógico, se termina imponiendo la soledad), en fin, todos los momentos que para ustedes son como la cornisa de la existencia, para mí se multiplican por obra de ese espejo de infinitas caras que soy…
Pensé nuevamente en el cuento de Castillo. La charla había devorado ya más de la mitad del viaje. Mis ganas de fumar corrían parejas a las de indagar a qué venía todo eso, es decir, qué mecanismo causal se había visto coronado con ese encuentro que asumía caracteres literarios, cuando no delirantes:
-¿Adónde vas? La verdad que me sorprende que una inmortal prefiera trasladarse de un punto a otro del espacio, y más en estos micros de mierda, y no la pétrea quietud contemplativa- le dije.
-Me parece que todavía no entendés bien la cuestión, ojo, yo tampoco. Esto, vos, este micro y yo, es una especie de experimento, un manotazo de ahogado, magnífica expresión que debemos a estos tiempos-contestó.
Confieso que la sentencia me inquietó. Algo, el tono, la carencia de emoción de las palabras, me hizo anhelar el retorno a la tranquilizadora incredulidad. Ella prosiguió:
-En un inmortal los sueños son escasos. Podría decirse que, transcurridos una determinada cantidad de siglos, la capacidad onírica desaparece casi por completo. Ignoro si los sueños ocurren y no podemos recobrarlos en la vigilia, o si directamente esa manifestación de lo que ahora llaman inconsciente –dijo, y rió al citar aquel espléndido invento de no recuerdo quién: risa tímida pero cálida que me recorrió como una descarga eléctrica- yace aletargada, casi muerta, y sólo aparece muy de vez en cuando; para medir los intervalos oscuros entre sueño y sueño debería utilizar como unidad de medida el siglo. El hecho es que para mí soñar y recordar el sueño es como un doble milagro. Y anoche soñé. Te soñé…
No pude más que reírme. Repasé toda la conversación y me vi como un clown en fiesta ajena. ¿Qué debía hacer? ¿Cómo reaccionar? No temí por mi integridad física, mi talla era suficiente para inmovilizarla si, llegado el caso, un ataque de locura o algo así, la chica se lanzara sobre mí; pero comencé a sentirme molesto, me dije que ya era demasiado. Dejando traslucir mi enojo, le dije que no entendía lo que me quería decir y que, en lo posible, dejara de molestarme, pues la cosa había ido demasiado lejos.
-Te entiendo, pero ya está –su rostro anocheció-, casi ya está. Anoche, después de muchísimo tiempo, y sabrás entender que hablo de un vasto campo de tiempo, tuve un sueño. Esta mañana me desperté agitada por dos motivos: el sueño y la claridad del sueño. Esto: el micro, vos y yo, y hasta esta charla, lo fui confirmando, se me aparecieron diáfanos, sin grietas… Todo el día reflexioné sobre el asunto. Al principio di por hecho que mi deseo de liberarme, nunca muerto del todo, el único deseo que jamás cesó, había gestado esa visión tan plena, que todo era una solución imaginaria a un enigma real: mi inmortalidad, mi hastío. Luego, más tranquila, me asaltó una intuición: rememoré, quizás inventé -mi deseo ahora creaba, se ensanchaba- mi encuentro con aquel hombre, mi cedente. Evoqué -o creí evocar-, algunas de sus palabras, el esfuerzo me dolió en todo el cuerpo. Temblé. Me abrazó de golpe una frase que citaba a un sueño, pero confusa, desteñida, y abandoné la lucha interior exaltada. Hice lo que cualquiera que sabe que no va morir haría: vine a tomar el micro de mi sueño (el sueño era preciso sobre todos los detalles): ¿qué tiene para perder una inmortal? En el camino tejí una teoría disparatada, aunque dentro del disparate de no morir: ¿puede cualquier cosa ser catalogada como un disparate? Vislumbré que quizás la transmisión del don o la carga o la condena debía hacerse en dos planos: uno onírico, atemporal (en los sueños el tiempo enloquece hasta el punto que desaparecen sus atributos que lo hacen ser lo que es) y uno calco de aquél, en la esfera de lo real. Por eso estoy acá, y ojalá vos también…
Y me tomó de la mano, y me miró con oscuros ojos de súplica. El cálido apretón me impresionó, sentí físicamente su sufrimiento: ¿o era el mío propio? Creo que ella sintió algo parecido porque comenzó a llorar, esta vez de forma desesperada. Conmovido, cesó mi enojo, se notaba que su sufrimiento, racional o no, era real. Traté de consolarla, pero no hallaba las palabras precisas, la situación era anormal, caótica. Le dije que se calmara. Me abrazó y se levantó del asiento. Alcancé a sujetarla del brazo, forzando así el corolario de un diálogo que, lo intuía, se acercaba a su fin. Pensé en indagarla sobre el final de su sueño, pero ella, sin darme tiempo, me rogó:
-Perdonáme, salga como salga esto, ruego que me perdones. Sé que con el tiempo me vas a entender, no me odies, olvidáme…
El choque que me produjeron sus palabras hizo que automáticamente le soltara el brazo. Antes de abandonarme, me miró y, adivinando mis pensamientos, cualidad muy desarrollada en nosotros, ahora lo sé, me acarició suave con su miraba hecha de soledad y me dijo:
-creo que alguna vez me llamé Nahir, pero no lo sé…
Me duelen los dedos. El atado de cigarrillos que comenzó este viaje conmigo es ahora este olor azulado que puebla mi habitación. Estoy cerca, espero, del final.
Lo última imagen de la quizás Nahir fue su pelo negro o castaño oscuro que caía sobre su espalda yendo hacia la cabina del chofer…
Del accidente recuerdo el movimiento brusco, el cruce de carril inexplicable, las luces palpitantes del camión que venía de frente, los gritos (sólo ahí supe que no estábamos sólo ella y yo en el micro) y mi inusitada, misteriosa calma; de los diarios del otro día, los titulares que tras exponer en tono de denuncia el pésimo estado de la ruta y del micro, me sindicaban como el único y milagroso sobreviviente de la tragedia.
Sin embargo, el sueño de anoche se me aparece perfecto, de una plenitud glacial. Me vi escribiendo esta historia, así tal como está, palabra por palabra. Pude sentir hasta el sentimiento que acompañó a cada una. Ojalá que la fórmula, que nació al unísono con el tiempo, sea verdadera; ojalá la visión de anoche sea profética. Si así fuera, creo que no tengo fuerzas para lo contrario, me tocará el papel de cedente; si así fuera, el primer lector de este relato será mi ansiado liberador. Quien fuera el fugitivo (en el sueño no tenía rostro, era anónimo, pero sé que era), deberá perdonarme, sé que con el tiempo aprenderá a comprenderme.
Miro las dosis de veneno que descansan arriba de la mesa, al lado del abollado atado de cigarrillos. Sé que son suficientes. Tomaré una cada veinticuatro o cuarenta y ocho horas. No quiero apresurarme, qué más dan algunos días más o menos. Por suerte hoy en día los textos circulan a una velocidad vertiginosa. Deseo ser idéntico al trazo del silencio que envuelve esta habitación. Cuando por fin deje de sentir será para mí como una fiesta.
Creo que alguna vez me llamé Marcos, pero no lo sé…

 

 

 

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