La salida.

 

Pasó hace mucho tiempo. Antes de continuar debería dedicar espacio y ¡tiempo! a tratar de explicar por qué para mí el tiempo, padre de la memoria, asume características desaforadas (ignoro si hay otros, sospecho que no: he visto rostros repetidos, inmutables, pero aunque ella no estaba segura, yo sí creo estarlo y puedo afirmar que ese fenómeno es un espejismo fruto de la acumulación inaudita de horas y días y años, etc… ); pero, recapacito, mejor será desechar tal derrotero, e intentar dar cuenta de los hechos tal como sucedieron, pues ahí reside la explicación, evitando en lo posible embarcarme en reflexiones apresuradas que corran el riesgo de desembocar en elucubraciones de carácter general, un poco artificiosas, tal vez perdonables en un adolescente, el cual se lleva las palabras a la boca como un recién nacido, pero injustificables en alguien como yo: ¿que de qué se trata esto de “alguien como yo”? Paciencia. En principio diré que el hecho es una excepción a la regla general que rige mi existencia: el olvido. El entendible, obligado olvido, si se me permite la digresión. Y eso, que lo ocurrido sea una vulneración de la norma, obedece a que he regresado mentalmente al evento a diario, tornándolo en algo así como el rey de mis recuerdos. Lo recorrí cotidianamente, escudriñado, acechado sin descanso. Casi todo lo demás ha caído en el pozo. Ahora prendo un cigarrillo y el humo espeso borronea la pantalla de la computadora; creo que lo más apropiado será escribir y liberarme.
Ese domingo, como todos los domingos desde hacía más o menos un año, fui al parador de la ruta 33 a tomar el micro que hacía Casilda – Venado Tuerto. A Venado Tuerto me llevaba una conjunción de circunstancias afortunadas y desafortunadas que se entrelazaron en perjuicio de mis expectativas. Las desafortunadas: rendir mal el examen de ingreso a tribunales en los distritos de Casilda y Rosario. La afortunada: rendir bien en el distrito de Venado Tuerto, ciudad empotrada a la vera de la ya desaparecida, creo (quién sabe), y invocada ruta 33, a 110 km. de Casilda. Aclaración necesaria: a toda indicación de lugar que aluda le es aplicable el “creo (quién sabe) desaparecido o desaparecida”.
Llegué a la parada temprano, quiero decir ni un minuto pasado, ni uno antes, del horario en el cual en teoría debía pasar el micro, pero que en la jerga de los eternos esperadores de micros, en este caso concreto un pelado con lentes gruesos, sobretodo negro, zapatos indiscernibles y bolso rectangular y yo, en realidad consistía en prever la crónica impuntualidad de las empresas y adelantárseles, estando en la parada en el horario formal y preciso para fumar un cigarrillo e intercambiar palabras de indignación con algún hermano de espera, cuando no a fantasear con un amorío incestuoso si el hermano de espera no era un pelado armado de misterioso maletín y esplín sino una apetecible hermana. Pero no, el cigarrillo ese día se lo ofrecí al pelado, no hubo hermanas, hubo pelado y puteadas de pelado al cielo encapotado de una noche que se cerraba opacada por el grito resentido de los camiones que circulaban por la ruta. Por un momento pensé que el pelado creía que la sede de la empresa de micros estaba en el cielo, pues alzaba la vista y emitía un ascendente en vibración “la puta que los parió”.
Tras una espera que bien pudo ser de media hora, cuarenta minutos, o cuatro cigarrillos, el micro hizo su aparición a la distancia, como una promesa que se iba materializando a velocidad módica: “la puta que los parió”, escuché detrás de mí, “ahí viene”, y de nuevo: “la puta que los parió”. Aspiré fuerte la última pitada del cigarrillo segundos antes de que el micro nos obedeciera, al pelado y a mí, que estiramos cada uno una mano efectuando el gesto universal, y se detuviera. Creo que miré con nostalgia a un perro que amagó a frenar y siguió frenético su viaje; creo que me parecían tristes las paradas de micros. Creo que en esa época yo no era feliz.
Subí y pagué el boleto con el cambio justo. Cuando encaré la escalerita que iba hacia el segundo piso del micro, el pelado, que ya casi desaparece de este relato (eligió un asiento fuera de mi vista), le reprochaba al chofer el retraso, mientras el chofer, ya enfrascado en un duelo que asumía poco a poco el carácter de personal, le echaba en cara al pelado el haber pagado el boleto con un billete de cien pesos, dialéctica del “pelado – chofer” que produjo el último y calvo “la puta que los parió” que endulzó a mis oídos.
No viajaban demasiados pasajeros ese día, creo que menos de los usuales, aunque esos micros de doble piso tenían muchos asientos, logrando a veces, por contraste, dar la impresión de estar semivacíos cuando en realidad llevaban mucha gente. Elegí un asiento ubicado más o menos en la mitad del micro, del lado de la ventanilla, procurando que no hubiese nadie en los asientos circundantes, y puse mi mochila en el asiento de al lado, no sin antes sacar los cuentos completos de Julio Castillo, obra que yo juzgaba indispensable, pero que lógicamente, como casi todo en alguien como yo (¡paciencia!), fue perdiendo esplendor. Pero aunque suene soberbio, permanecer en mi memoria -Julio Castillo aún la habita- es una especie de privilegio. Creo que me unía a Castillo menos una admiración estética que un cierto rasgo de inhumanidad: los cuentos de Castillo no eran inhumanos: él lo era; de ahí la imposibilidad absoluta de plagiar su estilo. El estilo de Castillo compartiría el segundo de la muerte con el propio Castillo. Castillo no tenía herederos (olvidé el nombre, no merecía el privilegio de mi memoria, de un joven escritor porteño que la crítica señalaba como el heredero de Castillo, pero recuerdo sí mi indignación ante la sola comparación: Julio Castillo a aquel que yo era se le hacía único, irrepetible como la muerte de los que mueren).
El viaje era aproximadamente de dos horas, tiempo que yo siempre diluía leyendo o, si las luces del micro no funcionaban, fenómeno repetido, mirando por la ventanilla los campos abrazados por la noche, mientras pensaba en las cosas de siempre que no puedo detallar porque, caída en mí en desuso esa gimnasia, ya dejaron de ser las cosas de siempre. Pero las luces esta vez funcionaban, favoreciendo las primera de las opciones referidas. Abrí el azar la recopilación de cuentos de Castillo y me dispuse a olvidarme del tiempo y de mí (la lectura era, en general, un dispositivo del que me valía para olvidarme de mí).
Iba concentrado en la lectura de ese experimento que Castillo tituló “La arriba boca noche”, un relato extrañísimo en donde el autor se valía de tres narradores distintos, una mujer, un hombre y una niña hipoacúsica que era sacrificada en un ritual ancestral, previa desfloración –narrada minuciosamente por Castillo- obrante en otro plano temporal, y luego devorada por una especie de elite sacerdotal en medio de un éxtasis orgiástico. Si bien la moralidad imperante por aquellos tiempos no era de una rigidez excesiva, sospecho que este cuento fue la puerta de entrada de Castillo al panteón de los “malditos”. Del relato en cuestión eso es casi todo lo que recuerdo, no así de la respuesta de Castillo a una periodista que, en una de las contadas entrevistas a las que el autor accedió en su vida, le preguntó sobre la indignación que el crudo relato había despertado en ciertos círculos de lectores: “me chupa un huevo”, fue la escueta, certera, inexpugnable respuesta.
Pero decía yo que iba leyendo a Castillo, “iba concentrado en la lectura de ese experimento que Castillo tituló “La arriba boca noche”, dije, cuando escuché un sollozo que venía de uno de los asientos de los que me separaba el pasillo del micro. No puedo ahora -ni fui capaz en ese momento- dilucidar si la muchacha que sollozaba, ¿o debiera decir “lloraba”?, ¿qué distancia a un fenómeno del otro, el sollozo del llanto liso y llano?, ¿la intensidad?, ¿el caudal de lágrimas? De todos modos, es un dato superfluo, pero permítaseme llevarme a mí también un poco las palabras a la boca, concédaseme esa inofensiva licencia. Era joven, mejor dicho, parecía joven: la muchacha que sollozaba o lloraba era joven, mejor dicho, parecía joven. También era hermosa y de piel blanca, pero que no daba sensación de palidez enfermiza: la muchacha que sollozaba o lloraba era hermosa. La muchacha, de ella se trata, tenía el pelo negro, o castaño oscuro (la luminosidad del micro no ayudaba a zanjar este enigma) que le caía por partes iguales a ambos lado de la cabeza, cubriéndole las orejas. Y su nariz era recta, y en vano traté en ese momento de asignarle una connotación geográfica: ¿griega?, ¿romana? Yo no podía saberlo, las narices son narices, no tienen documentos. Pero era recta.
El ruido me arrancó abruptamente de la lectura. Me pregunté si la sollozante había estado ahí desde mi arribo al micro o subido en alguna parada de un pueblo intermedio (cuyos nombres, para variar, no ignoraba, pero ahora ignoro). Sospecho que estaba ahí desde antes de mi ascenso, pero que mi irremediable inclinación a la introspección, a obviar lo que me circunda -método de defensa, dirían los por aquellos tiempos en boga psicólogos, pléyade afortunadamente extinta- logró que pase desapercibida a mis sentidos, hecho que, de ser cierto, refuta la parte de este relato en la que doy cuenta de mi acomodamiento en el micro.
El sollozo, naturalmente, me incomodó. Es una regla de todos los tiempos: nadie sabe cómo reaccionar ante el llanto de un desconocido. Porque nadie se cree tan cercano a un desconocido como para ofrecerle contención, como así tampoco existe nadie que, conteniendo una pizca de humanidad, haga caso omiso y total del lamento de un extraño. Yo, para bien o para mal, poseía ese rasgo de humanidad, o quizás disfrazo mi apetito natural de humanidad: era hermosa, ¿lo dije? No lo sé. Pero sí sé que aparte la vista del libro y la miré como interrogándola. Y sé que me miró. Que un par de ojos negros y húmedos me miró. Que un par de ojos negros, sin que pudiera hacer yo nada más que contener la respiración, se me acercó y se sentó a mi lado. Que, aunque no lo recuerdo exactamente pero la lógica lo indica, corrí la mochila del asiento para que el par de ojos se sentara. Que vencí mi disciplinada timidez y, despacito, le pregunté por qué lloraba o sollozaba. Que más despacito una voz y un olor indescifrable pero agradable, como de almendras, me dijo que lloraba porque era inmortal. Así fue: “lloro porque soy inmortal”, me dijo.
Que semejante declaración me tomó por sorpresa es una obviedad. Si bien era yo un sujeto habituado a suspender mi incredulidad, la literatura precisa de ese paréntesis, resulta incuestionable que lo primero que asomó a mi espíritu fue escrutar la sanidad mental de la muchacha que, como quien no quiere la cosa, me manifestaba su inmortalidad. Con un tono que dejó traslucir cierta mordacidad, le dije que no comprendía lo que me estaba diciendo…
-Sí, naturalmente –concedió mirándome con unos ojos que se me hicieron de resignación-, te entiendo. Pero es la verdad: soy inmortal, no puedo morir. ¿Comprendés?- agregó sin proponer datos que ayudaran a modificar mi estado dubitativo.
Giré rápido la vista y miré por la ventanilla para evitar estallar en una carcajada. La igualdad de la llanura se sucedía sin obstáculos. La noche, ya estacionada, se hundió en mis pupilas. Cuando volví a mirar a la chica, el llanto había cesado, dejando como eco un leve halo rojizo que, contrastando con el blanco de su piel, circundaba sus sombríos ojos. Evoqué –cuando no- aquel cuento de Castillo, de título ya perdido, cuyo personaje principal, un inmortal, hastiado porque ya le había sucedido todo lo que a un hombre puede sucederle, terminaba optando por la inmovilidad total y sentándose en el desierto sin esperar más nada. Algo, la fatalidad, la necesidad imperiosa de salirme de la rutina que la llanura, hecha a imagen y semejanza de la rutina, me clavaba en el alma, hizo que le siguiera lo que aparecía como un deliberado juego:
-Bien, comprendo, sos inmortal, no serás la primera ni la última- aduje ceremonialmente- Pero ¿cómo llegaste a serlo? ¿Una condena? ¿Un hechizo del cual fuiste víctima, allá en el principio de los tiempos?-
-Comprenderás que es difícil mi situación –contestó- ¿Fue hace mucho tiempo? Sí. En cuanto a las circunstancias que rondaron a la transferencia, porque de ella se trata, de una cesión inescrupulosa, no podría darte detalles minuciosos, pues traté de olvidarlo. El éxito relativo de esa empresa, la de borrar ese estigma que ardía en mi memoria, relativo porque he logrado reducirlo, no desterrarlo por completo (¿cómo erradicar por completo algo así), torna imposible detenerme en los detalles…
Y me habló de cómo fue. Relató guerras inubicables en el tiempo, refriegas brutales en las que chocaban reinos y hombres y espadas. Rememoró campos hechos de sangre, pestes que se extendían como la noche y asolaban a los hombres que, indefensos, creaban dioses mirando al cielo. Relató sin detenerse el encuentro con su antecesor, al que recordaba, aunque no estaba segura –admitió- muy alto y de barba larga y gris. “Los ojos era profundos y de color ceniza”, agregó. Del sitio del encuentro, nada, o casi nada, tan sólo un mar sin más allá y la única luna; de las palabras intercambiadas con el misterioso hombre, poco. Se detuvo. Cerró los ojos, en un evidente esfuerzo de concentración, y continuó:
-No sé cómo me encontró, sé que esto que vos y yo repetimos en otro escenario- me dijo y empezó a inquietarme su tono de voz-, él lo había padecido, y el hombre o mujer del que era él fugitivo a su vez también, y así era y es desde nadie sabe dónde. Nadie tiene consciencia del inicio, nadie recibió del anterior, o quizás sí pero prefirió amputar el secreto, explicaciones de los porqué, todo es porque es en esta cadena…
La interrumpí para preguntarle si la cesión o transferencia implicaba la revocación del cedente en su calidad de inmortal. Vi que bajó los ojos…
-No lo sé, no puedo confirmarlo. Sospecho que el don o la carga o la condena, como prefieras concebirlo, no es absoluto, pero se le parece tanto que es casi la misma cosa. Tenés que comprender que la mente de alguien como yo no funciona como la de un mortal: saber que vas a morir es el impulso de la actividad vital. Un inmortal es por definición un muerto por exceso de vida… Retornando a lo anterior: a mi cedente no volví a verlo, creo que de haberlo hecho, lo recordaría. Como te dije, los pormenores se me escapan. Para mí intentar recordar un hecho es doloroso, y no es una metáfora, duele en el cuerpo… es inexplicable: alguien que no muere está en parte fuera de la convención del lenguaje.
Debo admitir que esa última sentencia me dio una agradable sensación estética: un inmortal debe ser fatalmente un ser muy sabio, pensé para mí mismo. Y así se lo hice saber.
-En cierto sentido-coincidió- Imagináte que toda o casi toda emoción que un hombre puede sentir, yo la he padecido, y no una vez, sino innumerables veces: amar, ver morir seres queridos (aunque, lógico, se termina imponiendo la soledad), en fin, todos los momentos que para ustedes son como la cornisa de la existencia, para mí se multiplican por obra de ese espejo de infinitas caras que soy…
Pensé nuevamente en el cuento de Castillo. La charla había devorado ya más de la mitad del viaje. Mis ganas de fumar corrían parejas a las de indagar a qué venía todo eso, es decir, qué mecanismo causal se había visto coronado con ese encuentro que asumía caracteres literarios, cuando no delirantes:
-¿Adónde vas? La verdad que me sorprende que una inmortal prefiera trasladarse de un punto a otro del espacio, y más en estos micros de mierda, y no la pétrea quietud contemplativa- le dije.
-Me parece que todavía no entendés bien la cuestión, ojo, yo tampoco. Esto, vos, este micro y yo, es una especie de experimento, un manotazo de ahogado, magnífica expresión que debemos a estos tiempos-contestó.
Confieso que la sentencia me inquietó. Algo, el tono, la carencia de emoción de las palabras, me hizo anhelar el retorno a la tranquilizadora incredulidad. Ella prosiguió:
-En un inmortal los sueños son escasos. Podría decirse que, transcurridos una determinada cantidad de siglos, la capacidad onírica desaparece casi por completo. Ignoro si los sueños ocurren y no podemos recobrarlos en la vigilia, o si directamente esa manifestación de lo que ahora llaman inconsciente –dijo, y rió al citar aquel espléndido invento de no recuerdo quién: risa tímida pero cálida que me recorrió como una descarga eléctrica- yace aletargada, casi muerta, y sólo aparece muy de vez en cuando; para medir los intervalos oscuros entre sueño y sueño debería utilizar como unidad de medida el siglo. El hecho es que para mí soñar y recordar el sueño es como un doble milagro. Y anoche soñé. Te soñé…
No pude más que reírme. Repasé toda la conversación y me vi como un clown en fiesta ajena. ¿Qué debía hacer? ¿Cómo reaccionar? No temí por mi integridad física, mi talla era suficiente para inmovilizarla si, llegado el caso, un ataque de locura o algo así, la chica se lanzara sobre mí; pero comencé a sentirme molesto, me dije que ya era demasiado. Dejando traslucir mi enojo, le dije que no entendía lo que me quería decir y que, en lo posible, dejara de molestarme, pues la cosa había ido demasiado lejos.
-Te entiendo, pero ya está –su rostro anocheció-, casi ya está. Anoche, después de muchísimo tiempo, y sabrás entender que hablo de un vasto campo de tiempo, tuve un sueño. Esta mañana me desperté agitada por dos motivos: el sueño y la claridad del sueño. Esto: el micro, vos y yo, y hasta esta charla, lo fui confirmando, se me aparecieron diáfanos, sin grietas… Todo el día reflexioné sobre el asunto. Al principio di por hecho que mi deseo de liberarme, nunca muerto del todo, el único deseo que jamás cesó, había gestado esa visión tan plena, que todo era una solución imaginaria a un enigma real: mi inmortalidad, mi hastío. Luego, más tranquila, me asaltó una intuición: rememoré, quizás inventé -mi deseo ahora creaba, se ensanchaba- mi encuentro con aquel hombre, mi cedente. Evoqué -o creí evocar-, algunas de sus palabras, el esfuerzo me dolió en todo el cuerpo. Temblé. Me abrazó de golpe una frase que citaba a un sueño, pero confusa, desteñida, y abandoné la lucha interior exaltada. Hice lo que cualquiera que sabe que no va morir haría: vine a tomar el micro de mi sueño (el sueño era preciso sobre todos los detalles): ¿qué tiene para perder una inmortal? En el camino tejí una teoría disparatada, aunque dentro del disparate de no morir: ¿puede cualquier cosa ser catalogada como un disparate? Vislumbré que quizás la transmisión del don o la carga o la condena debía hacerse en dos planos: uno onírico, atemporal (en los sueños el tiempo enloquece hasta el punto que desaparecen sus atributos que lo hacen ser lo que es) y uno calco de aquél, en la esfera de lo real. Por eso estoy acá, y ojalá vos también…
Y me tomó de la mano, y me miró con oscuros ojos de súplica. El cálido apretón me impresionó, sentí físicamente su sufrimiento: ¿o era el mío propio? Creo que ella sintió algo parecido porque comenzó a llorar, esta vez de forma desesperada. Conmovido, cesó mi enojo, se notaba que su sufrimiento, racional o no, era real. Traté de consolarla, pero no hallaba las palabras precisas, la situación era anormal, caótica. Le dije que se calmara. Me abrazó y se levantó del asiento. Alcancé a sujetarla del brazo, forzando así el corolario de un diálogo que, lo intuía, se acercaba a su fin. Pensé en indagarla sobre el final de su sueño, pero ella, sin darme tiempo, me rogó:
-Perdonáme, salga como salga esto, ruego que me perdones. Sé que con el tiempo me vas a entender, no me odies, olvidáme…
El choque que me produjeron sus palabras hizo que automáticamente le soltara el brazo. Antes de abandonarme, me miró y, adivinando mis pensamientos, cualidad muy desarrollada en nosotros, ahora lo sé, me acarició suave con su miraba hecha de soledad y me dijo:
-creo que alguna vez me llamé Nahir, pero no lo sé…
Me duelen los dedos. El atado de cigarrillos que comenzó este viaje conmigo es ahora este olor azulado que puebla mi habitación. Estoy cerca, espero, del final.
Lo última imagen de la quizás Nahir fue su pelo negro o castaño oscuro que caía sobre su espalda yendo hacia la cabina del chofer…
Del accidente recuerdo el movimiento brusco, el cruce de carril inexplicable, las luces palpitantes del camión que venía de frente, los gritos (sólo ahí supe que no estábamos sólo ella y yo en el micro) y mi inusitada, misteriosa calma; de los diarios del otro día, los titulares que tras exponer en tono de denuncia el pésimo estado de la ruta y del micro, me sindicaban como el único y milagroso sobreviviente de la tragedia.
Sin embargo, el sueño de anoche se me aparece perfecto, de una plenitud glacial. Me vi escribiendo esta historia, así tal como está, palabra por palabra. Pude sentir hasta el sentimiento que acompañó a cada una. Ojalá que la fórmula, que nació al unísono con el tiempo, sea verdadera; ojalá la visión de anoche sea profética. Si así fuera, creo que no tengo fuerzas para lo contrario, me tocará el papel de cedente; si así fuera, el primer lector de este relato será mi ansiado liberador. Quien fuera el fugitivo (en el sueño no tenía rostro, era anónimo, pero sé que era), deberá perdonarme, sé que con el tiempo aprenderá a comprenderme.
Miro las dosis de veneno que descansan arriba de la mesa, al lado del abollado atado de cigarrillos. Sé que son suficientes. Tomaré una cada veinticuatro o cuarenta y ocho horas. No quiero apresurarme, qué más dan algunos días más o menos. Por suerte hoy en día los textos circulan a una velocidad vertiginosa. Deseo ser idéntico al trazo del silencio que envuelve esta habitación. Cuando por fin deje de sentir será para mí como una fiesta.
Creo que alguna vez me llamé Marcos, pero no lo sé…

 

 

 

Día de los enamorados.

En las ciudades pequeñas o pueblos grandes las posibilidades de salir de la rítmica y tediosa rutina son escasas. Ignoro si es una ventaja  que yo sea la excepción a esta ley natural que rige la evolución de incontables “polis” del interior del país. Me explico.

Ayer iba caminando hacia el centro cuando, de súbito, me dieron ganas irreprimibles de comer dulces. Luego de un rápido examen de mi situación financiera, que arrojó un resultado extrañamente favorable, entré al primer quiosco que me salió al paso. Saludé al joven que lo atendía y, a cambio de mis modales, recibí un rociado de aerosol anti-moscas; me irrité un poco, pero me calmaron las rápidas disculpas que el chico me ofreció no sin blasfemar contra el ejército de insectos que pululaban por el local.

Luego, ya del todo reconciliado con el mundo, comencé  la selección del futuro banquete. En un momento dado, mientras yo  acomodaba lo que iba a comprar sobre el mostrador, noté que el joven  me examinaba atentamente; como es lógico, no presté demasiada atención a la persecución ocular. Cuando mi labor recolectora estaba por terminar y ya se alzaba sobre el mostrador una montaña de paquetes, el chico, clavándome nuevamente un par de ojos escrutadores y algo desafiantes, meneó la cabeza y me dijo que no podía venderme nada de lo que yo había elegido. “¿No sabe qué día es hoy?, me interpeló; como no soy bueno para las efemérides tuve que confesar  mi total ignorancia sobre el particular. “Es el día de los enamorados”, dijo, un poco avergonzado quizás de que yo no lo supiese. Le contesté que estaba muy bien, que los enamorados de todo el mundo gozan de mi simpatía, que el amor, dicen, es una llama purificadora y varios lugares comunes más, pero que no alcanzaba a comprender qué tenía que ver semejante homenaje con la imposibilidad de hacerme de un puñado de golosinas. Su rostro trasuntaba una intransigencia absoluta: “hoy está prohibido venderle a personas que no estén enamoradas”, continuó en un tono imperativo que no me cayó muy bien, y señalo un cartelito pegado en la pared: ya un poco molesto, lo leí: “14-02-02 HOY, DÍA DE LOS ENAMORADOS, ESTA TERMINANTEMENTE PROHIBIDO VENDER GOLOSINAS A PERSONAS QUE NO SE HALLEN EN UN ESTADO DE ENAMORAMIENTO SUFICIENTE. DECRETO LEY 123/02”, rezaba el cartel.

Pensé que el mundo estaba totalmente loco y decidí marcharme para no enloquecer con él, pero de golpe, indignado por la injusticia a la que estaba siendo sometido, me arrepentí y opté por reivindicar mis derechos: “el decreto es flagrantemente inconstitucional –dije a mi contrincante-, pero, suponiendo que no lo sea, ¿quién es Ud. para decidir si yo estoy o no enamorado?”. Mi rival no se inmutó: “se nota a lo lejos que Ud. no está enamorado: su forma de caminar, sus hombros caídos, la tristeza gris de su mirada, el modo en que las palabras se dejan caer como muertas de su boca, en fin, su figura toda no se corresponde con la de un enamorado”. Me contuve, ya estaba en el juego y debía jugarlo. Le contesté que el  enamoramiento es esencialmente un estado espiritual que no tiene reglas de exteriorización rígidas y de validez universal; que una persona vaya riendo con cara de estúpido o remonte un barrilete no significa que esté efectivamente enamorado y,  por el contrario, las características físicas que él me atribuía,  atributos cuya existencia no era mi intención poner en duda, no bastaban para deducir con certeza que yo no lo estaba. “Además –dije seguidamente-: ¿le parece que versos como estos pueden ser evocados por un sujeto que no se encuentra hinchado de las mieles del amor?, lo increpé. Y comencé a recitar con voz jovial:

 

¡De todo te olvidas! Anoche dejaste

aquí, sobre el piano, que ya jamás tocas,

un poco de tu alma de muchacha enferma:

un libro, vedado, de tiernas memorias.

 

Íntimas memorias. Yo lo abrí, al descuido,

y supe, sonriendo, tu pena más honda,

el dulce secreto que no diré a nadie:

a nadie interesa saber que me nombras…

 

Ven, llévate el libro, distraída llena

de luz y de ensueño. Romántica loca…

¡Dejar tus amores ahí, sobre el piano!

De todo te olvidas ¡cabeza de novia!

 

No pude evitar sorprenderme por la lógica estricta de mis argumentos a la par de alegrarme por los inigualables versos de Carriego; supuse que la derrota de mi contendiente era cuestión de segundos, ya sentía el empalagoso sabor del chocolate en mi boca, pero ¡ay!, mi rival contaba con recursos que iban más allá de una buena oratoria. “Que  Ud. diga esos versos en forma no exenta de atractivo sólo sirve para demostrar que tiene buen gusto y una memoria prodigiosa, pero nada más; uno puede retener y hasta escribir cientos de poemas de amor sin haber sentido jamás algo remotamente parecido al amor: escribir un poema es una operación de la inteligencia, enamorarse es un don del espíritu”, me apostrofó en la cara. Luego, sin mover un pelo, sacó un aparatito de abajo del mostrador; el artefacto, desconocido para mí, era rectangular y tenía una boquilla que supuestamente era para soplar: “no quería llegar a esto para no desilusionarlo, su situación debe ser dura de por sí y nada más lejos de mi intención que agravarla”, me dijo. “Sople”, me indicó acercándome la boquilla. Antes de proceder a soplar pude estudiar de cerca el misterioso mecanismo y vi que, a lo largo, tenía diez lucecitas con su leyenda correspondiente, que de abajo hacia arriba, decían: DESENAMORAMIENTO TOTAL – LEJOS – A UN PASITO-  ENAMORAMIENTO MÓDICO- ENAMORAMIENTO ESTANDAR- BUEN ENAMORADO – MUY ENAMORADO- TOTALMENTE ENAMORADO- PERDIDAMENTE ENAMORADO- PELIGRO DE SUICIDIO. El joven me explicó que, para poder efectuar la compra, el menos debía lograr llegar a “enamoramiento módico”. Un segundo antes de comenzar el rito recordé los muchos controles de alcoholemia que en mi vida había sorteado con éxito y me convencí de que las chances de salir auspicioso eran muchas. Luego comencé a soplar. “Un poco más, un poco más, así, así”, me indicaba con voz policial el odiado quiosquero. Diez segundo después el resultado estaba a la vista: apesadumbrado vi que la luz encendida era la correspondiente a “desenamoramiento total”; tuve que hacer un esfuerzo atroz para no dejar rodar una lágrima. Pero la tristeza tardó poco en metamorfosearse en rencor hacia esa especie de alcahuete que me miraba con aire de triunfo del otro lado del mostrador. Justo cuando estaba a punto de saltarle encima con intenciones pugilísticas, entró al negocio una mujer. Era una rubia despampanante. “Esta es mi oportunidad”, pensé. La miré atentamente y traté de enamorarme, la recorrí varias veces con los ojos, le imaginé de todas la maneras posibles, luego, juzgando que ya era suficiente, le exigí decididamente al joven que me dejara soplar nuevamente. “No se confunda –me dijo- ese truco es viejo, pero la máquina no es estúpida. Esa rubia puede despertar sus ansias carnales, pero Ud. no está enamorado de ella. Enamorarse es otra cosa.”. Golpeé enfurecido el mostrador y reiteré el pedido. Antes de que se me otorgara la segunda chance, la rubia se acercó, pagó el híbrido yogut que había sacado de la heladera y se fue sin mayores miramientos. ¿Ella no sopla? grité; ¡esto es lisa y llanamente discriminación; de acá me voy directamente al juzgado!, tronaba fuera de mí. “Tranquilícese –me calmó el joven-; vuelva a leer el cartel, el mismo dice “golosinas”, lo que está prohibido vender hoy a los no enamorados son aquellos productos con los cuales los enamorados mutuos acostumbran honrarse: bombones, alfajores, chocolates, etc”; luego continuó: “¿a Ud. le parece que un buen enamorado puede regalarle a su amada un yogurt, un sándwich de salame y queso, un sobre de jugo “Tang”?. “Como verá -prosiguió-, sus opciones sólo son limitadas parcialmente, hay una infinidad de artículos que, a pesar de estar Ud. en el lamentable estado en que se halla, puede adquirir”. Pero yo no hacía ya caso de ninguna razón; odiaba al aparatito, al amor, al mundo; repetí amenazadoramente que me dejara probar de nuevo; quizás viendo peligrar su integridad física, el muchacho accedió, no sin advertirme lo que ya me había dicho sobre mi mentiroso “amor” por la rubia. Sople. Diez segundos. El mismo resultado. Mis nervios habían llegado al límite, pero esta vez, analizando el caso con estricta sinceridad, tuve que aceptar que mi contrincante tenía razón: la rubia era de esas mujeres cuya belleza parece pedir a gritos que la admiren, esa belleza sin matices, lisa, carente de estilo; hermosa, sí, pero con algo de tapa de revista, es decir, con algo de vulgar, de falso, de estereotipado: esa belleza que el cuerpo acepta pero en la cual el alma está imposibilitada de perderse.

Aceptando mi derrota me retiré del local. Menos por rencor hacia él que por sentirme verdaderamente destruido, evité saludar al muchacho. El deseo de volver a mi casa para echarme en la cama sustituyó al original de ir al centro a tomar un café con mis amigos. Caminé unos pocos pasos y traté de evocar la imagen de “ella”, pero no de la que fue, no; no se trataba de lanzar un anzuelo en el tiempo y traer del pasado a la que había sido y cuyo labios de adiós todavía sonaban a dolor; puse mi empeño en pensar en la que vendrá, en la que no tiene nombre, la ausente que espero con mil flores desbordantes de color, la que quizás todavía no sabe que me espera y en la cual mi anhelo no alcanza forma alguna; no es una mujer: es “la mujer”, la que está hecha con el mismo material que forman los sueños, la única todavía perdida entra todas, la única gota dulce en el amargo mar de la desgracia, la única por lo cual el vivir cobra sentido, la única por la cual morir es un detalle sin importancia. Dónde estarás, grité temblando por dentro, cuándo el destino será a tu imagen y semejanza, por qué te demoras Venus Celeste, Helena, Beatriz o como quiera que te llames; ¿existes ya?, ¿eres, o todo es un engaño de algún demonio taimado?.

Poseído de un lirismo extraño y no del todo exento de ridículo para el que no lo siente pero  ve sus consecuencias, regresé al negocio y sin darle tiempo a que el joven articulara palabra alguna pedí el aparatito. Con un notorio cansancio en la cara, mi pedido fue satisfecho. Tomé con ambas manos, como a un corazón de niño, el ingrato artefacto; soplé con toda el alma. Otra vez los diez segundos, pero ahora, eternos: “perdidamente enamorado”, gritó el mecanismo. Hinchado de felicidad miré al muchacho. “Lo felicito, amigo, intuía yo que era injusto que alguien como Ud. no pudiera sentir lo que ahora siente”, me dijo extendiéndome la mano que no tardé en apretar de buen gusto.

Luego de realizar la compra, volví a saludar a mi antiguo enemigo y salí a la calle. ¡Cómo había cambiado el mundo! Los árboles bamboleantes, los azarosos perros vagabundos, las casitas modestas, el viento tozudo y pampeano, las tímidas flores, el agua opaca de los cordones, el mundo entero reía conmigo; todo había cambiado de color. “Con el cristal cambia el mundo”, pensé mientras me devoraba ansiosamente un sabroso sándwich de salame y queso.

Acuerdo.

Por qué todo debe tener una razón visible. El común de la gente cree (o cree creer) que todo acontecimiento debe obedecer a una estricta y aprehensible lógica; los aterra el solo hecho de que sea posible lo contrario. Los inquieta menos los hechos  que las explicaciones. Porque esto, que bien mirado puede aparentar ser una explicación o justificación póstuma es sólo el desarrollo de una perplejidad, el intento de limitarla con palabras, el esfuerzo por dar tranquilidad a un caos híbrido. No logro alcanzar a Catalina con otra palabra, quizá misterio, pero un misterio necesariamente otorga algunos datos mínimos que descubiertos se prestan a una o varias posibles soluciones, no se arranca de la nada; tiene, si se quiere, una lógica, aquella que el estado de perplejidad no posee, éste no necesita más que una situación ambigua,  palabras que disfrazan otras palabras, sentimientos enredados, gestos lanzados sin intenciones ulteriores visibles como aquel de Exequiel, visitador médico y pensaba que Casilda estaba fuera del mundo pero no creas esta zona y cosas así; o Catalina mirándome sin verme, perdida en sus leves  diecisiete años y yo y los por mí andados “parecés más joven: es una agasajo” y una relación gris como esos días de hotel que un visitador médico no tiene más remedio que aceptar como la herencia de un muerto odiado. La ruta que vuelve perezosa. El enorme roble solitario al costado,  hiriendo la tierra un par de kilómetros pasando el peaje; Pugliese “cómo no conocés a Pugliese” y la orquesta subiendo hasta quedar suspensa en un  segundo de muerte y la resurrección en forma de derrumbe de fueyes pesadísimos y siempre la zurda huesuda del maestro como una gota de acero golpeando el piano, y uno entre todos los bandoneones, el de Ruggiero, serpenteando el silencio, “ya te va a gustar, sos joven”, pero sabiendo que decir joven era no decir nada porque cómo joven esos ojos grises y esa forma siempre fracasada de decir lo que al principio no esperaba pero que el lento aprendizaje fue tratando de enseñarme muchas veces (demasiadas) en vano.

Siempre el café idéntico al de la primera vez, la del llamado que vi como una posible aventura; porque vencer el miedo y acercarse justo alguien como yo, tan tímido. Ahora lo juzgo como algo en cierto sentido inevitable, pero en ese momento; además ella aceptar la compañía. Y después Catalina moviendo la cuchara como si intentara contar las vueltas que le hacía dar adentro del café que de tanto esperar se enfriaba sin cumplir su cometido.

Los primeros encuentros cuando todavía todo era visible, las reservas morales que cedían al instinto porque al fin y al cabo “no, no es eso, tu edad, sí, dos, Diego y Gabriel: Cristina”; la moral viviendo lo que tarda en aparecer las ansias de  novedad, un dique que tarde o temprano cede a la dinámica del existir. El mismo bar del centro, enfrente de cuatro plazas pintorescas y llenas de cansancio de jubilados, “no hay acá  montañas, ni ríos, son ausencia los accidentes geográficos bruscos, todo es verde monotonía como una siesta de verano; árboles, grandes y bamboleantes, que pueden dar cierto sentimiento de gozo sólo si no se los piensa y nada más”, “y sí, tenés razón vista desde arriba Casilda parece una hoja cuadriculada, pero para los viajantes mejor así, preferimos las arquitecturas previsibles; Buenos Aires qué sé yo, supongo que tiene más variantes.”

Sentirme anónimo en una pequeña ciudad y ver el viento entrelazando el pelo negro y liviano, la ya adivinada y deseada blancura suave y glacial de Catalina que de improviso, sin dejar en paz la cucharita , como saliendo de otro tiempo, como si la ausencia se lo permitiera, me dice que no es que el tango no le guste, es que cómo explicarte Exequiel, me hace mal cierta música, es como (y los ojos gris gorrión intentando posarse en cualquier lugar que venga en su auxilio) si la viera, no sé, no es que mi mente dibuja algo que ocupe el lugar del sonido, no, es verla, me asedia, pero me pasa con otras cosas también, no sé; ¿entendés?. No, la verdad que no, pero el “no” es un velo necesario, es el que se adecua mejor a la conversación pero no al otro diálogo, es la fuga sin huellas de  un fugitivo cansado.

El deseo ya irresistible de la cama del hotel, esas manos que parecen enguantadas por un material imperceptible, las muñecas siempre cubiertas por  pañuelos porque ahora se usa así y bueno, en fin, los jóvenes de hoy son distintos, coronado por un sentimiento de huída, de limitar todo a lo que debía ser nada más que un pasatiempo porque Cristina y los chicos ( para qué la verdad, ser padre es cumplir con lo previsto), sí Gabriel, el más chico, seis, sí como el arcángel pero no por el arcángel, el cielo en definitiva, en fin no creo en todo eso. El leve temblor al que me fue acostumbrando “no, no tengo frío, dejá, gracias,  no seas papá” como a los silencios de varios minutos en los cuales se reflejaba una secreta eternidad: “no yo tampoco, el cielo el infierno, eso creen los que van allá y el dedo señalando a la iglesia que podía verse a través de los respiros del laberinto de árboles que poblaba la plaza, ¿no creés que con esto es suficiente, quizá demasiado, que todo lo demás, sea castigo o premio, está de sobra?. “Puede ser”, el escape anheloso de segundos.

Buscar las palabras sin quedar como un viejo acosador y verme desnudo (porque esos ojos veían todo y poco a poco aprendí también yo a mirarlos) “no te pongas así, Exequiel, voy a terminar en la cama con vos, lo sé y no me molesta”; juzgarme estúpido simulando aturdimiento y sintiendo un poco del primitivo pudor adelante de esa boca que veo esbozar la primer sonrisa que, cuando era promesa, ya era un buen augurio. Y el retorno, a través de Catalina, a la juventud, a recién nacidas ideas que eran también futuro, y, a esa edad, quien dice futuro dice todavía sueños, espera de una felicidad como decretada de antemano; no la dicha de “Exequiel, visitador médico, si, dos, Diego y Gabriel: Cristina”. Para qué la verdad ahora, para qué escuchar esa voz maniática que susurra. “¿Sabés? cuando te volvés adentro tuyo parecés un chico”. Y poder ver un cigarrillo tras otro circulando por sus dedos y de ahí a la boca que lo besa, y sentirme a salvo (¿de qué? ¿por qué?) cuando el rostro se oculta detrás de la telaraña de humo unos segundos,  hasta que la disipación lo reconstruye y vuelvo a ese mundo enigmático.

“No quiero que creas que yo nomás (estúpido, soy un estúpido)”; “no, te entiendo (y la ironía  esta vez deja adivinar apenas un finísimo hilo del otro mundo inevitable que se nos viene alzando) además creo que ni vos ni yo aspiramos a la exclusividad, tu familia (para qué la verdad), no soy como vos pensás, quiero decir que entiendo, y esto de lo cual no puedo evadirme, sé cómo me miran pero yo no elegí, si hubiese podido, qué importa vos tenés derecho, sos bueno y se nota que de algún modo sufrís también (el “también” como otro ladrillo del mundo, del otro)”; y yo sintiendo el mudo odio que da la indiferencia, el darse por darse, deseando una enumeración de méritos y no que un cuerpo como el de Catalina (parece habitada por un temporal a punto de desplomarse sobre casitas inertes, pensé alguna vez) se me ofrezca resignado “no Exequiel, qué vas a ser viejo, ya te dije que parecés más joven”, como estándole vedada toda posibilidad de elección “creer que somos libres es una mentira que buscamos por temor a que sea cierto lo contrario”, y la cara más ovalada que redonda como intentando venir de acá del humo.

Las inquietudes durmiendo cuando subimos la escalera “una aventura Exequiel, no entiendo por qué no llamás las cosas por su nombre”. El cuarto expectante, conteniendo la respiración, el temor casi paralizante al apretar ese cuerpo deseado que se sabe deseado, la inevitable sensación de que algún movimiento demasiado brusco pueda blasfemar contra esa fragilidad de melancólica princesa, la respiración entrecortada de dos que quieren matarse (“en la cama parece que me odiás”). La imposible descripción del alarido final, la no correspondencia de dos cuerpos casi muertos, el oscuro sentimiento de que se está traspasando los límites fijados, cavilaciones, abstracciones que ceden lugar al cigarrillo compartido en silencio, sin mirarse, estar y no estar en el mismo espacio al mismo tiempo pero de todos modos saberse descifrador y descifrado (Catalina. Desnuda y arrullada en sí misma y los pañuelos de las muñecas atándola al juego que a algunos nos es dado alguna vez jugar).

Por vez primera  notarla locuaz, verla hacer un esfuerzo por arrojar lejos de si ese incómodo silencio sombrío, como si por un momento abriera las puertas del mundo familiar, ese en el que hay árboles, calles, cielo, y gente que nos recuerda que somos demasiados; fumando siempre y riendo y  preguntando cuestiones obvias “quedate tranquilo no voy a hacer ésa pregunta” cuyas respuestas parece no escuchar. “Y el futuro; vos tenés un futuro, yo, en cambio, bueno, en mi vida  ya el pasado es más extenso que el porvenir y el presente es esto, estar acá con vos que casi no te conozco”. Y el silencio en forma de chupada de cigarrillo y esa extraña forma con la cual Catalina (una, la que fuma sentada en la cama y dice cosas, palabras fáciles de discernir) pone una barrera divisoria entre ella y lo que creí era yo y luego se me hizo el mundo. “El futuro, no creo que sea algo inexistente, una arcilla esperando ser modelada, no, ya está delimitado perfectamente, a veces siento que viene y no puedo evitarlo: ¿nunca sentís que todo esto es carece de sentido? ¿Soy yo la que estoy acá hablando con vos? Perdoname, no quiero meterte a vos, pero no sé. ¿Entendés? No sé cómo comunicarme con vos pero no te preocupes, con otros es peor, está bien, digo cosas, las oigo, pero no puedo estar segura de que se corresponden con algo sentido por mí o por alguien, perdoná. Perdonar un “otros” sin romper la causa inexpresada, haciendo alusión a cualquier trivialidad, el televisor, un accidente en la ruta o alcanzáme el cenicero.

Y  el tiempo multiplicando esos momentos de cada vez entenderse mejor, de cada vez progresar más y más, no en la forma “al fin y al cabo las palabras son articulaciones fonéticas que hacen vibrar el aire, son mundo, como un pedazo de pan, como una lágrima, pero no se puede descubrir qué reside detrás de ellas, en realidad siento que me entendés, pero tenés miedo Exequiel, tenés miedo de llegar a la conclusión menos absurda” sino en esa especie de acuerdo gradual: la ruta acostumbrada, el lugar señalado, la metódica mano revolviendo el café, ese sabernos tan al borde,  los casi imperceptibles gestos, intentar no desviarnos hacia la verdad ya aceptada de los pañuelos y el hotel. Ambos diálogos que iban avanzando como un río, agregando con cada vuelta un poco más de caudal.

La voz decidida: “sabía que ibas a volver”. Los tres meses de separación y el intento desesperado por aferrarme (en fin, qué culpa tienen Cristina y los chicos) a la tabla de lo que el mundo entiende por sensato. Y alegrarme de los ojos grises que por primera vez me tranquilizan, no poder imaginármela de otra manera, sin el cigarrillo febril yendo de la mano a la boca, sin el pelo color noche sin luna dejándose abatir por el furioso viento de tormenta, comprender  aquello que intuía y de lo que me en vano intentaba despegarme.

La ausencia casi total de palabras (cualquier combinación de palabras hubieran sonado ridículas) y la reducción del mundo a su mínima existencia; Catalina oliendo como la primera vez que asediamos el hotel, aroma a casa recién pintada, a juventud metida a la fuerza en su ser,  volver a admirar esa selecta forma de darse sin entregarse del todo.

Pugliese uniéndose al lento declive de la tarde,  “ahora me gusta Pugliese, si pudiera explicarte cómo lo veo, Exequiel,  la sonrisa resignada con la cual me  felicito por sumar uno más al batallón del tango. El beso al cuello: la tibieza de mis labios sintiéndolo helado. Mirarla por primera vez fijamente a los ojos, como buscando algo que ya es imposible hallar. Pensar un rato para mí (“otra vez el chico”): diciéndome que, para el que sabe ver, detrás de cada palabra, del más leve gesto, de cada imperceptible movimiento muscular, se halla un significado, un pedido de auxilio, un grito desesperado que busca no sólo ser escuchado, sino comprendido.

“La Yumba” atronando; “tiene fuerza este tango ¿cómo se llama?”, (te vi, por primera vez fuiste una nena) la lluvia golpeando el parabrisas como queriendo invadir el auto. La ruta perdiéndose más allá del campo nunca suficiente de los ojos como una serpiente buscando  el estómago del horizonte, y el orgulloso silencio de la llanura quieto a ambos lados; el rugido del motor blasfemado por el del cielo. El golpecito que sigue a la melodía, satisfacción al ver los dedos finos y enfermizos de mi acompañante que golpean la guantera. Ni siquiera pensar en desbaratar el negocio y sentir como un convicto (de la otra cárcel) los ojos últimos suplicando el cumplimiento fehaciente de lo tácito.

Los cortes en las muñecas de Catalina, que se me hace más hermosa sin los acostumbrados pañuelos. La ya casi ausencia total de tiempo, su ya casi imposible reducción, el diálogo tocando a su fin,  coronado por una profunda y resignada chupada al cigarrillo de labios  que quién sea  tardará mucho en recrear. El pálido mirar convenciéndonos de que no hay confusión, de que todo va bien.

Ignorar sin sentirme acuciado por nada ni nadie por qué ni desde dónde escribo esto, como si valdrían para mí las acostumbradas formas, como si la disposición acostumbrada del universo podría acudir todavía en mi ayuda; el grito a todos, el inútil querer explicar a viva voz que un auto que  a ciento ochenta kilómetros por hora se destroza accidentalmente contra un roble no es solamente un auto que a ciento ochenta kilómetros por hora se destroza accidentalmente contra un roble.

El ascenso.

Los alargados pasos de Emilio se aceleraban y desaceleraban al ritmo de la ansiedad que  desbordaba su espíritu. Repasaba mentalmente los numerosos puntos que creía jugaban decididamente a su favor, intentando, con toda la honestidad que la situación  arrastrada le permitía, no flaquear a la hora de invocar aquellos potencialmente desfavorables. El examen, repetido ya muchas veces esa semana, arrojaba el mismo y fatal resultado: su rendimiento anual se le aparecía pleno, perfecto como una esfera. Esta vez estaba firmemente convencido de que ningún cataclismo inesperado podría desbaratar lo construido por él a base de tanto esfuerzo y privación: “esta vez el castillo de arena vence a la marea”, pensó. La espontánea sonrisa que saludó el fin de sus acostumbradas meditaciones fue tan exagerada que, más que risa, pareció un intento desesperado de los dientes por escapar de las mazmorras de su boca.

La ciudad era poseída por el caminante con una vitalidad que intentaba penetrar sus más recónditos secretos: los primeros autos del día se le hacían a su imaginación altaneros corceles, los perezosos caminantes que cruzaba  parecían guiñarle un ojo en señal de que compartían su exultante estado de ánimo, los negocios levantaban las pesadas cortinas de metal a su paso, las tenues hojas de los prolijos árboles ¿no saludaban, acaso, su heroica travesía?.

Cerca del destino su olfato se distrajo en el olor a pan caliente con el cual una bien dispuesta panadería honraba al nuevo día. Pensó en comprar alguna delicia para hacer parte de la felicidad a todas las partes de su cuerpo, pero, cuando ya se había detenido para cumplir el súbito deseo, pensó en sus dientes, en la blancura que no debía profanar ese día; instantáneamente el examen siguió con un roce de la punta de sus dedos a la mejilla y la lisa respuesta terminó por alejar toda mínima duda sobre su aspecto que era a todas luces impecable.

Cuando ingresó a  Tribunales, los diez años de servicio, con aleteo fugaz, sobrevolaron el cielo de su mente: “diez años” –dijo para sí-. Había gastado tan sólo diecinueve  cuando ingresó a Tribunales. Recordó el examen sin entender aún hoy cómo sus dedos se movían aquel día como  los de un pianista experto, acariciando las redondas teclas de la desvencijada máquina de escribir. Rememoró con toda la minuciosidad que la mella del tiempo permite a los recuerdos la felicitación que recibió del  anciano Juez que le tomó el examen personal una vez sorteado el escollo de la máquina: esos apagados ojos grises, el pelo cano y rigurosamente dispuesto, las manos grandes con las cuales su examinador  abrochaba y desabrochaba mecánicamente un botón de su saco, la gravedad con las que le fueron disparadas las certeras preguntas; todo, hasta el pocillo de café que dormía en el escritorio y parecía intentar desviar su concentración hacia regiones hostiles a sus intereses, se le hacían ahora, andado ya diez años el río del tiempo y ahogado en él el terror que lo cubría aquel día, muestras de la bondadosa naturaleza humana.

Algo lo entristeció de golpe: su padre no iba a estar presente en el momento de su triunfo. Cómo le hubiese gustado darle la noticia, hasta se imaginó lo que el viejo  diría, escuchó la voz áspera a fuerza de nicotina que decía “era hora… esos hijos de puta”; pero resolvió que no era momento de empañar la jornada, en última instancia, a un ateo como él, no le estaba vedada la pizca de fe necesaria para creer, al menos por un rato, que su padre lo observaba desde algún lejanísimo punto inaccesible al entendimiento terreno.

Porque no había sido sencillo el camino transcurrido para Emilio. Los dos primeros años creyó que la novedad del trabajo, cierto errores que, aunque solucionados a tiempo con el auxilio de algún generoso compañero, no dejaban de ser groseros, algunas tardanzas hijas de sus primitivos y ya olvidados hábitos nocturnos, eran justificados motivos para  excluirlo de entre los favorecidos. Claro que estos consuelos, que bastaban para incrementar la tenacidad en el cumplimiento de su labor, no alcanzaban para explicar  las causas por las cuales, muchos de sus compañeros, aún aquellos que a sus atentos ojos no parecían dedicarle al trabajo ni siquiera una mínima parte de lo que él daba, lograban ser ascendidos.

Los años, incansables, fueron sucediendo y la ausencia  de su nombre en la lista de ascensos fue como un pozo que se acrecentaba, al principio, año a año; luego, mes a mes; y así, cada día y cada fracción de día, minutos, segundos, hasta parecer que el hueco lo devoraba por entero.

El ambiente en que Emilio trabajaba, para colmo de males, no jugaba a favor de su ánimo. Él, a fin de cuentas, era un ser humano; quiero decir con esto que, en mayor o menor medida,  su espíritu se veía influenciado por ciertas características tomadas inconscientemente del ámbito cotidiano en el cual desempeñaba su rutina diaria: el hombre, indiscutiblemente individuo, pertenece también necesariamente a la especie, su voz es individual y colectiva, es uno y todos, esto explica los motivos por los cuales, a pesar de contar Emilio con el poder de abstracción suficiente para alejarse de los sentimientos inapropiados, resultaba inevitable que cada una de las frustraciones propias se vieran acrecentadas por los triunfos ajenos. No hallarse en la lista de ascensos lo enfurecía, pero, una vez sobrepasado con creces su paciente límite de tolerancia, comenzó a odiar a los favorecidos. ¿No había ascendido acaso a la Secretaría del Juzgado una compañera suya, a pesar de haber sido la misma licenciada por maternidad dos veces en tres años?, preguntas como éstas eran frecuentes. Todos las señales parecían indicar que el misterioso mecanismo de ascensos premiaba a la negligencia y la desidia, cuando no lisa y llanamente cualidades a él vedadas por la naturaleza, como la capacidad para hospedar  criaturas en su vientre.

Con el tiempo Emilio estudió meticulosamente los puntos que se tomaban en cuenta a la hora de premiar a los empleados: asistencia, pedidos de licencia, antigüedad, aspecto, puntualidad, calificación del Juez (ante uno de los fracasos, el Juez, interpelado cordialmente por Emilio, juró que siempre le había colocado la máxima calificación).

Poco a poco Emilio se hizo experto intérprete de estos rubros; tanto que en numerosísimas ocasiones se presentaba ante él algún empleado que apenas conocía a pedirle le aclarara qué incluía un determinado ítem, solicitud que Emilio cordialmente respondía. Llegado el momento, si cualquier compañero le rogaba que le explicase cuáles eran los arreglos a los que debía someterse para cumplir fehacientemente, por ejemplo, con el rubro “aspecto”, Emilio explicaba con notable erudición qué requisitos debían ser llenados para obtener la máxima calificación en ese campo: aclaraba  minuciosamente qué tipo de barba estaba permitido llevar y cuál podía convertirse en un obstáculo insalvable, indicaba los cuidados de las uñas, el rigor que debía soportar el cabello, los nudos de corbata más favorables, los pulóveres que restaban puntos (había deducido, tras horas de riguroso estudio, que los de rombos eran perjudiciales), la pulcritud de los zapatos, absolutamente todos los detalles eran comunicados por Emilio a quienquiera  que reclamase su ayuda.

Pero esta vez todo sería diferente. El año transcurrido había sido perfecto; decidido a hacer su máximo esfuerzo para lograr el ascenso, todo había salido maravillosamente: su salud, en otros años endeble, había sido en éste estoicamente resistente al asedio de la enfermedad; en cierta ocasión, cuando el riguroso invierno abrazó con helados brazos a la ciudad, no pudiendo resistir muchos de sus compañeros el excesivo apretón, Emilio pareció tambalear, pero su voluntad se las arregló para detener la fiebre en  límites tolerables ,y, con paso épico a pesar de estar falto de fuerzas, jamás dejó día a día de concurrir al Tribunal.

Cumplir se convirtió en su obsesión. Previendo que  el incansable mundo de las causas y los efectos, por interferencia del azar, podría concatenarse en su contra, optó por reducir al mínimo esta posibilidad: sumó un despertador al ya vetusto que no le inspiraba confianza, se acostó metódicamente a las diez y media, evitó todo tipo de salida nocturna y  jamás se permitió dejar a los caprichos del colectivo o el taxi el traslado que, sin excepción, fue realizado a pie durante todo el año.

Claro que, como ya se advirtió anteriormente, Emilio era un ser humano, esta incontrovertible condición hizo que algunas veces su ánimo flaqueara: hubo mañanas en las cuales sus dedos, independizándose casi por completo, apagaban el despertador para engañar a su voluntad, pero ésta, atenta como un búho, no tropezaba con las artimañas que se le tejían y respondía con una descarga eléctrica que le ordenaba ingresar a la rutina diaria, remontando lejos de sí las inevitables y dulces tentaciones de la pereza.

Tampoco faltaron días sábados o feriados en los cuales Emilio se despertó y cumplió el ritual acostumbrado. No pocas veces, sin advertir que en esos días la ciudad viste distinto, que un sábado huele a sábado, habla con voz de sábado, tiene ese andar pausado inconfundible que lo hace sábado y que lo aleja del sordo estupor de un lunes o un martes, Emilio tuvo que llegar al Tribunal para advertir el día que efectivamente era, pero esta sorpresa, lejos de resquebrajar el cristal de su humor, lo regocijaba, pues demostraba que  su plan se cumplía con mayor exactitud que el requerido.

No pensó jamás que su plan no era como la ropa que llevaba o la forma de acomodarse el pelo, no era algo cuya existencia estaba ahí, indiferente y carente de todo fundamento, esperando, como una babosa informe y vagabunda, un ser al cual adherirse a modo de cualidad. No concebía que él era el plan; la meta, que no era otra cosa que el plan en su gozosa culminación, y por esto, parte fundamental del plan, moldeaba todas sus decisiones; sus gestos, hasta los más mínimos, si pudieran ser reducidos a su mínima significación, remitían al plan, eran formas del mismo.

Miles de pensamientos se apiñaron en él cuando entró al Tribunal, tantos que, sin advertirlo, y lamentándose de la demora que se le hizo imagen de la eternidad a pesar de durar apenas unos minutos, comprendió que estaba quieto. Un poco enfadado consigo mismo reinició su marcha hacia el lugar en donde la mano espectral de la jerarquía acostumbraba publicar los ascensos.

Esta vez el pasillo, tantas veces explorado, no le era familiar, se le hizo hostil; las plantas de las macetas parecía manos muertas que buscaban el piso, las caras no eran caras humanas sino imágenes vacías y fugitivas que amenazaban convertirse en asquerosos gusanos, las voces no adquirían forma alguna, se le hacían vibraciones dispuestas a la fuerza por un mecanismo incomprensible; nada era definitivo, tenía la extraña intuición de que todo era así como el acostumbraba verlo, pero que no había razón válida para que no fuera de otra manera. Siguió su recorrido molesto por esa sensación de eterna amenaza. Si alguien hubiese intentado hablarle o solamente lo hubiese rozado con el codo, Emilio hubiese saltado como un poseso dando alaridos; en un momento dado la enajenación cesó de golpe: estaba frente a la lista de ascensos.

Sus inquietos ojos caminaban por las hojas que estaban adheridas a la pared en estricto orden alfabético con avidez demencial. Sin reparar en detalles observó la hoja dedicada a los apellidos que comenzaban con la letra “A” y fácilmente calculó el lugar que le correspondía al suyo; hizo cuatro pasos y se detuvo nuevamente a analizar la última hoja que había antes de que un agujero mutilara la fila; cuando advirtió que la hoja ausente era justo aquella en  la cual debía haber sido publicado su apellido, palideció; las piernas perdieron su rigidez y las manos le temblaron como un manso charco cuando recibe una piedra. Volvía enfurecida la sensación del pasillo y esta vez no hallaba fuerzas suficientes para contrarrestarlas: “un error”, estas dos palabras, arrancadas súbitamente a la nada, fueron las modestas armas que esgrimió para detener, al menos por un tiempo, al monstruo que lo acechaba. Armado de paciencia giró para dirigirse a la secretaría de la corte.

La tranquilidad definitiva fue proporcionada por su memoria; recordó las muchas veces que un empleado, poseído por la furia, había decidido vengarse arrancando de la pared la hoja en donde, supuestamente, debía haber figurado su apellido; además, quedaba el error o la omisión, en fin, nada que no pudiera ser remediado.

Con una forzada sonrisa solicitó a un empleado de la secretaría que le permitiera hablar unas palabras con el Secretario, el joven, que lo conocía a Emilio desde hacía años, no tardó más de dos  minutos en llevar a buen puerto la para otros casi imposible empresa; como salido de un agujero hecho en el tiempo se le apareció el temible “Secretario de la Corte”.

Haciendo un esfuerzo importante para hallar las palabras correctas y los gestos adecuados que las acompañasen, Emilio explicó detalladamente al alto funcionario la situación; éste lo escuchó sin disimular su superioridad, como intentando sugerirle que ningún conocimiento que pudiera adquirir un modesto empleado de mesa de entradas de un juzgado de derecho civil le era ajeno a una persona de su importancia. “Sí, efectivamente, esa hoja se ha perdido”, dijo bruscamente a Emilio que, no sabiendo bien qué actitud tomar, eligió encerrarse en un cauteloso mutismo a la espera de que el secretario  dejara las fórmulas sacralizadas y ahondara en su explicación. Pasaron varios segundos insoportables y pesados, hasta que Emilio, sin poder soportar más la situación, balbuceando, como si las palabras cayeran muertas de su boca, preguntó cuándo sería remendado el error. “No este año, esa hoja no tenía copia, lamentablemente, los que estaban en ella deberán esforzarse este año y esperar la lista del año que viene”, comunicó el funcionario con notable indiferencia.

Las palabras del secretario tronaron como una cascada de metal en los oídos del aspirante, a cada una de  ellas su rostro respondía desligándose de una tonalidad de la escala cromática acelerando el paso hacia el pálido semblante final. Todo lo que quedaba en él de vida pareció escapar de su ser. “Cómo, no puede ser yo.. yo… una copia..el esfuerzo, no puede ser”, insistió Emilio juntando sus últimas fuerzas.

La última imagen que recordó una vez que se recuperó del desmayo fue la del secretario que, notoriamente satisfecho por la idea, le dijo que todos eran una palabra en una hoja muerta, un chorro de tinta que se modela para indicar algo que al poder judicial poco importaba si estaba respaldado o no por carne y hueso.

Las palabras del secretario inundaban su lecho de enfermo, la fiebre las transfiguraba, las adaptaba a su estado alucinatorio. En un breve espacio de lucidez, Emilio comprendió que el castigo había comenzado.

Una semana le costó restablecerse. En rigor de verdad, debería decirse que el médico del tribunal, al sexto día de la convalecencia, dispuso que el cuerpo del enfermo  arrojaba ya los datos vitales indispensables para retomar el trabajo, pero lejos estaba Emilio de la bondadosa salud. Su cuerpo podía hablar todo lo que deseara, pero el idioma en el cual se expresaba la verdad no era ése; Emilio lo intuía, pero sabía que nada podía hacerse contra la verdad establecida: una figura de tres lados es un triángulo, dada cierta inclinación de sus lados sus ángulos son de tal otra; 36 grados y medio de temperatura y un puñado más de novedades azarosas son la salud, el asesino clavó un cuchillo de cocina en el cuello de “A” empujado por el móvil “B”, palabras nada más, razonamientos aplicados a algo inabordable: ¿qué relación hay entre la palabra “lado” y la figura, quién encierra a quién, qué relación, quién le otorga significación a la verdad, quién la relaciona, quién fundamenta al sujeto que da entidad a la verdad?, en su delirio Emilio veía que el mundo se destruía y reconstruía de forma azarosa, no encontraba nada a lo que aferrarse; ahora su vida era algo (ni siquiera acertaba a explicarse el sentido de esa palabra: “algo”) que fluía sin márgenes que la contengan.

A pesar de los mudables estados de su alma, Emilio volvió al tribunal. A ninguno de sus compañeros le costó trabajo advertir que había cambiado. Su aspecto era enfermizo, estaba delgado y excesivamente pálido, y cuando se desplazaba,  sus pasos parecían querer evitar el piso.

Poco a poco comenzó a delegar la culpa de su fracaso en sus compañeros; los odió de manera atroz. Cuando alguno pedía que le sugiriera alguna película, Emilio pensaba: “no canalla, conozco tu juego, esta vez no me engañas … vas a ver”, y, mirando con ojos rencorosos a su interlocutor, se cubría con un silencio que daba miedo. Su desconfianza se extendió a todo el tribunal, veía en cada uno de los empleados, desde el de menor jerarquía hasta el presidente de la Corte Suprema de Justicia, a sus enemigos. Estaba convencido que había sido perjudicado por un complot en el cual nadie era inocente. En su fantasía, llegó a descubrir un supuesto plan disimulado en forma secreta en los carteles de remate: “éstas se traen”, se regocijaba mientras se frotaba las manos como un lunático.

Obviamente, los estados enfermizos eran interrumpidos por lapsos más o menos breves en los cuales recuperaba la lucidez, y, si bien estos paréntesis no alcanzaban para sujetarlo definitivamente a Emilio al lado correcto del mundo, bastaban para que desempeñara su función si no bien, al menos en forma regular.

Con el tiempo fue ganando en razón; al menos dejó de sentir ese escalofrío febril aparentemente demencial. Pero la razón no lograba apacentarlo, cuando lo ganaba, se le aparecía irresistible la idea del suicidio. Varia veces pensó en darse muerte, pero su orgullo, que parecía residir en un rincón inexpugnable de su espíritu, le advertía que esa salida era  confesar (el suicidio no es más que eso: una trágica confesión) que no comprendía el impersonal mecanismo, y que éste, frío, rígido, ilógico, era el juez de sus alegrías y penas.

El tiempo, que poco entiende de los pesares humanos, fue desgastando con paso leve el nuevo año. Emilio, en definitiva, se adaptó a su situación, no se crea que aceptándola, no, era imposible acordar en forma definitiva con ella, fue más bien una especie de tregua desesperada que se vio obligado a firmar. Así, poco a poco, retornó al trajín diario sin que señales exteriores dieran muestra del estado de su mundo interior.

El nuevo año lo halló  completamente restablecido, aunque sin el temperamento férreo y decidido con el cual  transitó aquél que creía el de su gloria.

Un día que Emilio juzgó como uno más de la larga lista de días  que, imagen fiel del anterior, se repiten sin cesar, al entrar a su  juzgado, un compañero salió a su encuentro y, sin dar tiempo para el rutinario saludo, lo felicitó por el ascenso logrado.

Emilio, sin dar créditos a sus oídos, se enfadó, luego comprendió que debía excusar la broma de su compañero, a fin de cuentas no podía comprender éste los vaivenes de un alma atormentada.

Decidido a comenzar su tarea, después de sacarse la campera y acomodarla lo mejor posible en el perchero, Emilio giró y observó a la secretaria que venía a su encuentro: cuando lo abrazó y felicitó, entendió que algo no andaba del todo bien, en cambio, no sintió sorpresa alguna cuando su compañera pidió que se le retribuyera el saludo por un nuevo embarazo ayer descubierto.

Los saludos, multiplicados, no dejaban campo al albedrío: había que ir, como cada año, al pasillo. Y eso hizo Emilio, empujado por el torbellino de su ansiedad.

Esta vez el corredor se comportó amistosamente, nada de acechanzas fantasmagóricas ni de sensaciones de mundo a punto de desvanecerse.

Los ojos de Emilio tardaron en acertar la hoja prodigiosa, cuando al fin la divisó y vio impreso su apellido, no se dejó ganar fácilmente por la alegría; intentó que su modo racional de pensar desentrañara los motivos por los cuales la máquina infernal premiaba el peor de sus años con un ascenso, privándolo de semejantes mieles en el período de mejor desempeño Estuvo varios minutos cavilando inmóvil como un objeto inerte frente a la hoja, hasta que, agotada toda la lógica de la que se sentía capaz, se entregó a una alegría irracional  que no cesaba en esos minutos de ensimismamiento de tocar la puerta de su ser. Pero poco duró el desbordante júbilo. Algo desde lo más profundo de su naturaleza lo alertó. Emilio, para comprobar que sus nervios no habían turbado sus sentidos, fijó la vista en su apellido y, al verlo nuevamente, una sombra sorda y tensa le cubrió el rostro, algo, un murmullo , una luz, un roce levísimo como el ala de un ángel o esas letritas negras apenas perceptibles combinadas en un intento fútil de dar un sentido, lo hizo estremecer. Por un segundo pudo verse desde fuera de sí mismo, se concibió como número de una serie periódica e infinita siempre condenado a repetirse, la eternidad lo agobió con ese peso que no es la suma de los pesos de sus partes; el mundo trocó en geometría, puntos, líneas, planos y él, Emilio, en medio de ese laberinto inexplicable gritando sin esperanza, dando dolorosos alaridos sin fe de ser escuchado por algún oído humano. Recuperó luego su unidad esencial y, todavía un poco perplejo por la fugaz e inhóspita sensación anterior, Emilio comprendió la angustiosa, desesperada verdad. La lucha por el segundo ascenso comenzaba.

Varguitas y yo, un premio que fue, otro que no.

Está mañana despertarme y esperar que sonara el teléfono fue toda una y la misma cosa. Pero, pasado un tiempo apenas prudencial,  el teléfono no sonaba. Me tranquilicé y deduje que el retraso podía ser causa de las diferencias horarias o de alguna de esas secretas trabas administrativas que suelen interponerse entre el galardón y su destinatario. Le dije a Dorotea, mi mucama paraguaya, que me preparara algo liviano, tostadas, queso cremoso ligth, en fin, algo ameno, fino, principesco. Pero el teléfono no sonaba. El choto teléfono no sonaba. No enloquecí, más bien me senté frente a mi ordenador o computadora a leer los diarios on line, especialmente el diario La Nación, esa cátedra de pluralismo y buen gusto que cotidianamente ilustra a los ciudadanos de nuestro país. Debo confesarlo, aún ahora, cuando la suerte ya está echada: cuando apreté (hice click) en la pestaña del referido diario, abrigué la esperanza de que en primera plana, ahí, junto a los exuberantes titulares que dan cuenta del aumento genocida de la criminalidad, de las calles cortadas por el lumpanaje peronista, ahí, pegadito a la foto de Alejandro Rozitchner o Rolando Hanglin, ahí, en la cara de presentación de ese matutino al cual, con justicia, la Doctora Elisa Carrió equiparó al país mismo, ahí, en fin, en esa fachada histórica dijera, en enormes, bien marcadas letras: DISTINGUEN Al TRANSGRESOR ESCRITOR PATRICIO DE LAS MERCEDES CHICHERÍN CON EL PREMIO NOBEL DE LITERATURA. Pero no, esa epifanía, ese acto indiscutible de justicia no acaeció; ¿qué pasó, lector, lectora, seguidor perruno de mis ideas transgresoras?, más o menos eso, excepto que, en lugar de las palabras “Al TRANSGRESOR ESCRITOR PATRICIO DE LAS MERCEDES CHICHERÍN”, estaba el poco transgresor apellido VARGAS LLOSA. Dolor, puro dolor, una catarata indescriptible de dolor. Ojo, quizás yo, como Juan Pablo Sartre, hubiera rechazado ese burgués premio, bueno, no, pensándolo bien, DE ACÁ lo iba a rechazar; y menos ahora, que ando escaso de metálico, mas no de prestigio; pues, si de prestigio, alcurnia se trata, ahí está mi novela, mi arco y flecha de Guillermo Tell novela apuntando a la manzana que se posa en la testa de este decrépito, marchitado, octogenario de geriátrico haciéndose sus necesidades encima mundo burgués. Esa novela, lector, lectora, que se puede conseguir en cualquier lado, esa que, en virtud de las leyes de libremercado, reglas defendidas hasta expeler orín por el mismísimo e injustamente premiado Vargas Llosas, ahora ha visto incrementado su precio a la no tan exagerada suma de $138; pero tú, lector, tú lectora, que me sigues, que conoces mi guerra declarada a lo establecido, a la moral dominante, sabes que allí, en esa novela, hallarás un orbe fantástico, pleno de subversión y grafía revolucionaria, transgresora. No me quiero extender, pero obligado me veo a confesar que a la pena inicial por no ver reconocida mi trayectoria, sucedió una ira inapelable de la cual hice objeto a, valga la redundancia, dos objetos: mi ordenador o computadora y Dorotea, mi ya citada mucama paraguaya, que tuvo que acudir a su movilidad, característica que la distingue de la mayoría de los otros objetos de mi casa, para esquivarla, desafortunadamente para mi ira asesina, con justeza.

Y ganó Varguitas, nomás. No me iré por las ramas, pero sí puedo comentar de pasada que conocí a Vargas Llosa, “Varguitas” para nosotros, sus amigos y contertulios, en la redacción de La Nación, allá, hace mucho, tanto que no recuerdo cuándo, aunque sí sé que él ya había publicado ese libro arquetípico de la mala literatura latinoamericana, esa que habla hasta las lágrimas siempre de lo mismo: Iglesias, dictadores obesos y bigotudos, bocas desdentadas, perros, mosquitos, escopetas, viejas y pibes en constante erección; creo que se llama “El perro verde”, la novela, digo, sí, creo que se llama así, “El perro verde”, como si fuera el fiel acompañante canino de Hulk; pero ahora dudo, en fin, no importa cómo se llame. Decía yo que lo conocí a Varguitas en la redacción de La Nación, recuerdo que, apenas me lo presentaron, por detrás y sin ser visto por él, entró a la sala en puntitas de pie Marcos Aguinis, se acercó  y le tocó el hoy premiado traste (¿dije alguna vez que ese Marquitos Aguinis es un loco bárbaro?), y que éste, Vargas Llosa, al verse ultrajado por un hasta ese momento desconocido (también recuerdo que Marquitos Aguinis llevaba puesta una capelina), giró sobre sus talones y dijo al recienvenido que qué hacía, indagación para la cual Marquitos no halló respuesta, o la halló pero no pudo exponer, pues antes de darle tiempo el escritor peruano le aplicó un directo a la mandíbula, consecuencia del cual dos fenómenos irrumpieron a la par: el vuelo de una prestigiosa y celeste capelina por los aires y el derrumbe al piso del agredido en estado inconsciencia. Pues así conocí al injustamente premiado Vargas Llosa. Sé que ahora vendrán los interminables, aburridos, nauseabundos artículos laudatorios de su obra, sé que mi pluma, mi demoledora, nietzscheana pluma deberá esperar un año más para ser reconocida por la malparida academia sueca, sé todo esto, y sé más, mucho más, sé todo y cada uno de los tejemanejes que la gran prensa seguirá utilizando para desprestigiar mi obra y ensalzar como contrapartida la de estos escritorzuelos latinoamericanos localistas. Pero también sé que no siempre Varguitas fue el que es hoy, ese vejete arrugado y disparador de juicios políticos deschavetados, que él fue quien, al noquear a Marquitos Aguinis esa tarde en la redacción, dejó estampada una de esas verdades que, en épocas remotas, bien pudo dar nacimiento a una religión, dijo: “¿Quién carajo es este pelotudo de mierda que me tocó el culo?.

Cuando Éamon Murdock, prestigioso detective de la poco prestigiosa policía de Dublín, entró a su despacho, demasiadas cuestiones disputaban su pensamiento: la inexplicable y reciente derrota en una partida de ajedrez a manos de (aquí residía lo trágico del asunto) Collins, quien contrariando su juego usualmente timorato, casi obsecuente, producto, quizás, de cierto temor reverencial al cual Murdock no era del todo ajeno, había dado cuenta de una intrepidez digna de alabanza, siempre y cuando, claro, él, Murdock, no hubiera sido la víctima única y principal de la novedosa postura agresiva de Collins; las ganas atroces de beber hasta perder la consciencia, práctica común de los irlandeses en general y de Murdock en particular; y ciertos detalles menores de un informe que, destinado a las altas esferas políticas, daría cuenta de algunas reformas que se le antojaban indispensables para el mejor funcionamiento del Departamento de Investigaciones, aún sabiendo, como sabía Murdock, que todo es inútil cuando de convencer  políticos se trata.

Sea como fuere, a todo análisis metódico, ya de derrotas, ya de ansias etílicas o de pormenores burocráticos, correspondía antes colgar el sobretodo en el perchero, prescindir del uso de sombrero, prender un cigarrillo y distenderse un poco con la lectura del diario que esperaba sobre el escritorio.

Sin dejar de pensar del todo en Collins, en la felicidad estúpida de Collins, en los ojos de Collins desprendiendo una sutil irradiación de superioridad a todas luces inexistente, en su “jaque mate” empalagoso, meditado, obsceno, Murdock tomó el diario con algo de furia solapada, como una forma brusca de encandilar su mente con noticias ajenas y falaces, como todo lo que sale de la pluma de cuanto periodista puebla el universo.

La sorpresa de Murdock al ver que, en primera plana, la noticia principal no le era ajena en absoluto, sino que más bien le concernía directamente, lo dispuso a olvidar cualquier otra cosa que no fuera el robo al museo anunciado grandiosamente, en letras negras, enormes, como de reproche por el principal diario del país que tenía ante sus ojos.

Ahora dos cosas lo exaltaban: haberse enterado por intermedio del periódico de un robo de semejante espectacularidad, odio que recaía -ahora sí justificadamente- en Collins, y el hecho de intuir hasta casi trastocar esa intuición fugaz en certeza que el autor del delito no podía ser otro que el desafiante, astuto y casi mitológico Duclós, sujeto a cuya furtividad y astucia, que se unían a una amaestrada e inexplicable intuición, correspondía con acierto el apodo de “la sombra”.

Aún en un estado de incredulidad casi hipnótico, Murdock se sirvió café y pergeño uno a uno los reproches que lanzaría sin tapujos a todos y cada uno de sus subordinados, especialmente a Collins, para quien reservaría el arsenal más humillante y despótico.

Al retornar a su escritorio, Murdock retomó el diario a los fines de recopilar los pormenores del hecho, especialmente los objetos preciosos sustraídos, piezas un poco extrañas, llenas de tiempo (y oro, y plata, y diamantes) al cual debían su elevado valor; descripción que invitó nuevamente al odio, no exento de secreta admiración, que lo ligaba a Duclós, a la efectividad invicta de Duclós, a su interminable colección de hurtos como perpetrados por un fantasma. O a las ansias por darle arresto, o por matarlo, siempre y cuando fuera posible sin riesgos para su reconocida gestión al frente del Departamento.

Los reproches de Murdock para con sus subordinados sin dudas hubieran sido muchos y con algo de meditado y ofensivo sarcasmo, tal como él acostumbraba a relacionarse con los de abajo; pero el proyecto quedó desechado al mismo tiempo en que el detective observó por casualidad la fecha del diario, constatando que el mismo llevaba fecha del día siguiente, es decir, miércoles 13 de mayo de 1969 (Murdock, rápido, comparó la fecha del diario con la arrojada por el almanaque que tenía al lado del cenicero, sobre el escritorio: martes 12 de mayo de 1969).

Murdock sonrió. Luego volvió a comparar la fecha del diario con la del almanaque (y  con lo que él  de todos modos sabía, sin ayuda del almanaque: que sin dudas era el día martes 12 de mayo de 1969), confirmando el desbarajuste ya sabido. Meditar sobre la cuestión pareció a Murdock de una irracionalidad inconducente. El diario podía estar equivocado, un error del impresor, tal vez, o una broma de mal gusto cuyo destinatario ni siquiera era él, sino cualquier anónimo lector, lo que evidenciaba una falta de profesionalidad imperdonable por parte de los responsables del diario. Pero, más allá de cualquier error voluntario o involuntario  achacable a los del periódico, aún quedaba el limpio el hecho del robo, pues si el ejemplar, llevara la fecha que llevara, correspondía, como no podía ser de otra manera, al martes 12 de mayo, significaba que el día anterior, lunes, el robo había sucedido y que el mismo no había llegado a sus oídos por la vía usual.

Collins ingresó al despacho armado de una soltura que inquietó un poco a Murdock, quien lo había hecho comparecer con la única finalidad de que lo pusiera al tanto del robo al museo. El visitante, al ser interrogado sobre el hecho, no pudo aseverar nada, gesto que hundió a Murdock -quien para evitar divagaciones estúpidas ocultó el periódico a Collins-, en una penumbrosa meditación sin hilo conductor, ciega, caprichosa. Collins se retiró aduciendo que le restaba un día recargado de papeleos superfluos, y jurando con excesivas gesticulaciones que el museo no había sido teatro de robo alguno, pues, de lo contrario, un suceso de esa entidad no era susceptible de escapar a los múltiples oídos del Departamento de Investigaciones. Murdock lo despidió de manera descortés. Luego se sirvió un whisky. Necesitaba pensar.

Las meditaciones posteriores de Murdock, gestadas en parte tal vez por el whisky, que llenaba y rellenaba una y otra vez su vaso a medida que la tarde declinaba, comenzaron por apegarse férreamente a la razón. Cuántos casos –pensaba Murdock- que, en principio, aparentan poseer aristas sobrenaturales, luego, tras ser ordenados por la razón, demuestran no ser ajenos a las inquebrantables leyes del tiempo y el espacio. Llenó el vaso nuevamente, sonrió y pensó en que quizás valía la pena ir al museo y verificar que allí reinaba la calma, que el robo de esta noche, del que daba fe el diario de mañana, no sucedería. Volvió a reír, esta vez con estruendo, como queriendo convencerse de que estaba ya muy borracho como para pensar en serio eso que había pensado. La oscuridad entraba sin rupturas por la ventana del despacho, alguien se despidió de alguien afuera, las luces iban muriendo al son del ruido del cierre de los cajones, algunas máquinas de escribir chirriaban las últimas palabras. Collins entró sin anuncio previo, saludó a Murdock, observó la botella de whisky a medio llenar, esbozo una sonrisa cómplice que enturbió la mirada de Murdock y se retiró con paso apurado, vigoroso, frenético.

Por qué no, se dijo Murdock; y observó de nuevo el extraño periódico. Imaginó la sorpresa en el rostro desconocido, lleno de ausencia de Duclós al ser interceptado en su implacable labor delictiva; se vio detrás de él, apuntándolo con el arma, saboreando las palabras rituales antes de disparar (estaba borracho, sabía que dispararía y que luego construiría una escena  a su medida, en la cual todo, cada objeto, la posición del cuerpo de Duclós, cada bala disparada –debían al menos ser dos, quizás una lo rozaría, siempre  y cuando el whisky le diera el coraje para autodispararse- arrojaría como resultado que había actuado dentro de los límites de la legítima defensa.)

Sin pensarlo de nuevo, consciente de que si lo hacía echaría por la borda esa especie de corazonada sin fundamento elocuente que lo impulsaba, Murdock apuró el último vaso, descolgó el sobretodo del perchero (el cual recién se puso al salir a la calle) y  escapó de su despacho sin dar lugar a ningún tipo de reproche obstaculizador.

Debajo de una luna incompleta, cuya luz apenas rociaba las deshabitadas calles, caminaba con ambas manos en el bolsillo Murdock . Los faroles, recién encendidos, dibujaban círculos amarillos en las esquinas y los primeros gatos comenzaban su deambular secreto por las encrucijadas místicas de Dublín. En medio de este ajetreo silencioso, la sombra de Murdock se reflejaba oblicua en las paredes, al ritmo de los pasos ansiosos del detective, cuya voluntad los apuraba para lograr llegar al  museo antes del cierre.

Las autoridades nada tuvieron para objetar al pedido de Murdock, no era la primera vez que la policía exigía quedarse en el museo una vez cerrado éste, y, en rigor de verdad, los responsables del lugar, a diferencia de la mayoría de los habitantes de Dublín, jamás habían tenido nada que auspiciara quejas en su relación con el Departamento de Investigación. Murdock, obviamente, no dio información sobre las causales de su solicitud, aunque en un rapto de fugitiva inquietud, a punto estuvo de relatar al encargado -un hombre de baja estatura, obeso, de cara roja y ojos porcinos que lo escrutaban bonachonamente- la historia de Duclós, que en realidad era su propia historia y la de su más extenso y humillante fracaso; pero se contuvo a tiempo, un poco retenido por el trasfondo teñido de vergüenza que sostenía el asunto, otro poco por lo estúpido que resultaba el motivo que lo llevaba a ingeniar un plan simplemente descabellado y quizás hijo  menos de su olfato que de su alcoholismo militante.

Sin meditarlo demasiado, una vez que se aseguró ser el único habitante del edificio, Murdock se guareció detrás de una de las altas y gruesas columnas de mármol cuyo estilo arquitectónico él ignoraba, pero cuyo grosor le aseguraba no ser visto por Duclós (esta vez, cuando pensó en la visita de Duclós, no rió, como si la certeza de la misma fuera absoluta, como si todo fuera obra de una causalidad, de un universo distinto, claro,  paralelo a éste quizás, pero igual de previsible, falto de sorpresas).

Agazapado en su escondite, sintiendo que la medianoche y la somnolencia motivada por el whisky acosaban sus fatigados párpados, Murdock estuvo varias veces a punto de dar por terminado todo, de echarse a dormir sobre uno de esos tapices de figuras inextricables que abundaban en el museo, o, por qué no, de valerse de su llave maestra para ingresar a la oficina del director y dormir en su seguramente abultado y cómodo sillón. Pero fue justo en medio de una cavilación de este tipo cuando vio a Duclós (la figura desconocida que él ataba al nombre Duclós) atravesar la galería central del museo. En un principio no atinó a nada, a pesar de ser un detective de oficio, por un momento quedó preso de una perplejidad hija del asombro, de la sin razón que significaba lo que estaba viviendo. Era un espejismo, eso no podía ser verdad, se decía. Ahora Duclós, que para sorpresa de Murdock era de estatura por encima de la media y tenía un rostro que le recordaba el de un falsificador sudamericano al cual  había dado caza hacía algunos años, volvía al centro de la galería, como exponiéndose a sus ojos para ser ultimado cuando así él lo dispusiera.

No lo pensó demasiado, se sentía incapaz de hacerlo. El diario profético, él, Murdock, y Duclós eran piezas de un misterioso juego del cual, una vez más, el prestigioso Éamon Murdock, y la justicia que él representaba, saldrían victoriosos.

Salió de su escondite justo cuando Duclós le dio la espalda, la exposición, el sacar de su bolsillo interno el revólver y el grito de alto fueron simultáneos; Murdock sintió que le costaba mantener firme la mano; la historia le exigía rendición de cuentas a sus nervios. Duclós giró y alzó las manos. A Murdock le sorprendió la tranquilidad en el rostro de Duclós; pero no fue más allá, no podía, le estaba impedido razonar: sólo pensó en su presa, en el momento último, drástico, el del triunfo.

-Buenas noches, Duclós- dijo Murdock recuperando la serenidad, el dominio de la escena.

-Buenas noches, Murdock-, repuso sin bajar las manos el visitante. Su acento tenía algo extraño, como de sudamericano. Murdock, embriagado de triunfo, ni siquiera lo notó.

-Si supieras cómo llegué aquí, Duclós, no  lo creerías; una pena que vas a morir antes de averiguarlo; eres bueno, eras bueno, Duclós- soltó, enfático, Murdock.

-Quizás si me explicara, detective, sería un buen consuelo para mi muerte; aunque somos dos y las posibilidades de morir está repartida en partes iguales- respondió el amenazado, y  una mueca sarcástica adorno su rostro.

Murdock decidió dar por terminada la cuestión; lo exasperó un poco que el ladrón, hallándose en la posición en que se hallaba, tuviera el temple necesario para mostrarse irónico, como si viviera fuera de la posibilidad de morir, como si le quedara aún una última, desesperada jugada para escapar de su destino.

–Un gusto, Duclós, pagarás con el sueño total todas mis noches de insomnio-, alcanzó a decir Murdock justo antes de sentir el estallido detrás suyo, rugido al cual siguió el dolor de la perforación de la bala que penetró en la parte baja de su espalda y el estruendo sordo de  su propio cuerpo  al caer al pulido mármol del piso. Supo que la herida era mortal, el charco de sangre en el cual reposaba así lo indicaba; casi inconsciente, juntó sus sabidas últimas fuerzas para darse vuelta y observar el rostro del autor del tiro mortal; no alcanzó a verlo, en cambio oyó una voz conocida, aunque ahora sí posó su atención en el acento sudamericano, mientras la energía vital, que se marchaba, le impedía atar conclusiones: -te tardaste, Duclós-, reprochó la voz  al agresor sin rostro que se deleitaba detrás de Murdock; nadie contestó. Duclós, detrás del detective, guardando en su cintura el arma homicida, sabía que le quedaba poco tiempo, quería regocijarse con el gesto pálido de la cara de Murdock, explicarle cómo logró adelantársele, aunque sonara fantástico, sinsentido quizás, no la idea de valerse de un estafador sudamericano ávido de venganza para deshacerse de él, eso era sencillo de concebir; en verdad quería decirle lo del inexplicable periódico  hallado esa tarde en la mesa de su escondite, ese que llevaba por fecha el día de mañana y que daba cuenta, en primera plana, del intento de robo al museo  frustrado por el experto detective Éamon Murdock, el cual, valiéndose de su valioso olfato de sabueso, se había adelantado a los planes del ladrón de larga y misteriosa fama conocido como “la sombra” Duclós, dándole muerte luego de que el malviviente, sorprendido, lo hiriera levemente de un disparo de arma de fuego. Pero no hubo tiempo, Murdock expiró sin conocer ni siquiera la voz de Duclós.

De los Cárpatos al boliche del General.

Un día más en el boliche del General Perón. Los parroquianos se hallan entregados de pleno a ese ejercicio tan nuestro (hablo como argentino, claro): la conversación. En una mesa Dios, El Diablo y Buda disertan a propósito de cuestiones que, desde lejos, pueden calificarse de teológicas. En otra mesa, no muy alejada de la de los seres con tenencia y portación de divinidad,  los camaradas Carlos Marx y Miguel Bakunin, revolucionarios a tiempo completo, discuten sobre pormenores tácticos, teóricos y estratégicos que, en un futuro ya para ambos eterno, podrían servir al proletariado en su fatigosa lucha por arrebatar el poder a la burguesía a escala planetaria, y, por qué no, interplanetaria también. Detrás de la barra, como siempre, el General Perón friega utensillos de cocina con una rejilla mugrosa, desvaída, que, en su declinación como objeto, parece hermanarse con los ojos del otrora infalible líder del justicialismo, ojos forjadores de una mirada que busca en la nada dos cosas con pareja intensidad: los porqué de su derrota y el equipo de mate, el cual, sospecha el General, tiene que estar en algún lugar recóndito de su venerable local comercial extramundano.

El Diablo (a Dios): la verdad, barba, que yo sigo sin entender, es decir, todo ese entripao de la creación y demás; porque, a ver, cómo es la temática, vos al final creaste con material preexistente y elegiste como mejor te parecía, como un jugador de ajedrez que elige tal o cual combinación de movimientos; cómo fue, a ver…

Buda (toma un trago de su recienvenido exprimido. Al diablo): para mí que vos filosofás mucho, vos no tenés que pensar esas cosas, te va a hacer mal; a vos te hace falta una pizca de orientalidad, aprender a respirar mejor, ¿te escuchaste respirar?, parecés un fueye…

El Diablo (A Buda): ay, gordo traficante de nirvanas, qué querés que haga, vos sabés lo que es la humedad allá abajo, terrible; y todo ese smog…

Buda: (enternecido. Al diablo): bueno, no te pongás así, te entiendo, cómo no te voy a entender, me hace mal verte así, y escuchar cómo te trata la gente que no te conoce, que juzga a través de rumores y chusmerío…

El Diablo (a Buda): sí, pero qué querés, son simples, creen que eligen, creen que yo elijo, pero le llaman “elegir” al desconocimiento de las causas del obrar…todo es necesario.

Dios (enojado. Al Diablo): ¿qué estuviste leyendo? Primero me venís con esa pavada del material preexistente, ahora salís con esto de lo necesario. En algo andás, te conozco.

Marx (en voz alta, para que se escuche en la mesa divina. A Bakunin): mi estimado Miguel, parece que alguien anduvo trasnochando con Leibniz y Spinoza…

El Diablo (encocorado. A Marx): mirá, maximalista de copetín, cerrá la boca porque no sos cuchara como para andar metiéndote en guiso ajeno. Además, qué querés, ¿que te lea a vos, que escribís como un abogado y le choreás todo al otro teutón infradotado de Hegel?

Bakunin (al Diablo): ¡shhhhhhhhhh!, lavate la boca antes de hablar de mi amigo, che, es autoritario, pero al lado tuyo y el barbudo es la madre teresa…

Marx (a Bakunin): la comparación es estratégicamente pésima, Miguel, cómo me salís con la madre Teresa…

Bakunin (a Marx): sí, sí, perdón, es que me sacan de las casillas, y soy así como irreverente…

Dios (a Bakunin): ¡ja! ¿yo, autoritario?

Bakunin (furioso): sí, vos, fijate cómo manejás el cielo, como un patrón de estancia lo manejás, a fuerza de látigo y tradición.

El Diablo (a Bakunin) con él (señala a Dios) no te equivocás, su liderazgo tiene notorias pinceladas de autoritarismo, pero yo no, eh, yo tengo al Astaroth, al Belcebú, que los banco un montón; ojo, eh, lo mío es más tirando a cooperativa. El barba es un tirano, pero yo soy un ejemplo arquetípico de líder carismático.

Marx (al Diablo): ah, bueno, hasta acá tengo que escuchar fraseología weberiana…

Bakunin (al Diablo): yo a vos te respeto, en el fondo son un rebelde, quizás el primero, pero, lo que es ahora, estás aburguesado, la agarraste el gustito al tridente y no lo largás más, fijate cómo sufren las grandes masas en tu reino.

El Diablo (a Bakunin): ¡pero mi reino se trata de eso, de sufrir! ¿Qué querés que haga?, ¿que los lleve de pic nic?

Dios (al Diablo): dejá, cuerno, no les des pelota, no entienden nada, están acá porque el General es un tipo testarudo que cree en la conciliación de clases; en el fondo esto es inadmisible, vos y yo, dos tipos grossos, discutiendo con un par de fracasados que no pudieron tomar el poder ni en un dispensario de barrio, dónde se ha visto.

Bakunin (rojo de ira. A Dios): ¡por qué no venís y me agarrás la santa trinidad que tengo acá (se señala la zona erógena), son dos círculos y un mástil!

Dios (a Bakunin): ¡mejor voy a agarrar esa chotada que escribiste sobre el Estado y yo y te la voy a meter sin anestesia vía anal, como esa porquería inextricable no sublevó a nadie, por ahí  sirve para desenmascarar tu verdadera sexualidad, eslavo mariposa.

Buda (mira en dirección a la barra y ve al general tomando mates despacio, como midiendo el tiempo con sus lentas, perezosas y sonoras chupadas de bombilla. A Dios y al Diablo): miren al General, lo noto como estresado.

El Diablo (a Buda): sí, claro, mirá cómo toma mates; tomar mates estresa, o no viste cómo vivían estresados los gauchos…

Buda (al Diablo): lo digo en serio, che, está como perdido, nostálgico…

El Diablo (ceremonioso. A Buda): la nostalgia es la tristeza por la cercanía de lo lejano…

En el preciso instante en que el fuego cruzado entre los habituales parroquianos amenazaba con pasar de las inofensivas palabras agraviantes a los hechos, hace su entrada al boliche un sujeto misterioso. Pálido, vestido, con capa y todo, íntegramente de negro, prolijo el pelo, fríos, misteriosos los ojos, el recién llegado, sin perder tiempo, se encara directamente en dirección adonde se encuentra Dios, quien, al sospechar fines bélicos en el sorpresivo visitante, adopta la posición correspondiente de defensa prevista por las reglas del boxeo francés.

Recién llegado (cordial. A dios.): ¿usted es Dios?

Dios (apenas bajando la guardia): efectivamente.

Recién llegado (solemne. A Dios): mire, tengo un problema, es sencillo: hace ya no sé cuántos años que estoy en el purgatorio y estoy podrido de esperar; así que una de dos, o me llevan para el cielo o me mandan para el infierno, pero decídanse, porque no me voy de acá sin una respuesta…

Dios (Al recién llegado): este…mire, voy a ser franco, yo no manejo esos temas, para eso lo tengo a Pedro, él es el encargado del papeleo, yo no puedo estar en todo, bah, sí, puedo, pero también necesito un tiempo para mí y para mis amistades.

Recién llegado (al Diablo): ¿y usted?, ¿no tiene lugar?

El diablo (al recién llegado): como tener, tengo, pero yo tampoco me encargo de esas cuestiones menores, además: ¿ud. sabe lo que es el infierno?, una porquería: calor, humedad, recitales de La Portuaria y Cafétacuba…

Recién llegado (entrando en ebullición): ¡nadie se hace cargo! No importa qué tan desagradable sea el infierno, al menos es definitivo: ¿saben ustedes lo que es la incertidumbre de no saber qué le va a tocar a uno, lo estresante que lleva consigo lo provisorio? ¡Hagan algo, viejo!

Dios (al recién llegado): bueno, bueno, lo entendemos, no se ponga así, si quiere lo llamo al Pedro y le pregunto por su situación, pero no le aseguro nada, eh, mire que cada cosa tiene su tiempo…

Recién llegado (serio): se lo agradecería.

Dios (al General Perón): ¡General!, estoy necesitado de su teléfono.

El General Perón (afinando la gola) mariposita, muchachita de mi barrio, te busco por el centro, te busco y no te encuentro…

Dios (haciendo caso omiso del General Perón, se dirige al teléfono y disca): mmm 34…45…listo…hola, sí, Pedro, cómo andás, ¿la bruja?, ¿bien?, me alegro mucho, che, mirá, te llamo por un favor, vino un señor acá, sí, acá, al boliche, no, no sé quién le dio la dirección, no, no te preocupés, sé que vos no fuiste, debe haber sido el Jesús, que es medio nabo, no te preocupés; mirá, dice que hace mucho que está en el purgatorio, sí, sí, viste cómo son, es que les queda el sentido del tiempo mundano, entonces no se acostumbran, a ver, esperá que le pregunto, ¿vos tenés todo cargado en la Comodore 600 que te compré?, listo esperá que te paso los datos…(al recién llegado): maestro, ¿me dice su nombre, así lo buscamos?

Recién llegado (en tono apocalíptico): Drácula, Conde Drácula…

Buda (se persigna, asustado): ¡me cache en dié!

Bakunin (a Marx): Carlos, no sé por qué, pero escucho la palabra “Conde” y ya me entran ganas de linchar nobles…

Marx (a Bakunin): no, pará Miguel, éste es pesado en serio, no hagás bandera…

El Diablo (piensa para sí): sonamos, me parece que se nos traspapeló a nosotros. Mejor me hago el otario, a ver qué dice el barba…por las dudas la mando un mensaje de texto al Belcebú, a ver qué sabe (saca el celular del bolsillo y manda un sms)

Dios (asombrado, con voz tiritante): ¿Pedro?…sí, se llama Drácula, sí, sí, el mismo…(a Drácula): Señor Conde, ¿le hago unas preguntitas, así lo ubicamos en el sistema informático?

Drácula (alterado): cuantas desee.

Dios (a Drácula): ¿nacionalidad?

Drácula (a Dios) rumano, y a mucha honra.

Dios (a Drácula): ¿día de fallecimiento?

Drácula (exaltado. A Dios): ¡qué sé yo!, ¡mire lo que me pregunta!

Dios (pacífico. A Drácula): bueno, bueno, no importa, no se ponga así: ¿estado civil?

Drácula (a Dios): promiscuo.

Dios (a Drácula): ¿antecedentes penales?

Drácula (a Dios): todos.

Dios (a drácula): ¿simpatiza con algún equipo de fútbol en especial?

Drácula (furioso. A Dios): ¿qué?, ¿qué nimiedades me está preguntando?

Dios (a Drácula): es por una encuesta que estamos haciendo…

Drácula (perplejo. A Dios): no me gusta mucho el fútbol, en mi época no nos divertíamos con mariconadas, nos gustaba empalar gente, decapitar, eran otros tiempos…pero, igual, me gusta el Steaua de Bacurest, aunque si no cambiamos el DT no vamos a ningún lado.

Dios (a Drácula): entiendo…bien, espere, Conde. ¿Pedro?, ¿y?, dale, fijate….(pasan 30 incómodos segundos)…este..bueno, bueno, le digo, chau, Pedrito, cuidate, eh, sí, sí, nos vamos a juntar, cómo no, vos cualquier cosa hablalo conmigo, no con el Jesús, claro, claro, te entiendo, un abrazo. (A Drácula): Conde, su expediente pasó para que lo traten las autoridades infernales hace 235 años, comprende usted que las chances de que alguien de su calaña vaya a parar al cielo son ínfimas, aunque nunca se sabe…

Drácula (furioso. Al Diablo): ¿y? ¿235 años y ustedes todavía no me aceptan?

El Diablo (diplomático): este…acabo de recibir un mensaje que confirma que su tema, amigo, efectivamente ha sido tratado por la comisión directiva hace 235 años, y que, por unanimidad, su ingreso a la cofradía infernal ha sido rechazado.

Drácula (al Diablo): ¿qué?, ¿por qué?

El Diablo (a Drácula): según me informan, todo se debe a defectos de forma en la solicitada proveniente del cielo, hay algunos datos que no coinciden, la letra utilizada no es la letra gótica que, según el reglamento, debe utilizarse en la confección de documentos de ese tipo, en fin, la culpa no es nuestra, es del barba y sus secuaces, que creen que pueden llevarse el mundo y el trasmundo por delante.

Drácula (presa de un ataque de ira): ¡ah, bueno! ¡yo pago por sus ineptitudes burocráticas.

Bakunin (despacito. A Marx): ¿ves, Carlos?, es como siempre te digo, la burocracia es un cáncer que carcome a la sociedad, yo no sé cómo vos no lo viste…

Marx (a Bakunin): no seas otario, Miguel, acá hay un trasfondo político, acá hay una guerra fría entre el cielo y el infierno de la cual la principal víctima es el Conde.

Dios (al Diablo): ¡pero no podés vulnerar un derecho de fondo por cuestiones menores de forma!

Diablo (a Dios): no sé, no sé, fijate el reglamento, hacete cargo, barba, ya lo habíamos hablado el tema.

Drácula (a Dios y al Diablo): ¿y no pueden mandar de nuevo la papeleta para que lo trate la comisión directiva infernal de nuevo?

El Diablo (a Drácula): como poder, se puede, pero va a tardar un tiempo, bah, no sé, creo, eso depende de él (señala a Dios)

Dios (a Drácula): es lo que se debería hacer, pero le advierto que eso llevará un tiempo, hay todo un trámite de reconstrucción de expediente que hay que observar, más el sellado, encima tengo al arcángel Gabriel de licencia, que es el que se encarga de todo ese tema…

Drácula (interrogativo. A Dios): bueno, esperé tanto que un poco más…¿de cuánto tiempo estamos hablando?

Dios (teje mentalmente varias operaciones algebraicas. A Drácula): y…así, a vuelo de pájaro, más o menos…y…no sé, por lo menos 1300 años..

Drácula (fuera de sí) ¿qué?, ¿están mamados?

Bakunin (por lo bajo. A Marx): me parece una locura, Carlos…un atropello. Yo pudriría todo en este  instante.

Drácula (se eleva del suelo y vuela hasta descender detrás de Buda, al cual toma por al cuello utilizándolo a modo de rehén. A todos): ¡me solucionan el problema ya o le chupo hasta el último glóbulo rojo al gordo!

Buda (al borde del llanto): ¡mamá!

Dios (a Drácula): tranquilícese, Conde, por favor, el Buda no tiene nada que ver. Negociemos.

Drácula (a Dios): negociemos las pelotas, agarrá el teléfono y arreglá este quilombo, vos y el guampudo ése (señala al Diablo), si no, lo dejo a éste como un trapo de piso (apoya los colmillos en el cuello de Buda, cuya palidez ya nada tiene que envidiarle a la del Conde)

Bakunin (a Marx): Carlos, qué decisión tiene el Conde, cómo lo envidio, dame 500 como él y te tomo el poder en dos patadas.

Marx (a Bakunin): tiene coraje, es verdad, es como la marihuana, se planta y pega, pero no se puede sustituir la acción de las masas por el arrojo individual de un puñado de valientes…

Dios (a Drácula): bueno, bueno, mantengamos la calma…(al Diablo): ¿vos no lo podés hacer entrar al infierno por decreto?, ¿desde cuánto te preocupás por la legalidad?

El Diablo (a Dios): barba, sabés que no puedo, si hoy hago entrar a uno por decreto, mañana viene otro, y pasado otro, no puedo, si lo hago siento un precedente de mierda. ¿Y vos, barba, no podés?

Dios (medita. Al diablo): y…me pasa igual que a vos, además, un tipo como éste no puede entrar allá, es como meter una comadreja en un gallinero…

Buda (con voz temblorosa. A Dios y al Diablo): discutan tranquilos, muchachos, total al que van a dejar seco es a mí…

El Diablo ( Buda): dejá de llorar, lechón, si total vos reencarnás en dos patadas…

Dios (a Drácula): Conde, mire, la cuestión es sencilla, al cielo no puede entrar, además, usted, en el cielo, se aburriría, mucho ángel, mucho respeto por las leyes, clima templado, mucha castidad, en fin, no es un lugar para usted; ahora bien, según dijo acá el amigo Lucifer, las puertas del infierno tampoco pueden abrirse para usted en estos momentos; queda una sola opción: el purgatorio… Drácula (grita): ¡No! ¡al purgatorio no vuelvo!, ¡n-o  v-u-e-l-v-o! ¿capishe?

Bakunin (a Marx): ¿parla italiano el Conde?

Marx (a Bakunin): debe ser políglota, como Jorge Altamira.

Bakunin (a Marx): ¿quién?

Marx (a Bakunin): Jorge Alt…bah, dejá, dejá.

El Diablo (a Drácula): espere, Conde, no se ofusque, tranquilícese, escuche: miles de vírgenes esperándolo, mujeres despampanantes ansiosas de ser atendidas por alguien de virilidad legendaria como usted, estadía paga, pensión completa, alfombras voladoras, camellos…¿qué le parece?

Drácula (medita unos segundos): mmm, suena bien, además, como ustedes apreciarán, a pesar de todo mantengo mi figura esbelta, a fuerza de gimnasia sueca, claro…me interesa, ¿con quién hay que hablar?

El Diablo (a Drácula): con Alá, sabe venir por acá, es un tipo macanudo, un tanto explosivo, pero buena persona, espere un segundo que lo llamo, además seguro que él tiene lugar, más pensando que todos los que le llegan, llegan en pedazos, una cabeza por acá, una mano por allá, un torso por acullá, le va a gustar la idea de hospedar a alguien completito y del prestigio de usted…pero una cosa, yo le arreglo eso y usted me lo suelta al gordo, eh…

Drácula (al Diablo): pues claro, ¿adónde vio un Conde que no cumpla con su palabra?

Bakunin (a Marx): mirá cómo hace alarde de su título de nobleza, lo fajaría ya mismo.

Marx (a Bakunin): pará, Miguel, no te metás, es un problema de ellos…

El Diablo (extrae el celular del bolsillo y marca): ¿hola?, sí, ¿Alá se encontraría por ahí?, sí, sí, pásemelo un tantito, es por una cuestión que le va a interesar, sí, dígale de parte del Diablo…¿hola?, ¿Alá?, ¿cómo andás?, sí, sí, ya sé, apenas junte la guita te pago lo que falta, disculpame, me rebotaron unos cheques, ¿vos, bien?, ya te dije, la junto y te la mando, tampoco es tanto, sí, sí…mirá, te llamo porque acá hay un amigo que necesita un lugar fijo para quedarse, hubo un problemita de papeles y ni el barba ni yo podemos hacernos cargo, este…no, no, el purgatorio no, no quiere saber nada, no, no, tampoco podemos hacer eso, porque lo tiene al gordo de rehén, dice que le va a chupar toda la sangre si no le damos un lugar definitivo, el Conde Drácula es, sí, claro, cómo no te va a sonar, es conocido, decime, ¿vos no tenés lugar ahí?, ¿sí?, uh, nos salvaste la vida, bah, más al gordo que a nosotros, dale, dale, te lo mando, claro que va a ser una alegría para vos tenerlo, me imagino, ahí te lo mando (corta la llamada).

Drácula (ilusionado. Al Diablo): ¿y?, ¿ya está?, ¿ya están listas las vírgenes?

El Diablo (saca una pluma del bolsillo y escribe en una servilleta. A Drácula): listo, Conde, acá le anoto la dirección, está todo arreglado, el Alá dice que va estar muy contento de tenerlo con él, y ni hablar las vírgenes cuando se enteren de su llegada…

Drácula (suelta a Buda, se dirige al Diablo, lo abraza, toma el papel): gracias, amigo, disculpen si fui un poco brusco, pero sepan comprenderme, el purgatorio es nefasto, ya les dije, toda ese tufo inconcluso te mata…

El Diablo (a Drácula): no hay problema, amigo, acá estamos para servirle, vaya nomás, que le vaya bien…

Drácula (sale del boliche): adiós…

Dios (al Diablo): ¿en serio Alá te dijo eso de que está contento de aceptar al Conde?

El Diablo (a Dios): este…bueno, no precisamente, no utilizó esas palabras exactamente…

Dios (al Diablo): me parecía, pero qué te dijo, es raro que lo haya aceptado…

El Diablo (a Dios): me dijo que le mande al Conde, que lo conocía  y que estaba feliz de por fin haber hallado a alguien para meterle rompeportones en el culo para toda la eternidad.

Dios (al Diablo): le mentiste…

El Diablo (gira  y señala la parte alta de su espalda, donde está incripta la palabra “DIABLO”, como corona de un número 10 que ocupa el centro de la misma): qué dice acá…

Buda (al Diablo): sos un mal tipo…

Bakunin (a Marx): un rompeportón en el traste, cómo no se nos ocurrió antes…

Mandamientos.

Perderme por las calles de siempre.
Oír, poco antes de verlo pasar, el tentador tren.
Ver los geométricos cortes de luz que
la moribunda tarde prodiga.
Sentir que el mundo está bien, que sobro.
Palpar la perplejidad de no poder explicar nada.
Dormir en tres o cuatro incoherentes revoloteos de hojas.
No tener otra forma de ser, no saber qué hay
del otro lado. Ni si tengo o hay otro lado.
Saber que es mentira: el logos, la metafísica,
el ponerle aureolas a las palabras; la vanidad
inocua de negar que una ausencia duele
en el cuerpo y en ninguna otra parte.
Percibir el desasosiego cuando cierro los
ojos y el universo contiene la respiración.
Ser huésped de la tranquilidad que me da
saber que todavía soy capaz de dos o tres pensamientos
que logran consolar mi puñado de desdichas
Intuir sin dilación que morir es extinguirse sin más y
que mi sufrimiento es idéntico al de todos, sin excepción.
Jurarme que será la última vez que mis esperanzas
se muden del silencio a mí mismo o a otra persona.
Irme yendo, sin indagar los porqué, como
se apaga el fuego o florece el árbol de la vereda (que ignora la primavera).
Prometer no indisponer con lágrimas ese espectáculo
maravilloso que es la muerte; la mía o la de cualquiera.
Intentar que lo humano no me dañe demasiado, y si
lo hace convencerme de que nadie puede conocer
la totalidad de efectos que sus actos echan a rodar
y no culpar a nadie: yo fui el que no supo o no pudo.
Olvidar, siempre olvidar: lo que quise ser, lo que los
otros, atroces arquitectos, quisieron hacer de mí,
la noche que creí que la tormenta se dispersaba
y sólo eran los sentidos narcotizados que me juraban
una embriaguez de abrazos al final tan ilusorios
como el futuro de un condenado que ignora que
otros, peores que él, echaron su suerte por él.
Dormirme rebelándome contra todo lo que pensé
y dije y soñé y leí y quise y lastimé, queriéndolo,
sin quererlo, deseando matar, pero deteniendo la palabra
a tiempo…
Escuchar el final murmullo de la noche que
vacía siempre la misma sentencia en mis oídos:
los que ansían la eternidad, nada saben de relojes…
y que algún día alguien que espero me hará comprender.

Milonga para Mauricio.

Fue en la cárcel de Devoto,

y no lo dijo un “rati”,

que alguien dejó caer el nombre

de un tal Mauricio Macri.

Algo se dijo también

de que jugaba a la C.I.A.

Es un otario importante

Que no sirve ni pa’ espía.

¡Quién sabe por qué razón,

me anda buscando Mauricio!

Quizás para investigar,

pinchar cables es su vicio

Lo veo osado sin par,

balbuceando con desgano.

Me gustaría saber

dónde aprendió el castellano.

Nadie con cara más dura

habrá pisao el universo.

Nadie habrá habido como él

en el arte de hacer el verso.

Con Michetti, con Larreta,

en Pinamar o en campaña,

él delinque sin tapujos:

es su padre el que lo apaña.

Sólo Dios puede saber

el final de los finales,

yo sólo puedo comentar

que se la pasa en tribunales

Lo privado siempre es mejor,

el docente es desperdicio.

Vaya pues esta milonga,

pa’l procesado Mauricio.


Vení, criticame acá. Por Patricio “Tetris de transgresión” de las Mercedes Chicherín.

Qué es un crítico. En qué consiste ese oficio. Esa burguesa, detestable función. Un crítico es alguien que vive de prestado. Agarra obras ajenas y las lee para después destilar su nada transgresor veneno. Todos los grandes tuvieron sus detractores: Shakespeare, por ejemplo; ¿o acaso Schopenhauer no le daba para que tenga, guarde y reparta a Hegel?, ¿y qué hizo Hegel? ¿dejó de escribir, acaso?, ¿se confesó a sí mismo: “la filosofía no es para vos, tiene razón Arturo, ponete un parrichucrut y dejate de joder con las chotadas esas del espíritu, la tesis, la antítesis y la recalcada uretra de Baviera? No, señores. Siguió escribiendo: frente alzada como un aristócrata del orgullo, pecho inflado como un marcador central, pluma urgente como vejiga de diabético, así continuó su obra. Mis seguidores saben que mi pluma, la misma que va horadando semana a semana los cimientos de esta chabacana sociedad burguesa, no es cualquier pluma. Lo saben porque, además, si me siguen semana a semana, es muy probable que hayan comprando ya mi novela, mi pistola “Taser” dadora de descargas de transgresión novela. Aunque también puede suceder que aún no lo hayan hecho, que no hayan adquirido mi monumental obra. Ahora bien, quién soy yo, apenas un fenomenal escritor, para decirles a ustedes, mis lectores, que si no tienen todavía mi novela, están sin embargo a tiempo de adquirirla por el precio que el poco transgresor mercado le ha achacado, sí, por esos apenas $145 pesos, tú, lector, tú, lectora, pueden, siempre y cuando estén dispuestos, sumergirse en un universo de transgresión del cual, quizás, esté invalidada la emersión. Pero esta nota aspira a otra cosa, nació con otro derrotero marcado. Es que leí algunas críticas de mi novela, de mi teorema de Pitágoras novela y no pude más que comprobar, y lamentar, el hecho de que vivimos en una sociedad que todavía no está preparada para mí. Ellos, los críticos, pecan de sobredosis de pasado, mientras yo, transgresor, tengo la mirada anclada en el futuro. Por ejemplo, dice un muy prestigioso crítico, prestigioso y poco transgresor crítico: “Si la chabacanería barata, la confusión de ideas, la podredumbre estética, la ampulosidad superflua y el oportunismo de mala estofa, por arte de encantamiento, se hicieran hombre, sin dudas llevarían por nombre Patricio de las Mercedes Chicherín” “¡Opa!”, me dije apenas leí tan abrupta, denostadora crítica, pero, como soy un transgresor de verdad, hice lo que debía hacer, es decir, pasé por alto desdeñosamente tan burguesas palabras e intenté hallar otra opinión; y encontré lo que sigue: “Si yo no fuera un crítico literario, si pudiera salirme un instante de esta profesión a la cual di y a la vez debo mi vida, si se me absolviera tan sólo por una vez de valerme de cierto rigor académico al cual por lo general me entrego sin tapujos, diría que la novela de Patricio de las Mercedes Chicherín es la cagada más grande que cualquier cerebro humano haya parido en los últimos dos mil años”. “Dale, peguen que es gratis”, pensé, y seguí buscando los ecos de mi novela; va otro: “Cuando se termina de leer la novela de Patricio de las Mercedes Chicherín, hazaña suicida apenas creíble, y uno piensa que la misma ha sido escrita por alguien que se autodenomina como un transgresor, y que además, en cierto banal programa de televisión, osó compararse con Goethe, Dante, Malraux y Onetti sin ruborizarse, dable es concluir que, más que en presencia de un transgresor, estamos ante un pelotudo liso y llano”. Y así, lector, lectora, en este tono nada transgresor y burgués, se van sucediendo las opiniones que el academicismo vulgar dedica a mi novela, a mi ballesta cargada de transgresión y apuntada el corazón del orbe burgués novela. Tal vez, y ya que es gratis, deba transcribir una opinión más, la más liviana quizás: “Que la novela de Chicherín es más digna del fuego que de la memoria, ningún sujeto más o menos avezado en el arte de la lectura puede discutirlo, ahora bien: analizando la personalidad del autor, su penoso diletantismo, su afán por hablar desde cúspides a las cuales jamás público alguno lo ha elevado, su facha mezcla de poeta maldito y vendedor de seguros, en fin, todo y cada uno de los rasgos personales que, combinados, dan forma a esa entidad irritante que ha de llamarse Patricio de las Mercedes Chicherín, debemos concluir que el mismo, como su obra, también es merecedor de las fauces del fuego más que de la honorabilidad de la memoria humana.” Bien, creo que, para el que sabe leer, todo ha sido dicho. Aparece una novela derribadora de mitos burgueses y la academia, los claustros afiebrados y con olor a sobretodo marrón, hemorroides y diccionario de la RAE hacen causa común contra ella; lógico, mire de donde se lo mire. A estos críticos, primero, les quiero dedicar una carta que recibí de una de mis lectoras, Ofelia, lleva por nombre; ignoro el apellido, dice: “Patrizio: leí tu novela ¡¡¡¡no sabés!!!!! Me re gustó y te dediqué estos versos: “Leo a Patrizio, mi vizio Patrizio, y quiero salir a la calle a gritar cuánto te quiero, Patrizio, mi vizio Patricio”; y, segundo, me gustaría decirles que, por mí, se pueden ir lenta e inexorablemente a la reputísima madre que los parió. Amén.

Buenos muchachos.

Dios y el Diablo se encuentran en pleno calentamiento precompetitivo a los fines de dar comienzo a un match de ping pong. Al lado de la mesa, novel adquisición del boliche del General Perón, sentado sobre varias sillas plásticas que fueron apiladas para permitir una mejor visión del prometedor encuentro, está Buda, quien hará la veces de referí, mientras espera al perdedor del mismo, pues el reglamento del torneo triangular establece que él debe disputar su primer partido con el que salga perdidoso del cotejo próximo a comenzar. En una mesa alejada de los vaivenes deportivos Carlos Marx y Miguel Bakunin discuten sobre altos temas de táctica y estrategia revolucionaria. El General Perón, detrás de la barra, friega vasos y platos, y bucea por su memoria en busca de acontecimientos ya pulverizados por la historia.

Dios (hace un par de flexiones de piernas. Al diablo): increíble, che, lo duro que ando de las articulaciones. Che, Satán, ¿no habría que tener un bidón de agua acá al costado?, digo, para prevenir accidentes…

El Diablo (girando los brazos para darle movimiento a las articulaciones de sus hombros. A Dios): ya empezás a llorar, barba, a ver, esperá…(al General Perón): che, general, ¿no tiene un bidón con agua que me preste?

Perón (alza los brazos): ¡Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista!

El Diablo (resignado): está mal el General, muy evocador. Pero no importa, barba, acá afuera está la canilla, de última, si no damos más, pedimos minuto y nos enjuagamos…

Buda (en tono de queja.): ¿y yo, cuándo juego?

El Diablo (a Buda): pero sos un cuadrado, gordo, ¿otra vez te tengo que explicar? Vos vas con el que pierde de nosotros dos.

Buda (encolerizado. Al Diablo): ¡bueno, che, tampoco es para que me tratés así!

Bakunin (furioso, hacia la mesa de ping pong en general y hacia Buda en particular): ¡bajá un cambio lechón, que no estás en el Tíbet)

El Diablo (a Bakunin): ¡cerrá la boca, proletario de mazapán, que van a cobrar, vos y tu amigo!

Marx (a Bakunin): tranquilo, Miguel, no te calentés, dejalos que hablen.

Bakunin (a Marx): sí, tenés razón, qué vamos a renegar, sigamos con lo nuestro. Te decía, Carlos, que lo tuyo todo muy lindo, todo muy lindo, pero decime, a ver, cómo corno una de las tareas del Estado, una vez que el proletariado se alce con el poder, va a consistir en su propia autodestrucción: una locura, ¿dónde viste que un Estado se suicide?

Marx (enojado): pero el Estado, una vez que el proletariado tome el poder, va a ser otro tipo de Estado, además, lo tuyo es todo muy lindo, a ver, decime vos, ¿te creés que el primer día después de la revolución las funciones que el estado burgués cumplía antes de la misma van a transformarse automáticamente en innecesarias.

Bakunin (lanza una risotada brutal): ahí está, ya pensás en la repartija de palos, no cambiás más vos.

Marx (irónico): al final ustedes son los hermanos discapacitados de los liberales; se reducen a desear una sociedad liberal, como ésta, pero sin policía. Vagos, eso son, unos vagos.

Bakunin (furioso): pará, no te lo voy a permitir, que ustedes ven un torno y salen corriendo.

(Mientras tanto, en la mesa de ping pong, los contendientes están a punto de dar comienzo al match).

El Diablo (a Dios): vamos, ubicuo, por el saque (lanza la pelota al campo contrario)

Dios (lanza un paletazo y le pifia lastimosamente a la pelota): ¡uy! Me cago en mí mismo, qué mal que ando.

El diablo (a Buda): preparate, terror de tenedores libres, que a éste lo despacho en cinco minutos.

(Retornamos a la mesa de Marx y Bakunin)

Marx (conciliador): Miguel, dejemos esta discusión, total, nunca llegamos a nada. Prendé la televisión y fijate, creo que, en el canal 1.237.892,  están dando un recital de Pedro y Pablo.

Bakunin (encocorado) Ah, no, grupos de música cristiana no: no me jodás.

Marx (paciente) No, Miguel, qué música cristiana, es un conjunto de rock, sí, pero no cristiano, escuchá (afina la gola) “bronca sin fusiles y sin bombas, bronca con los dos dedos en V”.

Bakunin: ah, sí, me suena, pero una bronca sin fusiles y sin bombas no es bronca, es mariconada; es un grupo reaccionario por donde se lo mire.

Marx: bueno, che, si vos no estás mirando nada, qué te cuesta, dale, fijate…

Bakunin (toma el control remoto, apunta a la televisión, la enciende y la pantalla de la misma arroja una persistente y monótona lluvia): ahora qué pasa, no anda esta porquería, este boliche parece una pulpería colonial, está caído del mundo.

Marx (a Perón) ¡General! ¿usted pagó el cable?

Perón (esboza una leve, peronista sonrisa): Cada uno dentro del movimiento tiene una misión. La mía es la más ingrata de todas: me tengo que tragar el sapo todos los días. Otros se lo tragan de cuando en cuando. En política, todos tienen que tragar un poco el sapo.

Bakunin (a Marx): ¿qué dice?

Marx (extrañado) Ni idea, vio cómo es el General, indescifrable…

(Pero retornemos al reñido partido de ping pong)

El Diablo (gritando, señala con el dedo el sector de la cancha en donde según él pico la pelota lanzada por Dios): ¡picó acá, barba, fue mala, malísima! ¡A mí no me vas a robar! ¡Acá!, ¿ves? ¡Acá! ¡Si hasta está la marca, mirá, agachate, mirá medio al ras y se ve!

Dios (irritado): otra vez no me vas a embromar, te conozco como si te hubiese parido, sos muy fulero, no sabés perder, además: ¿para qué hay un árbitro? ¿para qué establecimos dirimir cualquier tipo de conflicto derivado del partido en un tercero imparcial?

(Ambos, Dios y el Diablo, giran y observan a Buda, quien se halla en pleno nirvana, alejado de cualquier indicio de manifestación mental y/o material)

El Diablo (a Dios): se nirvaneó, siempre lo mismo, le das dos minutos y se apaga, gordo egoísta.

Dios (enojado, toma la pelota y la arroja lejos de la mesa, yendo a parar la misma a los pies de Bakunin, que, ya molesto por los gritos que provienen de la mesa de ping pong, vislumbra en su sesera algún tipo de conducta “non sancta”)

El Diablo (a Dios): pará, omnisciente, está bien, no te calentés, si estamos jugando para pasar el rato…(a Bakunin): Che, maximalista de kermés, a ver si me pasás la pelotita que acá hay dos grandes jugadores que tienen que proseguir con el match.

Bakunin (fuera de sí, toma un sifón de soda de arriba de la mesa y lo arroja en dirección al Diablo, dibujando el mismo una parábola en el aire que, milagrosamente, por milímetros, esquiva la cabeza de Buda –que sigue nirvaneado- y va a explotar contra la pared)

El Diablo (totalmente sacado, corre en dirección a Bakunin y se eleva hacia al mismo buscando golpearlo con una acrobática patada voladora): ¡qué hacés, otario!

Bakunin (se agacha con un aceitado movimiento pélvico, truncando la finalidad del Diablo que, pasando de largo, va a dar contra la pared, justo al lado de un póster de Nino Bravo)

Dios (se acerca sigiloso a la trifulca, toma una silla y, rápido, la parte en la voluminosa cabeza de Marx): ¡tomá, incestuoso!

Bakunin (a los fines de socorrer a Marx, se arroja sobre la humanidad de Dios, quien no puede soportar la embestida y, junto al agresor, rueda al piso): ¡abajo la metafísica!

Perón (como quien no quiere la cosa): Aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden puede ser muerto por cualquier argentino. Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos.Y eso lo hemos de conseguir persuadiendo, y si no, a palos.

(La trifulca sigue su derrotero. El diablo, recuperado de su colisión con la pared, encara a Marx, que todavía se halla grogui por el sillazo recibido. Dios, que ya se ha arremangado la túnica, adopta la clásica posición pugilística esperando el inminente ataque bakuniano…pero de pronto comienza a oírse un estruendo lejano, un monótono golpeteo que, a medida que los segundo avanzan, se va tornando más y más ensordecedor. Algo sucede en las adyacencias del local. Todos cesan en su acción para meditar sobre tan extraño evento)

Dios (extrañado): ¿y eso? ¿qué carajo es?

Bakunin ( perplejo) no sé, parecen bombos.

El Diablo ( A Bakunin): no, orate, si va a ser la filarmónica de Viena.

Marx (temeroso): sea lo que sea, se nos viene.

(El ruido se hace verdaderamente doloroso, cuando, de repente, ingresan al boliche  cincuenta hombres enormes, armados con palos. Llevan remeras con distintas identificaciones: CGT, UOM, LA 62, etc. Cantan fanáticamente, al son de los coordinados bombos: “¡ni yanquis, ni marxistas, peronistas!”. La turba recién ingresada se arroja sobre los cuatro parroquianos que motivaron los antes relatados disturbios y les dan una paliza monumental, golpiza tras la cual los ajusticiados quedan echados en el piso en estado de semi inconsciencia. Cumplida su tarea, los visitantes se retiran del boliche al grito de “¡no va a quedar ningún gorila vivo, ninguna liberal o radical, les vamos a hacer el cinco por uno como nos ordenara el General”!)

El Diablo (dolorido): que alguien llame al S.A.M.E.

Dios (apenas audible): me cago en…

Marx (entre resignado y dolorido): uno no advierte que tiene un alma hasta que no se la rompen a patadas.

Bakunin (meditabundo): no eran peronistas del 45’, eran peronistas de la calibre 45’.

Perón (ríe bonachonamente): Son buenos muchachos.

Buda (abre los ojos, lagañoso): ¿y? ¿con quién me toca jugar?

Confesiones y mutaciones. Por Patricio de las Mercedes Chicherín.

Descreo del psicoanálisis. No sólo descreo de esa disciplina tan alejada de la rigurosidad científica como yo de todos y cada uno de los prejuicios que empantanan esta derruida sociedad burguesa, sino que también la odio. Ahora resulta que uno se inclina más por la rúcula que por la lechuga repollada y ya salta una imitación barata del chancho burgués vienés y te echa en cara que hace desde tu más tierna edad que querés acostarte con tu madre. Igualmente, lector, lectora, soy de los que semana a semana concurren al psicoanalista. Lo hago porque tengo varios aguijones punzantes que carcomen mi espíritu. Y porque ser un transgresor en medio de esta sociedad no es gratuito. Como tampoco es gratuita mi novela, que ahora, gracias a un reajuste relativo de precios, ha visto incrementado su costo de venta al público, pasando de los $125 originales a los $145 de la actualidad. Te lo digo a ti, lector, lectora, porque si hemos de seguir transitando este camino, yo aportando toda la transgresión de mi pluma y tú desembolsando cuanto penique desees, estamos obligados a hablar con la verdad. Esa verdad que en la decadente sociedad burguesa se halla nublada por los más mezquinos intereses de clase. También es verdad que cualquier manifestación artística se ve reducida a una simple y llana mercancía. Ahí está mi novela para demostrarlo, mi gran cañón del colorado novela, mi Partenón novela. Pero dejemos de lado mi llave de kung fú a la sociedad burguesa novela y vayamos al grano.

Lector, lectora, he dicho que hablé con mi psicólogo. Ignoro si quiebro alguna regla de esas que son como la columna vertebral de la terapia psicoanálitica difundiendo lo que voy a decir; pero de todos modos, si lo hiciere, no me interesa en lo más mínimo, es más, me alegraría sobremanera vulnerar otra de las nauseabundas normas de esa falsa ciencia burguesa. Además, el que paga soy yo, y bastante salado me sale ir a confesarme una vez por semana con esa especie de cura laico. La cuestión es que, en la sesión de ayer, recordé la relación tortuosa que siempre me unió a mi padre. Es que él jamás me apoyó en nada. Uno a uno fue destrozando mis más tiernos anhelos. Cuando a los cinco años le dije que quería ser astronauta, y la pregunté si no me compraba uno de esos trajes diseñados  especialmente para surcar el universo,  me contestó que de la patada en el traste que me iba a dar quedaría yo en órbita sin tener que recurrir a ningún choto y especial traje. Mi viejo era así. Se mofaba de mis poemas y me llamaba “Arseni Tarkovski del subdesarrollo”, o me decía que mi pluma estaba diseñaba para escribir pelotudeces, no para el sublime arte de la literatura (mi padre era un erudito, leía mucho la revista “Corsa” y tenía la colección completa de la “Sólo Fútbol”). Tanto desprecio me dispensaba mi padre que, aunque suene increíble, jamás me regaló unos de esos shorcitos que se usan para practicar deportes. Por eso, cuando decidí abocarme de lleno a mi pasión por la práctica del fútbol, me vi obligado a usar unos jeans con el interior revestido de corderoid, indumentaria que, sobre todo en la temporada estival, favorecía la proliferación de herpes, hongos y otras yerbas en mis piernas y en mis zonas erógenas, todo favorecido por una marcada tendencia a la transpiración que aún hoy, gracias a mi padre y sus malparidos pantalones de corderoid, padezco. Y así, impedido de valerme de la elasticidad que la práctica de cualquier tipo de deporte precisa,  fracasé en el fútbol. Recuerdo fresco poseo del día en que, con el bolsito al hombro y caminando como un cowboy recién bajado del caballo por las dolorosas paspaduras de mi entrepierna, regresé a mi casa vencido tras un nuevo fracaso, y mi padre, socarronamente, me dijo: “dale, Caniggia, entrá y poné la mesa”. Pero no quiero agobiarlos con mis pesares y desgracias infantiles. Todo lo que tenía que decir se lo dije a mi psicólogo. El punto decisivo de la  sesión fue cuando él, mi psicoanalista, decidió mostrarme unas placas para que yo dijera qué veía en ellas. En las dos primeras, lo confieso, no vi un choto: eran dos manchas, dos escupitajos de tinta carentes de toda significación. Cuando le tocó el turno a la tercera, mi analista me dijo que mirara bien, que tratase de darle forma a eso aparentemente informe; y ahí, en la tercera, el dibujo era claro, era mi padre fajándome; y pasó la cuarta, la quinta, la sexta y, así, muchas más, y en todas yo veía a mi padre riéndose de mis versos, golpeándome, obligándome a que memorizase el primer equipo de Temperley; veía sus ojos irónicos vaticinándome un nuevo fracaso; vi también mis testículos paspados, rojos por el frenético roce del corderoid, en fin, lector, lectora, vi mi traumática infancia desfilar ante mis ojos como quien ve un macabro desfile de fantasmas.

Por todo lo dicho, y por lo callado e indecible, mi terapeuta, luego de explicarme no sé bien qué chotada sobre el valor de lo simbólico en la vida psíquica, haciendo hincapié en no sé qué malparida liberación, me aconsejó que dejase yo de usar el apellido de mi padre, pues ese acto, simbólico como todo gesto, lograría que yo me sacudiera de las torturas que, expulsadas de mi inconciente, hacían mella aún en la parte conciente de mi aparato psíquico. Al principio puse reparos. Le pregunté si esa mutación no podría alterar mi mecánico apego a la transgresión, si no haría de mí un ser gregario, insignificante, si mi pluma no se metamorfosearía en algo disoluto, afeminado y poco punzante. Y él me dijo que no, que todo lo contrario, que ese desapego del apellido paterno, al destrabar la energía reprimida por mis experiencias traumáticas, elevaría mi potencia de transgresión a límites insospechados, “¿a la altura de un Nietzsche, de un Marcos Aguinis”?, indagué, “a esas alturas y mucho más”, respondió mi analista.

Y así terminó la sesión, mi última visita al psicólogo; bueno, así no, en verdad mi terapeuta, antes de que me vaya, me compelió a que le abonara la parte del tratamiento que le adeudaba, fracción impaga del mismo que él estimó en el 90% del total, hecho al cual no presté demasiada atención, pues me hallaba indagando interiormente en qué nombre debería yo adoptar ahora, cuál sería el sello que mis meteoros de transgresión deberían portar. Y en la calle, haciendo todavía caso omiso a los gritos que mi analista me lanzaba desde la ventana del consultorio, alaridos que habían ya mutado en insultos lisos y llanos, comencé a pensar en qué apellido tomar de aquí en más, y en un momento dado, claro como un amanecer campestre, se me apareció la antítesis de mi padre: mi madre, mi noble, tierna y transgresora madre, de la cual, lector, lectora, en este preciso instante, y por medio de este personalísimo escrito, tomo el aristocrático apellido con el cual seguiré de aquí en más fustigando a esta nada transgresora sociedad burguesa, pues, de ahora en más, hundo para siempre en las fauces del olvido el apellido Kolesnicov  y paso a ser Patricio de las Mercedes Chicherín.

Ese maldito Aguinis. Por Patricio de las Mercedes Chicherín.

Hay una transgresión del alma y una del cuerpo. O de la sustancia pensante y de la sustancia extensa. O de la natura naturata y de la natura naturae. Luego, hay dos clases de transgresor. Yo no debo aclarar que soy un transgresor de primera línea, de ligas mayores. Allí, en las librerías, en los kioscos de diarios y revistas (la vi en la estación de micros de Retiro) está mi novela, mi sismo de Chile elevado al cubo novela, mi ariete enfocado hacia el corazón de esta enajenante sociedad burguesa. Ella habla por sí misma. Allá ella y su suerte, que, obviamente poco me importa, pues yo no escribo para los pulcros anaqueles de las burguesas librerías. Por eso no diré que mi novela cuesta apenas $125 y que, lector, lectora, la puedes conseguir en cualquier librería o kiosco. Vayamos al grano de esta columna. Empecé diciendo que…no importa qué empecé diciendo, además, lo que dije todavía está ahí y basta rebobinar los ojos para encontrarlo. Que quede claro: la transgresión existe; y yo soy un transgresor. Pero, aunque no es común que suceda, también existen otros transgresores de la pluma. Y es aquí, en este fugaz instante cuando hace su majestuosa entrada mi amigo del alma, transgresor por donde se lo mire: el señor Marcos Aguinis, perdón, el señor MARCOS AGUINIS, así con mayúsculas. Jamás dejo pasar la oportunidad de leer los artículos que él, mi amigo, publica, cada tres o cuatro meses, en ese otro pilar de la transgresión periodística que es el diario La Nación. Esa pluma de Marquitos, su soltura y desfachatez, su precisión y rigor gramatical, logra que recorrer sus columnas sea un baño, una inmersión hasta el tuétano en el mar de la transgresión. Recuerdo cuando, en una nota escrita en memoria del recientemente fallecido Tomás Eloy Martínez, Marcos sentenció que el autor de “Santa Evita” “despedía alegría a borbotones”; ¡guau!, me dije, “borbotones”, qué palabra feliz, precisa, adecuada, insustituible; instantáneamente pensé en ese cuento de Borges, (escritor genial, mas no transgresor), en el comienzo de dicho relato, cuando Jorge Luis dice “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche…”, y el paralelismo entre Marcos y Jorge Luis saltó a la vista. “Noche unánime”, epíteto perfecto, digno de envidia e hijo de quizás, después de quien escribe, el mejor escritor que parió esta nada transgresora tierra por un lado, y por el otro, corriendo parejo a la inventiva del maravilloso Borges, Marquitos y su “despedía alegría a BORBOTONES”; cómo elegir una sentencia por sobre la otra: imposible. Además, sentir en el espíritu la musicalidad misma de la palabra “borbotones”, su cadencia inigualable. No exagero diciendo que, para hallar una palabra con tamaña significación estética, deberíamos remontarnos a algún vocablo heredado de los árabes que poblaron la península ibérica, allá, desde el 711 al 1492; no sé, la palabra “alhaja”, por ejemplo.  Pero Aguinis no es sólo una prosa sublime, no. Él agrega a su talento expresivo una inquebrantable militancia del lado de los explotados de la tierra. En su último artículo, tan fresco que aún chorrea transgresora tinta, Marquitos enumera uno por uno los logros del Estado de Israel. Pues todos sabemos que, en la actualidad, el Estado de Israel está siendo vilipendiado por gran parte de la comunidad internacional por solo hecho de estar habitado en su mayoría por judíos. Yo soy ateo, como corresponde a todo buen transgresor, pero admiro la postura de Aguinis, esa inclinación por los más débiles, sean judíos o terroristas asesinos musulmanes entrenados desde niños para asesinar la libertad. Donde haya un Estado débil, allí estará Marcos con su pluma punzante. Como en este caso particular, pues todos sabemos que Israel es apenas el quinto ejército más poderoso del mundo, es decir, tiene cuatro países con mayor poder bélico por encima, claro, ninguno de los países en conflicto con Israel está entre esos cuatro países, es más, uno, Palestina, es menos un país que un conglomerado de sujetos andrajosos que ya ni les va quedando lugar para caerse muertos, pero ¿y?, repito: ¿y?; todos sabemos que los nazis  (Marquitos hace bien en dejar en claro que, aquel que se atreva a criticar cualquier política exterior del Estado de Israel, es un nazi, pues las leyes del psicoanálisis así lo determinan) siempre hallarán alguna manera de justificar sus atropellos para el que piensa distinto, ¿o no hacen eso los palestinos? Israel piensa distinto que los palestinos, pues piensa que gran parte de la tierra que éstos ocupaban y ocupan en verdad le pertenece al Estado de Israel, entonces actúa en consecuencia e invita a los palestinos a correrse cada vez un poquito más allá, ¿cómo reaccionan los fanáticos palestinos ante la invitación israelí?: tirando cohetes. Pero no me quiero extender, las cosas están claras, el que no lo quiera ver, que lea la columna de mi amigo. Columna objetiva, pues el autor comienza diciendo algo así como: “De los errores del Estado de Israel todos hablan, enumeraré sus logros”, claro, hizo bien, para qué enumerar los errores, para qué aburrir al lector e invitarlo a que compare los errores con los aciertos, como si una nota fuera un asiento contable, no, Marquitos, sutil, estampa uno por uno los logros de Israel, que una universidad aquí, que un teatro allá, que tantos ingenieros per cápita acullá; y punto. No se puede andar enumerando errores, no se puede, hoy menos que nunca, ser funcional al terrorismo islámico y su velo femenino tan poco transgresor. En fin, me extendí, pero deseo que me comprendas, lector, lectora, y que me digas sinceramente cómo sería posible resumir en pocas palabras lo que significa el autor de “Ay, Patria mía”, mediante qué alquimia podría acotar semejante y ciclópea personalidad. Me despido dándote las gracias, Marcos Aguinis, y aprovecho para invitarlo a que venga nuevamente a mi casa, a mi transgresor hogar, para así poder charlar a solas, té con masas de por medio, sobre el mundo este que tanto, lo sé, le duele, con tantas tiranías por derrocar, en el cual faltan tantas libertades, sobre todo la de comercio, que difundir. Péguese una vuelta, Marquitos, pero avíseme antes, así le doy franco a la mucama paraguaya, a la solanolopizta mucama paraguaya de la otra vez, esa que, cuando usted le tocó la nalga con sus delicadas manos de geisha y le susurró “pan dulce guaraní, si querés le agrego el maní”, se dio vuelta, le pegó un soberano cachetazo y le dijo: “viejo hijo de puta, me volvés a tocar el traste y te hago un enema de masas finas”, en un perfecto, claro y conciso guaraní.

El día que noquee a Mujica Laines. Por Patricio de las Mercedes Chicherín.

Hoy sonó mi teléfono. El burgués por antonomasia teléfono celular, con sus musiquita, sus lucecitas, en fin, con toda esa parafernalia burguesa y alienante que todos conocen. Saben de qué hablo, entonces. Bien, como dije, y no voy a repetir, sonó el teléfono: era el director de la revista de la cual mi pluma, semana a semana, se vale para hacer una toma “Doble Nelson” a esta sarcomática sociedad burguesa. ¿Qué me dijo el director?, palabras más palabras menos, luego de recordarme que hace cuatro largos meses que no escribo un malparido artículo (utilizó en varias oportunidades los vocablos “vago”, “borracho”, laburá”, “patada”, “en”, “el” y “culo”),  me comentó, con su cordialidad habitual, que escriba algo sobre la Feria del Libro que por estos días se está celebrando. “Pues, claro”, contesté, “ya mismo salgo para allá”, juré; claro, esto es lo que exterioricé en palabras, pero, por dentro, me dije: “con el frío que hace no me sacan de mi casa ni con un decreto de necesidad y urgencia, otario; mirá si yo, un transgresor indómito, te va a hacer caso a vos, director de mala muerte de una pelotuda revista de para nada transgresores lectores”. Entonces decidí contar lo que me ocurrió en la citada feria hace ya muchos años. Va, entonces.

Por esa época la revista en la cual mi pluma juvenil comenzaba a demoler a la sociedad burguesa me envió a la feria referida a cubrir una charla de Mujica Laines. Como llegué temprano, decidí pasearme un rato por entre los poblados anaqueles de los stands, hasta que, como caída del cielo, me encontré con la inigualable sorpresa de que una reconocida marca de fernet regalaba vasos de dicho elixir mezclado con una famosa e imperialista bebida cola. Había una larga fila de personas esperando su turno de ser servidas y pensé: “Patricio, un fernecito, uno solo, te vendría bien, te ponés en la fila, te tomás uno, y después seguís con los libros”. Y  así, obedeciendo mi pensamiento, me puse en la fila, pero no una sola vez, sino que, una vez que terminado un vaso, volvía a la fila en busca del siguiente, hasta que, harto de tener que esperar que pase toda la malparida gente que tenía adelante cada vez que deseaba beber y con los huevos al plato por los diminutos vasos en el cual te lo servían, cuando me tocó nuevamente el turno, dije a la despampanante promotora que cace una botella de la reconocida bebida cola, corte el tercio superior de la misma y llene el recipiente así creado mitad con fernet, mitad con la ya nombrada bebida cola. A lo cual la promotora respondió que si no me parecía que ya había bebido yo demasiado, a lo cual dije que ninguna promotora de mala muerte, nada transgresora, me iba a decir lo que debía yo hacer: “¿no sabe quién soy?”, indagué a la promotora y, cuando ella optó por la negativa, le eché en cara: “soy Marcos Aguinis, un transgresor por naturaleza, así que haga lo que le digo, porque, si no lo hace, hablo con el director del diario La Nación y la ponen de patitas en la calle”. Y ahí la promotora, que en algún lado de su escueta memoria de mujer despampanante albergaba el nombre  que yo le había referido, accedió a mi pedido. Pero razones de espacio me obligan a resumir, así que confesaré que, a la hora de comenzar la conferencia “Manucho”, ya el improvisado y enorme recipiente se había rellenado en innumerables oportunidades, lo que redundó en una tranca monumental que me tuvo por víctima. Cuando llegué a la sala, el autor de “La casa” ya había dado inicio a la charla y se hallaba echando pestes a Perón y a no sé qué más; entonces, botella en mano, me ubiqué en un asiento libre que había en la fila final de la sala. Los asistentes vecinos me miraban extrañados, no sé si a mí o a mi generoso recipiente repleto de negro brebaje. La cuestión es que “Manucho” seguía con sus chotadas sobre la dictadura peronista y no sé qué mierda más sobre el arte y la prosa y me cago en la literatura pensaba yo, mientras la cantidad de fernet ingerido comenzaba a hacerse ver en mi ya por entonces endeble sistema de retención de líquido. Entonces, con la vejiga pidiéndome a gritos que la evacue, dije a la vieja de al lado que si no me daba permiso para levantarme, “tengo que cambiarle el agua a la aceituna”, le susurré al oído; y la malparida vieja me contestó “¿de qué aceituna habla?, usted tiene olor a alcohol, ¿no le da vergüenza?, acá un hombre íntegro como Mujica Lainez habla del arte y usted, siendo tan joven, bebiendo a más no poder”; reproche ante lo cual, dije a mi interlocutora: “señora, me estoy meando, tengo la vejiga al límite, porque no me deja de hinchar las pelotas con el forro este de Mujica Laines, mueve el voluminoso culo de la malparida silla y me deja pasar o saco a pasear al amigo acá nomás”, y ella, la señora, dijo: “ohhh, maleducado”, y agregó “aguántese hasta que termine, no me quiero perder lo que está diciendo este genio de la literatura mundial”; a todo esto, el genio seguía hinchando las pelotas con la dictadura peronista y ya medio que, a mis ganas de orinar, se sumaba la de pararme y mandar a todos esos hijos de puta al carajo. Pero me aguanté. Soporté una hora más de chotadas sobre el arte, la filosofía, la ética y la concha de la madre Teresa; estoico, aguerrido a mi fernet, a mis ansias de inodoro. Y cuando por fin terminó la conferencia, sin soltar la botella, me acerqué al disertante con cara de querer felicitarlo y, en sus narices, le dije que una revista me había enviado a hacer una reseña, a lo que él, Mujica Laines, “Manucho”, tras acomodarse el monóculo, y luego de medirme con un gesto de vanidad aristocrática, contestó: “¿usted cree que, con su mala prosa, podrá hacer esa reseña? Entonces, si mal no recuerdo, efectué los siguientes movimientos: pasé la botella de la mano derecha a la izquierda para liberar mi mano hábil, sonreí fingiendo indiferencia a lo que había escuchado, cerré el puño, di un paso hacia atrás a los fines de hallar la distancia adecuada y lancé un certero cross a la mandíbula del autor de “El unicornio”, cuya humanidad se desplomó hasta quedar horizontal en el piso. Acto seguido, volví el recipiente a su primitivo lugar, giré y me dirigí a la puerta, mientras una voz decía que alguien llamara al S.A.M.E, otra me acusaba de negro peronista, y otra, ya conocida por mis oídos, hablaba de aceitunas, olor a alcohol y de la juventud perdida.

Un viaje a lo elemental.

Hasta la coronilla, joder, estaba de la ciudad portuaria. De la burguesa, brumosa, desagradecida ciudad capital y su ritmo arrebatador. En mi novela, sí, en esa, lector, lectora, que sale apenas $125 y se puede encontrar en todos los quioscos de la Capital y en casi todas las provincias, aunque no sé si la misma ya fue traducida al idioma que se habla en Jujuy, pero igual, no importa, qué pueden entender los jujeños de mi transgresión objetivada en esa novela maravillosa. Maravillosa y demoledora, cañón destructor de esta carcomida por la mediocridad sociedad burguesa. En fin, decía yo que estaba asqueado de la putrefacta y decadente ciudad portuaria, y es por eso que me encuentro viajando en una canoa, en una precolombina canoa cruzando el río Coronda, en dirección a la isla, para poder allí hacer lo que vine a hacer, aparte de liberarme del aliento a cemento de Buenos Aires: pescar. Estrecharme en un abrazo con la naturaleza, con lo primitivo y salvaje. Mi guía en esta peligrosa expedición está remando, y, mientras rema, transpirando a más no poder; y, mientras transpira, recuperando sales minerales vía oral gracias a un tetrabrik de transgresor vino tinto de mesa (el segundo) que lleva cada diez segundos a su desdentada y peronista boca; mi guía, el que rema, se llama Miguel, de él depende el éxito de esta expedición a las fauces de lo sobrenatural de tan natural. Miguel no habla, sólo bebe. Es un domador del río. Conversa con el río en silencio, como sus ancestros y los ancestros de sus ancestros. Ahora entorna los ojos, huele el aire y el peligro que acompaña al aire, algo desde lo profundo de su espíritu va a emerger, una sentencia sabia, un poco críptica tal vez: “la puta madre, qué calor que hace”, dice en su pintoresco dialecto de vaqueano de aguas fugitivas. Llegamos al lugar en el cual se desarrollará la pesca, bajamos el equipo (Miguel lo baja, pues para eso le pago) y nos disponemos a comenzar la cacería de anfibios. Ahora Miguel me señala una tarro de Nesquik, me dice que en él hay lombrices, que debo tomar una entre mis manos y ensartarla en el anzuelo, le digo que ni mamado agarro uno de esos poco transgresores bichos, que le afloje al vino, le aconsejo en su dialecto (“totín”, digo). Miguel encarna por mí. Ya está listo, arrojo la caña, el subversivo anzuelo ya está penetrando en las doradas, eternas aguas del río Coronda. Miguel está callado, firme en su charla con lo autóctono. Ahora ya va como para media hora que lancé mi anzuelo: no ha pasado nada, pero nada de nada. Por primera vez me pregunto qué mierda hace un trangresor como yo con una chota caña de pescar en la mano, al borde de un río color excremento. Encima me transpiran hasta los ojos. Los malparidos pescados no aparecen.

Miguel se despertó, va por su tercer tetrabrik. Se ríe. Creo que se ríe de mi trangresor sombrero de paja estilo Indiana Jones. Le repito que le afloje al escabio, que si no lo hace no va a poder remar a la vuelta y que yo no cazo un remo ni que me esté esperando en la otra orilla el premio Nobel de literatura (que merezco, obviamente). Miguel ahora me dice que hay que “cambiá’ la carnada”, le digo que de acá la voy a cambiar, que si esos pescados de mierda no desean, también, que les encarne con una parrillada completa. Hijos de puta, agrego. “Pa’ pescá’ hay que tené’ paciencia”, dice Miguel un poco socarronamente. Le respondo que no pienso quedarme una semana con la malparida caña en la mano para ver si a algún choto pescado se le ocurre morder el puto anzuelo.

El calor se eleva. Y aparecen los mosquitos. Muchos, miles, millones de mosquitos. Lanzo una puteada histórica a la naturaleza toda. La caña sigue inmutable. Ahora me agarran ganas de vaciar mi transgresora vejiga. Me saco las botas, que ya me estaban destrozando los pies, y me interno entre los árboles. Es como un viaje a lo primigenio, al no caos, a la pax naturae. Me pongo cómodo para la tarea y veo ahí, al lado de mi pie desnudo, una viborita, poco trangresora viborita que revolotea alrededor de mi pierna. Es un poco más grande que las del tarro de nesquik, pero más agradable, más simpática. Es más tirando a las que aparecen cada tanto en Animal Planet. No quiero salpicarla con mi líquido elemental, por eso trato de correrla con mi pie derecho. Pobrecita, me da pena, yo, a sus ojos, debo ser un gigante, al fin y al cabo qué puede ella, una inocente viborita, contra mis noventa y pico kilogramos de humanidad transgresora. De golpe me da un picotazo, pequeño como su modesta boquita, y desaparece entre los yuyos. Pobrecita, mi amiga, creyó que ese besito podría dañar a alguien como yo, un ciclópeo ser humano armado depluma transgresora. Vuelvo, motivado, a la pesca. Algo me molesta en la pierna. Me fijo. En donde fui picado por mi amiga la viborita hay un hematoma pequeño, insignificante. No le otorgo importancia, sigo con la mente fija en mis futuras acuáticas presas. Ahora me duele. Me duele la pierna demasiado. Sigo. Miguel me mira sin decir nada. No creo oportuno decirle de mi encuentro con mi amiga escapada del Animal Planet. Bueno, ya la pierna duele demasiado y el hematoma es del tamaño de una naranja. Comienzo a transpirar más de la cuenta. Ahora la pierna se hincha aceleradamente y parece que en cualquier momento va a explotar. Le digo a Miguel que me examine la pierna que ya he comenzado a no sentir del dolor. A Miguel se le pasa con de un sopapo la borrachera y me pide que le describa la viborita. Lo hago. “Una iarará, una iarará, cómo va a pisá’ una iarará”, grita. Me obliga a subir al bote, le digo que espere, aunque ya la pierna está severamente deformada, le digo que tengo que recuperar mi sombrero, mi trangresor sombrero de paja. Me dice que no hay tiempo, que tenemos que llegar al hospital de Coronda lo antes posible. A buscar el suero que sirve de antídoto. Ya estamos arriba del bote. Miguel Rema furioso, como un presidiario condenado a las galeras. “Porteño pelotudo, pisar una iarará”, va repitiendo monótonamente. Yo no siento más nada, voy perdiendo el conocimiento al son del sol que cae tras el horizonte y de las puteadas de Miguel. Tengo una fiebre galopante. No sé cuánto tiempo pasa. No sé si el tiempo pasa. Sé que ahora esto en una camilla. La pierna está vendada. Miguel ha desaparecido. Se suceden imágenes. Espero volver a la burguesa ciudad portuaria. Hospital. Coronda, Santa Fe, leo o imagino que leo en un cartel tal vez inexistente que está colgado en una pared quizás fantasmal. Y siento asomar la pérdida del conocimiento, nuevamente.

Parroquianos.

Dios, el Diablo y Buda, sentados en una mesa del ya mítico (o místico) boliche del General Perón, charlan sobre cuestiones difíciles de definir. En otra mesa, Marx y Bakunin acaban de acomodar las piezas y se disponen a comenzar una partida de ajedrez. El General Perón, detrás de la barra, evoca nadie sabe bien qué.

Dios: eso es lo que entienden aquellos dos piojosos (hace un gesto hacia la mesa de Marx y Bakunin),  cuándo dije yo que es de cristianos defender los alambrados de los terratenientes y poner el lomo para que los burgueses acaparen todo, a ver, decíme vos…

El Diablo: no, ya sé, ya sé, pero convengamos que Pablito y Pedrito…pero algo de culpa tenés, no digo toda la culpa, pero fuiste vos el que mandaste al flaco: ¿no viste cómo hablaba?, nadie le entendía nada, deberías haber sido más concreto con las órdenes, menos críptico…

Marx (a Bakunin, pero en voz alta, como para que se escuche): ¡los desacuerdos teóricos, estimando Miguel, a la larga terminan siendo desacuerdos en la práctica!

Buda (a Dios): e’ varece gue ese balo fue pa’ tu gallinero…

El Diablo (encocorado, a Buda): gordo, masticá y después hablá, ya es demasiado escuchar las pavadas que decís para que encima haya que descifrarlas.

Buda (al Diablo): ¡pelobubo!, ve duve que facer un dratamiento de conducto y do siento da boca: bije que el dardudo anda busdando camorra.

Dios: dejálo, dejálo, no quiero lola, acordate cómo nos fue la última vez. Uh, me parece que está por entrar el “retrato de la abuela”, lo siento como si lo hubiese parido.

Buda: ¿dien?

Dios: Jesús, quién va a hacer.

El Diablo: ¿por qué retrato de la abuela?

Dios: hace dos mil años en la cómoda, qué querés, si ve una pala y sale corriendo.

Buda: edá buedo, edá buedo, ed chizte, digo.

(Hace su ingreso al boliche Jesús y saluda a todos los parroquianos con un leve movimiento de cabeza. Abajo del brazo lleva un misterioso libro. Se sienta en una mesa libre, cercana a la de Marx y Bakunin)

Jesús (hacia la barra): ¡General!…si las espigas fueran cadencia de algo imposible y los campos se retorcieran hacia al cenit como ángeles en ayuno…

El Diablo (a Dios): ¿no ves, no ves lo que te decía recién?: hay que ser más claro, viejo.

Dios: pero el General lo entiende, no sé cómo, pero lo entiende. Mirá (señala al General, que ha puesto manos a la obra y está preparando un familiar de crudo y queso, con manteca).

El General: (se dirige, sándwich en mano, hacia la mesa de Jesús, y, sin emitir sílaba alguna, lo deposita ante las narices del mártir).

Jesús: muchas gracias, General, anotáselo a mi viejo que ando seco.

El Diablo (sarcástico, a Dios): mirá como dejó las parábolas de lado rápido, che.

Dios (grita a Jesús): ¡che, pibe! ¡hasta cuándo te voy a bancar el berretín!

Jesús (sereno,  a Dios): si las flores fueran camisas y no flores, si las camisas fueran barriletes y los barriletes…

Buda: ve vierda vice edte fraco, eda brogado, sí, brogado, bucho viedjas docas.

Vayamos por un rato al atrapante match de ajedrez que a punto está de comenzar en la otra mesa.

Marx: bueno, Miguel, dale, arrancá.

Bakunin: ahí va (inicia la partida con un movimiento extrañísimo)

Marx (frunce el seño como entreviendo una posible y astuta estrategia del anarquista y mueve a su vez una de sus piezas)

Bakunin: (menea levemente la cabeza y mueve otra pieza)

Marx (sorprendido ante la inusual táctica de Bakunin, mueve)

Bakunin (con los ojos inyectados en sangre de bronca, mueve su tercera pieza)

Marx (con una sonrisa asomada en los labios): jaque mate.

Bakunin (resignado): y bueno, tenía que pasar…

Marx: ¿qué hiciste, Miguel? Sos un desastre.

Bakunin: es que no puede soportar que me coman los peones, son cuestiones ideológicas, viste; prefiero mandar al muere al rey y listo.

Marx: no seas payaso, es un juego nomás…

Bakunin: sí, ya sé, pero no puedo, che, no puedo, vos porque sos autoritario, vos, si tenés que mandar a los laburantes a congelarse a una fortaleza finlandesa para que masacren a otros laburantes lo hacés; yo no podría.

Marx: otra vez con Krostdadt no, ya lo hablamos. Para vos es fácil, no te olvidés que ustedes no tomaron el poder ni siquiera en una sociedad de fomento.

Bakunin: pará, pará, no te retobés…cómo vamos a tomar el poder, si, precisamente, la cuestión no pasa por tomar el poder…

Marx: bueno, dejálo ahí…

Bakunin: ahora me hiciste enojar, esperá que le pido al General al ajedrez proletario: ¡General!, ¿no me presta el ajedrez proletario?

Marx: ¿qué? ¿qué estás diciendo? ¿qué ajedrez proletario?

Bakunin (se levanta, va hacia la barra y trae de vuelta una caja): ahora te quiero ver…

Marx: ¿qué es esto?

Bakunin: ¿no ves?, un ajedrez que inventé el otro día (saca las piezas del novedoso ajedrez de la caja): hay ocho reyes que van en el lugar tradicional de los peones, dos burgueses que hacen las veces de torres, dos agentes de la policía zarista (la ocrana) que son como las torres del ajedrez tradicional, y todos se sacrifican para cuidar a un peón y su compañera (y camarada) que ocupan el lugar del rey y la reina respectivamente.

Marx: sos un dogmático, ya estoy acostumbrado al otro, che, me cambiás todo el paisaje.

Bakunin: o jugamos a éste o no juego más…

Marx: bueno, está bien, como quieras, pero antes tomemos algo…

Jesús (interrumpe la lectura de su libro, acuciado por las dudas. A marx): carlos, estoy con el tomo uno del El Capital  y la verdad que se me complica todo esto del valor de uso, del valor de cambio y de la plusvalía…¿no me lo explica un poco?

Buda (que escuchó lo dicho por Jesús, a Dios): ¡jha!, de te vodvió cobudista ed pibe

Marx (a Jesús): qué te voy a explicar, con vos está todo torcido, flaco…mirá que a mí no me importaba que la gente abriera corderos al medio o se arrodillase a hablar para sí misma, pero la pifiaste con  eso de a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César: ¿al César, qué, Miguel?

Bakunin (rojo de ira): ¡leña!, ¡leña! ¡y más leña!

Jesús: dale, Carlos, mirá que por ahí me gusta y armamos algo…

Marx: sos flojo de entendederas…el capitalismo es una gran fábrica de mercancías, cada mercancía, desde el punto de vista de que satisface una necesidad humana, posee un valor de uso, el trabajo cualitativo, es decir el que realiza el carpintero, el herrero, crea valores de us….

Jesús (moviendo la cabeza): pará, pará, pará…y la plusvalía qué pito toca…

Bakunin (comienza a llevarse la mano hacia sus partes pudendas, pero es frenado por Marx a tiempo, justo antes de que Miguel ejecute el chiste de mal gusto)

Marx: las plusvalía es otra cosa, pongamos que el obrero trabaja ocho horas, bien, en las cuatro primeras crea el valor necesario como para subsistir, luego, todo el valor que crea por sobre esas cuatro horas, no le pertenece, se lo queda el capitalista, se lo roba el capitalista…

Jesús: mmm, interesante…

Bakunin: interesantísimo, ¿sabés quién fue el que tradujo antes que nadie ese libro que estás leyendo del alemán al ruso?, papá: ¿y sabés cómo me pagó acá, el amigo?…me obligó a tirar al diablo la primera internacional…

El Diablo: ¡ojo lo que decís, orate!, que yo no tengo nada que ver…

Bakunin: es una expresión, una metáfora: ¿sos muy literal o muy pelotudo vos?

El Diablo: preguntale a tu comunizada hermana, huevón…

(De la nada, pero de la nada, nada, no de la nada que es algo y nada, ingresa al boliche Alá. Lleva una pulcrísima toga blanca y, en una mano, trae un mazo de naipes)

Alá (sentándose la mesa de Dios, Buda y el Diablo): vamos a hacer un truco.

El Diablo: saludá, che…

Buda: edo, che, sadudá

Alá: ¿y a éste qué le pasa?

Dios: se hizo un tratamiento de conducto y le encajaron una damajuana de anestesia,

Alá: ustedes saben que a mí hace poco me pasó lo mismo…bueno, pero puede jugar…

Buda: sí, sí…se de comblica la seña ded los siedes bero va cobo viña…

El Diablo: tirá los reyes, a ver cómo jugamos, talibán…

Alá: (comienza a dar vueltas las cartas a los fines de armar las parejas; a la cuarta vuelta las mismas están formadas: Dios y el Diablo vs. Alá y Buda)

El Diablo: uh, qué macana, ustedes dos no pueden jugar juntos, son temperamentos muy opuestos…

Buda: dí, claro, di voz y éste son badman y dobin, berejil…

Alá: doy yo, va. (reparte las cartas)

Dios (es mano): voy…

El diablo: no, no, pará, che…bueno, vení…

Dios: (juega un cuatro de copas)

Alá: ¿ya arrancó ciego, don Buda?

El diablo: no, no, esperá Bin Laden que se nirvaneo, por eso tiene los ojitos como pichuco Troilo (le pega a Buda un sopapo en la nuca)

Buda (sale del trance nirvánico): voy…

Alá: venga, paisano…

El Diablo: ¿qué dice? ¿es Alá o Juan Moreyra?, juego todo barba (pone un seis de oro)

Dios: ¡los puntos, tenés que preguntar los puntos, animal!

El Diablo: barba, me estás descubriendo el juego…

Alá: si me sirven ferroquina, con gusto se la convido, la religión me  impide beberla, mas se la doy con este envido…

El Diablo: ay, ay, ay, ay….su ferroquina menefriega, pues mi garguero mucho ha bebido, mas si insiste se la acepto, pero si usted acepta esta falta envido…

Buda (parsimonioso): quiero o acepto…

Alá: canten…

Dios: 23

Alá: 24

El Diablo: 6

Buda: 27

Dios: la puta que te parió, cómo vas a echar la falta con 6

El Diablo: qué querés barba, si desde que tengo memoria que ligo tres seis (hecha el seis de copa, el de bastos y el de oro a la mesa…). Al truco no puedo jugar….

Alá: menos mal que ganamos y no tuve que recurrir a ésto…(se levanta la toga y deja a la vista un voluminoso cinturón de cartuchos de dinamita). ¿Hacemos la revancha?

Dios: este…no, no…tengo que poner el zócalo en el baño….

El Diablo: te acompaño, barba, y te cebo unos mates…

Buda: do dambién ve voy, dengo que regar das petuñas….

Alá: cobardes.

Jesús: ¡la reproducción simple del capital y la reputísima madre que lo parió…

Marx: miguel, ahora que los conozco, no sé cómo mierda nos dejamos ganar por estos tipos…

Bakunin: jaque mate…

De Cumpleaños.

Cumple años Buda. Dios, el Diablo, Alá, Jesús, Carlos Marx, Miguel Bakunin y el cumpleañero festejan el evento en el boliche del General Perón, que, como de costumbre, se halla tras la barra, hundido en sus crípticas meditaciones nacionales y populares. Todos los presentes, excepto Marx y Bakunin, llevan coloridos bonetes que dan un tono festivo a la jornada; también hay racimos de globos, colgando en las paredes, que adornan el modesto y peronista establecimiento. Sobre un tablón que tiembla apoyado sobre dos pocos confiables caballetes, abundan diversos copetines: chizitos, palitos, maníes, gaseosas varias. No faltan el fernet y la cerveza; es más: abundan.

El Diablo (irónico, a Bakunin): che, incestuoso, a ver si me pasás los palitos…

Bakunin (con desdén, al Diablo): sí, ahí voy, si yo nací para servirte, cornudo…

El Diablo (a Bakunin): mirá, ácrata de cotillón, no te encajo un bife porque no quiero empañar el cumpleaños de un amigo, pero ya vas a ver…

Dios (a Bakunin): che, podrías ser un poco más respetuoso, además: ¿por qué vos y éste (señala a Marx) no llevan el correspondiente bonete?

Bakunin (a Marx): Carlos, explicále vos, que sos más ducho para la teoría, yo soy más visceral.

Marx (alzando su dedo índice): señores, mi camarada Miguel y quien les habla estamos muy agradecidos por la invitación con la cual el señor Buda nos ha honrado, y por eso estamos acá, desde luego; pero, dicho lo anterior, también debemos afirmar que, desde un punto de vista estrictamente teorético, cualquier tipo de festejo de un aniversario de cualquier nacimiento es un ritual burgués al cual mi amigo y yo, insisto, desde una óptica puramente teórica, no podemos adherir. En relación al hecho de que mi amigo y yo no luzcamos bonetes en nuestras generosas testas, sólo remarcaré la tristeza que a ambos nos invade cuando observamos que personas adultas, que además se jactan de poseer atributos divinos, no tienen el  menor sentido del ridículo e incurren en conductas acordes menos a dioses que a sujetos presos de una pelotudez sin el mínimo resplandor de lucidez estética.

Buda: (alza los ojos intentando mirar su propio bonete en el cual conviven el  amarillo, el rojo y el azul): che, a vi ve gustan, esdán buenoz.

Alá (al Diablo): ¿y ahora, qué le pasa?, ¿sigue anestesiado?

El Diablo (a Alá): no, ahora habla así porque está masticando un conteiner de chizitos, esperá que trague y vas a ver que es un flor de orador, o cómo te crees que convenció a tanta gente, ¿haciendo milagros?

Bakunin (codea a Marx): che, Carlos, mirá la mesa, no hay vino, hay fernet, bebida burguesa; cerveza, líquido burgués por antonomasia, y no hay ni una botella de vino, qué te parece, cómo caracterizas esta omisión, para mí que hay gato encerrado o una franca hostilidad hacia nosotros, hacia vos y hacia mí.

Marx (solicita silencio con un gesto): señores, acá mi camarada, amigo y hermano de barricada Miguel (mira de reojo a Bakunin, que le devuelve una mirada de reproche) me advierte de una omisión en la cual incurrieron los organizadores de este jocoso evento, omisión de carácter netamente burgués que demuestra, una vez más, que es el ser social el que determina la conciencia, y no ésta a aquél; y que la superestructura jurídico-político-ideológica se conmueve según los sismos que acaecen en la infraestructura económica, conformada a su vez por las fuerzas productivas y la relaciones de producción por ellas engendradas y…(el discurso se ve interrumpido por un abucheo generalizado)…

El Diablo (destacando su voz de entre el abucheo): al grano, Carlitos, al grano, que no estás en la Sorbona.

Marx: (irritado): que no hay vino, eso pasa.

EL Diablo (a Marx): pero si yo le pregunté a Miguel qué tomaban ustedes y me dijo que todo le daba lo mismo, que un anarquista, a la hora de empinar el codo, no se andaba con sutilezas pequeño burguesas o algo así, dijo…

Marx (mira interrogante a Bakunin): no, Carlos, yo no dije eso, me está difamando, lo único que falta es que le creas a un tipo como él (señala al Diablo), con el prontuario que tiene y desconfíes de mi palabra.

El Diablo (a Bakunin): sodomita de play station, justo vos hablando de prontuarios, vos, que estás más sucio que una papa, o querés que te recuerde lo que hiciste aquella vez en…

Bakunin (a los gritos): niego, niego, niego…

Dios (a los cuatro vientos): señores, señores, que haya paz, lo del vino es fácilmente solucionable, sobre todo si pensamos que se encuentra entra nosotros el mismísimo mago de Caná, aquel que transmutó el agua en vino, justo cuando los asistentes al casorio, dejando a un lado los intentos de persuasión civilizados, enfilaban para el lado de la violencia…

(Jesús se encuentra alejado de la mesa, está dominando con los pies un globo anaranjado y va relatando la jugada imaginaria: “¡arranca el genio del fútbol mundial!…¡genio, genio, genio!…¡ta,ta,ta,ta!”, va gritando)

El Diablo (a Jesús): che, barrilete cósmico, a ver si te hacés unos pases de magia y aportás un poco de vino…vení

Jesús (se acerca a la mesa): ufa, che, siempre lo mismo, les digo que yo no hice eso, que eso es un invento de los malparidos após…

El Diablo (interrumpe a Jesús, al General): ¡General!, ¿no tiene unas jarras que me preste?

El General Perón: ¡me llevo conmigo la más maravillosa música, que es para mí la palabra del pueblo argentino!

El Diablo: (va hacia la barra, la traspasa, saca tres jarras de plástico de abajo del mostrador, las llena de agua, vuelve y las deposita sobre la mesa): dale, che, flaco, mandáte el milagrote…

Jesús (mira a Dios, desesperado): este…a ver…(cierra los ojos y junta las manos) ¡ya está!

El Diablo: por fin, a ver (prueba el contenido de las jarras), che, flaco, esto es puro H2O, qué estás haciendo…

Jesús: (desahuciado): les dije, no sirvo para nada; esperen que pruebo de nuevo (cierra los ojos, se concentra, una gota de transpiración le cae de la sien derecha, tiembla, abre los ojos)

El Diablo (cata el líquido de las jarras): bueno…pibe, pero vos son una nulidad absoluta…

Jesús (rompe en llanto): qué quieren que haga, no me sale, desalmados, no me sale…

Dios (al Diablo): mirá lo que hacés, me lo hacés llorar al pibe, que él no tiene la culpa (va hacia Jesús y lo abraza. A Jesús): a ver, dale, como te enseñé, vamos los dos juntos (ambos cierran los ojos, dos segundos pasan, los abren)…

El Diablo (prueba de una jarra): ahora sí, y es bueno, che…tomá Miguel (lo ofrece a Bakunin)

Bakunin: ahora no quiero, ahora tomo cerveza…me empaqué…

Marx: ¡bien Miguel!

(Aprovechando una distracción general, el Diablo echa fernet al vaso de coca cola de Alá)

Alá: (bebe del vaso, cata lo ingerido, frunce el seño, entorna los ojos): ¡hijos de un harén de prostitutas!, ¡quién me echó fernet en el vaso!…

(Silencio aboluto)

Alá (furioso): ¿ah, si?, bueno, háganse los opas, pero yo también quiero hacer un aporte a esta maravillosa fiesta y contribuir con los fuegos artificiales (se levanta la toga y deja a la vista el usual cinturón de dinamita). A Bakunin: Miguel, ¿tenés fuego?

Bakunin: quién te crees que soy, ¿el pato Fontanet?

El Diablo (a Bakunin): che, bajá un cambio, te fuiste al carajo; con eso no se jode…

Bakunin: ¿yo? ¿y vos?

El Diablo: pero lo mío es distinto, es mi laburo.

Alá (que, no se sabe cómo, ya tiene una caja de fósforos “Tres patitos” en la mano y se dispone a sacar uno a los fines de encender la mecha de su cinturón): lo repito por última vez, quién echó fernet en mi vaso, todos sabemos que nosotros, como dioses que somos, debemos predicar con el ejemplo y yo no puedo andar bebiendo alcohol

(Se alzan ruegos desde todos los sectores solicitando a Alá que deponga su actitud pirotécnica)

Buda (a todos): por favor, es mi cumpleaños, al final esto es un quilombo, digan quién fue…

El Diablo (a Alá): está bien, Alí Babá, fui yo, pero entendéme, che, yo también tengo que predicar con el ejemplo, tengo una familia que mantener…

Alá (comprensivo, al Diablo): pero esto es una chiquilinada, si seguís así vas a terminar cerrando el infierno y poniendo un pelotero…

El Diablo: y, qué querés, hago lo que puedo…cambiando de tema (a todos), che, no saben qué hizo el general con los huesos que sobraron del asado de anoche…para el Cancerbero, vieron…

Bakunin: también vos, con la malaria que hay, te das el lujo de tener un perro con no sé cuántas cabezas, debe morfar como un ejército…

El Diablo: es de buen comer, pero es guardián…

Marx: y para qué carajo querés tener un perro guardián que te cuide las puertas del infierno si ahí no quiere entrar nadie…

El Diablo: no es para que no entren, es para que no salgan…

Marx: ¿hay mucha deserción?

El Diablo: y, sí, el aparato propagandístico de aquél (señala a Dios) es inmenso, primero lloran un poco, después, cuando se acostumbran al clima, empiezan a romper las pelotas…que en el cielo esto no pasa, que Dios tiene aire acondicionado, que la comida es una porquería, que por dos o tres macanas en vida no te pueden mandar a la parrilla para toda la eternidad, que Zaffaroni dice que la pena debe guardar cierta proporcionalidad con el delito cometido, que el pecado no existe, que lo que es malo desde un punto de vista es bueno desde otro, en fin, me la paso reprimiendo motines; y lo más cómico es que, cuando alguno se me escurre y va al cielo, vuelve apenas nota que, para los tipos como él, el cielo es una porquería…

Bakunin (al Diablo): sabés lo que pienso, propósito de todo esto, que deberían sacar una nueva ley de radiodifusión que controle los medios de propagación de ideas, eso pienso; en esta estoy con vos, guampudo; aquél (señala a Dios), al final, es un alcahuete de los monopolios…

(La fiesta sigue su rumbo sumida en una extraña tranquilidad. Todos, menos Alá, por cuestiones propias del credo, y Jesús, por motivos indiscernibles, empinan el codo de manera brutal. En cierto momento se comienza a escuchar música árabe, melodía al ritmo de la cual hacen su entrada al boliche seis despampanantes odaliscas que menean sus pelvis de manera tan frenética como sensual)

Dios (con voz estropajosa que demuestra cierta alta graduación etílica en su divina sangre): ¡llegaron las chicas!

Alá (furioso): che, se fueron al carajo, dijeron que era una agasajo inocente: ¿quién llamó a estas yeguas del demonio?

Buda (con cachetes colorados, el bonete torcido e imitando la voz de Alá en tono burlón): para mí que fue Miguel.

Bakunin (que, si bien no probó el vino, demostró una devoción rayana al fanatismo por la cerveza): no, che, yo no fui; debe haber sido el Satanás

El Diablo (seseando): no, no, no…

(De golpe las recién venidas comienzan a cantar a coro: “acá están, éstas son las muchachas de Perón”, entonces todos sin excepción dirigen la vista al General que, esbozando una sonrisa cómplice como la luz de un lupanar, alza sus brazos y dice: “compañeros”)

El Diablo (con una odalisca tomándolo por la cintura desde atrás, con clara intención de comenzar un trencito): ¡vamos, muchachos, que se acaba el mundo! ¡Divertíos!

Marx (que ya tomó a la odalisca por las caderas y bambolea su cintura, acercándola y alejándola de la joven al ritmo de la música): ¡esa!, ¡así!

Bakunin (se arrima a Marx y lo apoya desde atrás): ¡colectivización!

Marx (a Bakunin): pará, Miguel, no te hagás el otario que ahí atrás no juega la planificación socialista….

(La fiesta es descollante: en un momento se entona la marcha peronista, luego, en honor al agasajado, se canta el feliz cumpleaños en diez idiomas distintos, después hay un concurso de payada entre Buda y el Diablo que, según el jurado, Dios y Alá, terminó en un justo empate; se sigue bebiendo; Marx, abjurando expresamente de su concepción del mundo, le jura amor eterno a una de las chicas del General y le promete que, por ella, es capaz hasta de encarar un  torno o una soldadora, Bakunin hace otro tanto con Jesús, a quien, visto desde atrás, confunde con una odalisca, a lo que el Diablo, jocoso, acota “Miguel, vos no perdonás a nadie”, alguien, quizás Buda, llora por un amor perdido no se sabe bien dónde, otro, tal vez Alá lo consuela y le dice que el amor es así o que el único amor imposible es el amor eterno…hasta que el sol encuentra a todos desperdigados por los rincones del boliche: Marx duerme sobre una mesa y lleva un velo que le cubre la mitad del rostro, Bakunin está tirado en el piso, detrás de la barra, Buda está suspendido en el aire cabeza abajo en una especie de Nirvana etílico, Dios se halla en estado de inconsciencia sobre el tablón con la túnica invadida de manchas de origen inhallable, Alá ya se ha ido, pero nadie lo vio partir, el Diablo, durmiendo sentado en una silla de madera, ronca atronadoramente y el General…no se sabe, aunque se sospecha que se haya retirado a sus aposentos a dormir, obviamente solo, siempre fiel a sus dos amores: el pueblo argentino y la compañera Evita)

Jesús (ya levantado de hace rato, puesto que no ha bebido, mira a su alrededor el paisaje): cómo hago para resucitar a todos estos soberanos hijos de puta; lo de Lázaro es un poroto al lado de esto…

Bakunin (abre los ojos lagañosos, mira alrededor, parece no comprender nada): la carne es débil (cierra los ojos y continúa durmiendo).

La espera.

Como siempre desde la vuelta Carolina y vos van a aceptar la invitación. Tal vez ella ponga esa cara de “te parece” y te dirá suplicando con  los ojos y la arruga de la frente mejor nos quedamos y…, como si un reflejo subterráneo la agazapara a la hora de tomar cualquier decisión, como si ese interrogar cauteloso la resguardara de las eventualidades no deseadas que toda elección carga consigo. Porque aquella vez, la del baile, su primer reacción también fue un intento de evasión, más recién nacida, claro, pero, como hoy, terminó cediendo porque vos, como yo, no sé si por la dulzura de los signos de pregunta de su boca o por algo que ignoro y que te es exclusivo, la arrastrarás entre risas a la cama,  la besarás hasta que a los dos les falte al aire y la convencerás porque yo soy un amigo, pero no pensarás lo de los veinte años porque el tiempo te hará olvidar el tiempo.

Sonreirás viendo a Carolina frente al espejo intentando darse un peinado que el lacio de su pelo no entiende y, cuando suspire por eso que todavía no es pero será que  asoma debajo de los ojos, algo leve, como veinte años, te rozará de otra manera. Pero seguirás admirando a la figura presa en el espejo hasta que la mujer de espaldas note  que, desde allá adentro, un tipo que fuma despreocupado se ríe de su lacia desgracia y gire y te diga ofuscada de qué te reís estúpido y te pedirá que  apagues el cigarrillo y, luego de girar nuevamente, te volverá a llamar estúpido aunque esta vez, lo confirmarás por la sonrisa de la del espejo, con otro tono de voz. Y te vas a levantar a buscar el cenicero que afortunadamente quedó sobre la cómoda y aprovecharás  para besarle el cuello de nuevo hasta que llegue el acuerdo inevitable y volverán a la cama a pesar del se nos hace tarde; y entre risas, siempre entre risas, rodarán abrazados por esa suavidad íntima y será como un juego, una travesura porque somos amigos y entre amigos son los códigos los que mandan.

Es imposible que vos no lo hayas pensado. Te habrás dicho que la juventud excusa algunas cosas, que la acumulación de porvenir iba a terminar jugando a tu favor, que, en fin, yo era tu mejor amigo pero qué significaba eso si era nuestro primer verano, pegajoso y lleno de colonia barata, sin espera de colegio secundario y habíamos elegido carreras diferentes, porque era todo un tema que justo a mí me enloqueciera la química hasta el punto de querer estudiar meticulosamente las más inextricables sustancias, y la ausencia se levantaría  como una pared entre nosotros, además  ¿no nos gustaba acaso alardear, citando alguna sentencia extraída al azar de algún azaroso libro que no alcanzábamos a comprender, que “un amor verdadero está más allá del bien y del mal?. Un amor verdadero, te habrás dicho mil veces mientras un murmullo incómodo y sin forma se abría paso entre lo profundo de esos silencios de dos que se ponen de acuerdo en fingir un olvido, o tal vez no, porque cuando uno es joven todo es un arrimarse a la vida y uno se apresura en poner el sello de definitivo a aquello que todavía rebosa de posibilidades. Pero éramos tres en este baile.

Me imagino tu  alegría al encontrarme otra vez hace un año, aunque en el fondo sabías que, un porteño de ley como yo, iba a terminar volviendo y silbaste bajito el tango “Volver”, patéticamente. Pero la tranquilidad debe haberte llegado cuando te hablé de Gisela, de los gratos, veloces años compartidos, como un sueño te dije y asentiste no sin evitar hacer un chiste sobre el matrimonio bastante estúpido. Te dije que sabía lo que en verdad presentía y te saqué del apuro justo cuando te ahogabas en un mar de palabras que se arremolinaban y se te caía la voz después del Carolina y yo también nos casamos. Pedí otro café y te dije veinte años viejo, cuánto tiempo, como si nada, como una broma ágil del destino.

Ella dirá que tiene frío y que mejor sería subir a buscar  un abrigo y vos la convencerás de que en verdad la noche está agradable, porque es la misma, la que no conoce años, la que no transcurre, mientras arriba, siempre joven, siempre atenta, como el  ojo claro y único del cíclope celeste (¿te acordarás, Carolina, de esta sentencia hija de un caminar despacio y ebrio de la misma otra noche?. A esa edad es tan fácil ser mal poeta), la luna también viajará y te sentirás, se sentirán tan seguros a la sombra del olvido.

Después de la primera invitación, que bastante te debe haber costado aceptar, todo fue viento en popa para los tres. La evocación mutilada del pasado, lo bien que se llevaban Carolina y Gisela, tanto o mejor que nosotros que nos seguíamos reprochando mutuamente las carreras elegidas, comparando más sonoramente, a medida que el vino empezaba a afectarnos, las bondades de la arquitectura y la química mientras ellas dos se reían y decían que éramos como chicos, Gisela para hacer gracia, pero Carolina como queriendo justificarte o justificarse ¿pero de qué?. Veinte años de fluir, de dicha construida, dos décadas de la edad en que uno es tan inexperto que no alcanza a descifrar cierto brillo en los ojos (pardos como la tarde cuando cae sobre el río ¿te acordarás?), no puede alcanzar lo que se aparece adelante porque es la ingenuidad lo que mide a las personas y no alguna intuición novelesca sobre la esencia del hombre. Por eso en el baile y después tres, siempre, caminando juntos, provisoriamente tan cerca pero el juego ya despuntando en los ojos que luego fueron frases sueltas, lanzadas al azar con algo de hostilidad como intentando traslucir un odio retroactivo.

Al bajar ella te pedirá las llaves del auto porque vos seguro vas tomar de más (vino tinto, los dos) y a la vuelta manejará ella, pero vos negarás que después no puedas manejar, pero tu posición cederá poco a poco, hasta que el último argumento se destroce contra la caricia que se te mete en el pelo y una voz que, graciosa, hace alusión a las canas que, como hermanas de los veinte años, ya se te dejan ver tonto, de cerca nada más.

Entonces los cuatro disfrutaremos de la cena y la noche será un múltiple vagabundear de anécdotas (Gisela no preguntará nada, tan del interior ella). Comentaremos, con inconscientes coincidencias, nuestras juventudes ya sólidas en el pasado y Gisela  se alegrará de que vos y  Carolina no tengan ese fanatismo demencial por el tango que me atribuye y vos dirás que, a pesar de todo y con toda su tristeza, preferís el tango a la química y yo, apenas riendo, apoyaré mis ojos algo cansados en los de Carolina tan repletos de confianza, tan  tranquilos, como queriendo ir más allá de esa enigmática opacidad.

Ya entrada la noche, y saciados del postre de Gisela que nadie se cansará de elogiar, mientras divagás sobre tus frecuentes viajes y las costumbres de las antiguas culturas hispanoamericanas que se reflejan en su original arquitectura que no conoció el estilo románico ni el gótico porque pasó de un barroco a otro y qué sé yo  y Carolina te pida por favor que no seas tan pesado con todo eso que no ves que Gisela se aburre, me levantaré a buscar la botella que me  preguntaste, entre Aztecas y Chibchas, si tenía y escucharás a Carolina decir que basta de vino pero un vaso más tonta, dale, si las llaves las tenés vos y el sonar de tu boca en su mejilla con algo de triunfo como de no es de tu propiedad y si ella eligió viejo qué se le va a hacer porque al baile me dijiste vos que vayamos los tres o te olvidás poetita (poetita, palabra desafortunada) y luego la ausencia obligada, la arquitectura y la química trajeando las existencias paralelas. Luego las ansias casi enfermizas de ser reivindicado, porque cada evocación derrumbaba algo en la cabeza; hasta hoy, hasta ahora que te lleno la copa con un vino tan pero tan añejado que no tardarás en degustar como si fueras un experto en la materia hasta que tu certero paladar hará que invites a Carolina, un poquito nada más, dale, y vos mismo le pondrás en la copa para que ella, que conoce poco pero conoce, dé su punto de vista que no daremos Gisela, por estar en la cocina encargándose del café, y yo porque, ustedes dos saben (lo saben), siempre tomé blanco y es inútil que opine, pero  no creo que tenga un gusto raro, aunque quién sabe porque hoy en día se le ponen porquerías a todo, por ahí sea eso, o tal vez los años de añejamiento son falsos, pero igual no debería ser para tanto, no debería ser para que vos y Carolina dentro de treinta segundos se derrumben al piso doblados de dolor y sientan que un fuego diabólico, inexplicable les muerde la boca del estómago y después la parálisis y el vómito salvador que ya no vendrá y los párpados ardientes  y van a seguir sin entender, sin siquiera sospechar, porque la química y la arquitectura son tan diferentes y porque para ustedes veinte años son una montaña de tiempo aunque las noches sean idénticas, sea la misma, la misma luna como el ojo claro y único del cíclope celeste que no recordarás Carolina porque estarán, él y vos, demasiados ocupados en gritar desesperadamente presas de una tortura invisible hasta que Gisela vuelva de la cocina y deje caer la bandeja del café paralizada por el terror que en pocos segundos cesará de retorcerse ahí, en el piso.

No, Guido.

No, Guido, no. Si te lo estoy contando a vos es porque sos mi amigo. No, qué mente, hermano. Sí, cuando pasó lo de Leticia me costó mucho, olvidar lo que se dice olvidar es imposible, hay el inevitable amoldamiento, vos lo sabés mejor que nadie; pero creo que no me resultó  más duro que a cualquiera que hubiese tenido que pasar por una situación así. La mente no toca, no me vengás con filosofía berkeleyana; por lo menos tomemos las cosas como son, aceptemos que aún sin mente hay mundo o qué sé yo, que la mente es mundo, pero mirá las cosas que me hacés decir. Loco no estoy; cuando el análisis es un poco más minucioso llego a tus mismas conclusiones, pero las premisas no son ni  más ni menos reales, pongamos, que el cepillo de dientes celeste. Yo quisiera que vos lo veas, no, mejor que lo toques con tus manos (ver sería como que lo toque la mente, y ya que tanto te gusta denigrarla…), que   sientas ese arrebato de pavor, como dándote la impresión de que el universo de golpe enloquece y se invierte y parece que el cepillo te toca a vos, que te besa la mano sin vida, inerte, como si fuera un hueso. Vos estás ahí jugando al analista, armando y desarmando silogismos y hasta veo que te da alegría, lo disimulás, pero secretamente es como si te divirtieras jugando con las cosas que te digo: un cepillo de dientes espectral que se aparece, pensás, y me  ves como un alienado, pero te repito que yo entiendo perfectamente tus verdades, pero no son más firmes que las mías. Tenés de tu lado lo obvio, lo sé, pero acá eso, creéme, no  juega. Yo en cierto sentido te entiendo; el mundo es reductible a un puñado de máximas lógicas y ya está, yo pensaba igual,  vos, yo, todos nos resistimos a que exista otra lógica, porque lo que yo te cuento no es ilógico (al principio un refutable cepillo de dientes), no, es una lógica distinta, otra forma de tiempo, no sé, pedí otra cerveza, dejáme respirar un poco.

Al principio un mísero cepillo de dientes y el pavor, dos estados que son casi imposible de unir, el miedo enigmático y un cepillo de dientes. Si hubiese sido el único indicio no  habría problemas, seguro lo tomaríamos, Guido, sí, vos y yo, como un olvido, largo, quizá inconsciente, como si el peso leve de ese objeto (un cepillo de dientes, al principio) fuese un ancla tirado en el  tiempo, o una forma obsesiva de no resignación a la ausencia, sería, no lo niego, difícil, pero al menos disminuiría el porcentaje de imposible, la sinrazón perdería una poco de terreno. En fin, vos sabés cómo la quise a Leticia, qué te voy explicar que no hayas podido deducir sin esfuerzo de las fatigadas sobremesas compartidas, de los cafés interminables, de las discusiones políticas casi como un hobby para que todo no sea tan perfecto como era, como si nos diese un poco de miedo tanto querer vivir por y para el otro. También podríamos deducir que la del olvido fuese de Alejandra y una vez confirmado el descuido nos desharíamos en risas y brindis. Pero Alejandra jamás llevó su cepillo a mi casa, entre abrazo y estupideces de solteras viejas para ser solteras y viudos jóvenes para ser viudos le arranqué la confesión, ahora me da vergüenza el sigilo, para qué si ella no estuvo en el juego, la aparté rápido con no sabés lo que es la bolsa en estos días y alusiones indescifrables a bonos del Estado y quiebras ficticias de empresas de renombre; qué querés Guido, sos el primero y el único, imagináte mi situación.

Además todo empezó (fijáte que en la conjetura no va ni la casualidad ni la fatalidad) justo cuando el tiempo empezaba a vestirse de Alejandra, como si la curva (¿curva?, bueno entendé que cualquier término da igual, todo es metafórico en el más estricto de los sentidos) hubiese estado preparada de antemano; Alejandra devolviéndome un poco de presente, del sentido del instante y “ya es hora, tres años es demasiado y la vida tarde o temprano se impone” y cosas así como queriendo dar facultades terapéuticas a las palabras; Alejandra y su forma siempre optimista de ser y sentir, con ese olor callado a shampoo de almendras en el pelo caprichoso, tan distante de lo que realmente se debatía, tan más allá de la curva progresiva de las cosas.

Sí, Guido, era inevitable; el cepillo no, no me animé, pero imaginate, para mí Mahler, Brahms y Mendelsshon suena a delantera de Argentinos Juniors, además  saber con certeza que yo mismo había realizado el borrón del pasado y ver esos discos otra vez arriba de la chimenea, de nuevo apilados obedeciendo a una de esas pequeñas manías inexplicables en las cuales se destacaba Leticia y  cuya tolerancia de mi parte fortalecía el cariño prodigado, era una sensación de que el tiempo jugaba conmigo, de que ya era momento de actuar con Alejandra. Y siempre en mis cabales, sorprendido, pero como si poco a poco fuera adaptándome. No sigás con la mente ni recurras al whisky, sí, he perdido verdaderas batallas con el “amarillo”, pero vos sabés que fueron los primeros meses, quizá el primer año; es entendible, me extraña que no comprendas, el mundo Guido, no ese anfiteatro ubicuo que se alza geométricamente y que nos acosa en todos lados, el de las plazas, fuentes, pájaros y vendedores de seguros, no, el nuestro, el de Leticia y el mío, el construido casi en forma imperceptible a base de pequeños acuerdos (vos Malher, Brahms y Meldelssohn, yo Di Sarli) y silencios cómplices de dicha compartida y que concebíamos como eterna, y un día como cualquier otro, un día en que el sol sale y cumple su parte, la gente interpreta la obra impersonal del transcurrir mejor que nunca; un día, en definitiva, idéntico a lo que uno acepta como condición mínima para disparar la flecha al futuro, todo se reconcentra y explota sin darnos siquiera un solo argumento que no peque de abstracción, Dios, Destino y qué se le va a hacer y todas esa fórmulas que suenan estúpidas hasta para el que las transmite.

Como si el tiempo jugara,  Guido. Uno se cree tan a salvo de todo, tan seguro; una muerte, llorar hasta vaciarse de lágrimas que en vano abrazos amigos  intentan remediar porque es por eso, Guido, lo irremediable, ese algo que se va con cada uno y ya no se repite: formas únicas de decir las cosas, un arqueo de cejas repentino, familiar, infinitas señas individuales que nos hacen (la hacían o la hacen; qué sé yo) obra exclusiva. Todo ordenado, en el gozo o en el dolor, pero dispuesto fehacientemente. La mínima cuota de previsibilidad indispensable para caminar sin tener que reconquistar el universo cada mañana camino al trabajo.

Sos el primero, Guido, y no huyas  para el lado psicológico; un psiquiatra quizá justificadamente me mandaría al manicomio. Acepto que pueda  no estar funcionando bien alguna función de la conciencia o de eso que nadie sabe bien qué es pero en beneficio de la tranquilidad general llaman inconsciente, lo conjeturo como una posibilidad entre otras. Pero es imposible que todo ande tan mal; no me mirés así, ese vaso está ahí, mirá como lo toco, lo acaricio, es liso al tacto, no contiene nada (pedí otra cerveza), acá huele a calina, allá un tipo que parece un funcionario de la Rusia zarista toma un Whisky, vos enfrente mío que hablás y hablás y con cada razón te alejás más y más de la razón; oigo la música, Guido, por favor. Huelo, te digo que huelo. ¿Era a mí a quien le gustaba el olor a jazmín?, llamala a Valeria, sí ahora, qué importa la hora, llamala, ella se debe acordar, preguntale quién enloquecía con el aroma a jazmín, vos también te acordás pero estás empecinado en tu inmaculada razón, no querés saber nada con la posibilidad. No quedate, no te enojés, los jazmines son un eslabón más, un serpenteo más de la gran curva, esperá. Porque esto no es de ahora, ya te dije; recién ahora mis argumentos lógicos se destruyen, recién ahora otra lógica, si querés, “personal” (suena a imposible, a oxímoron) se instala definitivamente.

Soñar. Está bien, soñar. Pero decíme cómo un sueño puede durar meses, prescindir tanto de la vigilia, porque el orden causal en el trabajo se daba meticulosamente, un día yo ejercitaba, no sé, una venta cualquiera, y la  liquidaba el día previsto, nadie venía y decía que la operación no había sucedido, que era producto de mi mente desvirtuada. ¿Y vos Guido?, acá, ahora, ¿estás o pretendés el privilegio de ser lo único que existe en mi mundo inexistente?

Porque después del olor a jazmín todo se aceleró, ocurrió como si la curva se inclinara en pendiente (todo es metafórico, Guido, si hasta vos y yo no sabemos qué papel jugamos). La preparación para el acorde final, que al principio era fatigosa, adquirió un vértigo inaudito y ya el mundo se bifurcó; ya sé que te parecerá extraño ese dejar llevarme, ni yo puedo explicármelo, cómo dar motivos de ese seguir cumpliendo con mi trabajo como si fuese una especie de condenado de la guerra de tiempos, es más, hasta lograr operaciones notoriamente favorables, dentro de la rutina que la menos me mantenía alejado de lo que ya empezaba a sentir como un suspiro frío en la nuca, como un sino demasiado complejo como para posarme en él.

Guido, si vos hubieses podido transmutarte en mí y sentir esa especie de perplejidad sabida; no acertar a enmarcar con palabras algo que en sí mismo carecía de sentido; el no poder ni siquiera llorar porque el alegrarse o apenarse obedece a reglas gravadas a fuego en el alma y hay situaciones que exceden todo tipo de reacción, o, mejor dicho, permiten sólo una: la inmovilidad total.

Porque al olor a Jazmín, Guido, como golondrinas a la primavera, siguieron las ya olvidadas sábanas blancas (el tiempo, el familiar, prescinde de lo que el recuerdo juzga trivial), más discos (conocidos: Beethoven, Chopin, Mozart), libros, cuadros que habían sido resignadamente arrancados; casi a diario, en cada retorno a casa.

Y así, Guido, decenas de objetos, uno tras otro, cosas inanimadas que se aparecían como si fuesen materia en edad de jugar; todos aquellos pedacitos de aquel mundo que decidí desarticular porque cada partícula, cada mínimo átomo de su composición remitía a aquello que ya no era más que amargas evocaciones de momentos que después, en breve, fueron pastillas para poder dormir (la curva, qué podía prever yo, Guido).

Hasta hoy, Guido. Hasta hoy todo se fue ordenando minuciosamente, como un murmullo sordo, como los pasos de un chico a la hora de siesta; si vos hubieses visto, Guido, digo vos, vos o cualquiera que no sea yo, porque dudé, entreví la mano del delirio que me acariciaba el ser, fue fugaz pero fue, y te juro Guido que no rebusco las palabras, me salen así, absolutamente todo lo que te digo es en esencia veraz y  sólo en la forma es aproximado, provisorio. Sí, Guido, si vos hubieses vuelto hoy como volví yo del trabajo, si yo podría prestarte esos segundos, si vos fueras el que metió la llave sin sorprenderse ni siquiera un poco por el tenue rumor melodioso que escapaba de la casa y que tu ignorancia presumió Chopin; si, Guido, si vos hubieses empujado la puerta y mirado el sofá (ese sofá, el de las películas y los besos hechos de lejos, de futuro), si vos en lugar mío hubieras podido ser un juguete del tiempo, Guido, en fin, si la hubieras mirado con ojos más de interrogación que de asombro como yo la vi, ahí, sentada en el sofá tan llena de dulce espera, como si nunca  hubiese pasado nada, como si el mecanismo no fuera infalible y fallara y dejara una rendija, te hubieses asombrado de verla tan Leticia, tan hermosa y calma como siempre.

El Correntino.

A Roberto Eustaquio Candiotti, el Correntino, cuando vio bajar del auto grande y negro a los cuatro tipos que, sabía, iban a fusilarlo, se le aparecieron, como un refucilo personal, los diez años transcurridos desde su llegada a Buenos Aires. Luego, vuelto ya del leve estupor, se llevó la mano manchada de un azul profundo casi como el de la noche a la boca para dar la última gran pitada al cigarrillo. Comprendía la magnitud del delito y que ellos – ahora uno le grita  hijo de puta y que se quede quieto y otro agrega negro de mierda-  no se lo iban a perdonar.

Pero qué más daba, así era él, bien correntino, bien fiel, bien empedernido hijo de la sinrazón, le había dicho el tucumano Díaz esa tarde, en la fábrica,  mientras otro compañero, del cual Candiotti ahora recuerda la voz escapándosele la cara, lo tranquilizaba y le sugería que piense en Juancito y en María Belén; pero déjenme de joder,  contestó, o no ven, o son boludos, o peor, traidores. Pedir tranquilidad justo ahora, claro, total todo es para siempre, ¿no ven, pelotudos, que vienen por todo?, ¿o creen que van a parar con el decretito ése? Cagones, sí, cagones, tendríamos que haber salido todos ese día, pero el sindicato, el aguinaldito, la colonia de vacaciones en Mar del Plata, quién sabe, quizá todo siguiera igual. Cagones, mil veces cagones, había pensado justo al sentir el motor doblar la esquina. Se alegró de haber terminado a tiempo.

Cómo el tucumano había aflojado, porque el Rubén está bien, es casi un chico y anda enganchado con esa piba que, mientras le mate el celo, logrará que le dé lo mismo lo que pase con la fábrica, el país o el mundo; pero el tucumano,  el mismo que le había dado una magistral lección de boxeo cuando él, recién llegado de Corrientes,  quiso  hacérsele el guapo, rememoró con bronca al mismo tiempo que paseaba la brocha por la pared, dejando detrás estampadas las chorreantes y silenciosas letras.

Desde cuando se nos da por pensar a nosotros, somos nervio, no cerebro, se decía, y cruzaba la calle para, desde la vereda de enfrente y con mejor perspectiva, calcular el espacio. Los burgueses y oligarcas calculan antes de actuar porque la sola posibilidad de perder sus privilegios los aterra, nosotros no podemos poner como excusa el pensamiento, el pensamiento no mueve nada,  seguía meditando y revolviendo la pintura con una rama perfecta que había juntado cuando, para pasar por las vías, tuvo que bajarse de la bicicleta (María Belén, a los fines de evitar que se doblen las llantas o una inesperada pinchadura de goma,  siempre lo obligaba a bajarse para cruzar las vías).

Porque esto es la guerra, qué democracia ni democracia: la guerra, y, parida la guerra, el primero que la asume como tal, y extrae las consecuencias ineludibles de ello, tiene ventaja. Y no me vengan con el tiempo y la sangre y esas pavadas, somos millones, qué creen ¿que nos van a matar a todos? Es increíble, pero es, seguía sin consuelo el Correntino.

Diez años. Pasar de los yerbatales (donde escuchó por primera vez el nombre, pero tan lejano que se le hacía espectral) a la fábrica sin escalas, de la manga de camisa y del empecinado sol correntino al overol grasiento y al húmedo y alocado clima de Buenos Aires. Diez años, y ahora, porque todos somos unos cagones, hay que empezar a remar de nuevo, todo de nuevo, repetía para sí, en voz baja, Candiotti. Y lo peor es que él lo había presentido, el tucumano se enojó cuando, entre espaciosos mates, se lo comentó (anarquista, lo insultó), pero ahora estaba a la vista de todos: el solo hecho de estar en el sindicato los empaqueta, tucumano, le había dicho, ya tienen algo que perder y piensan lo que hace diez años no pensaban, tal vez, dicen, si presionamos a este hijo de mil puta, quién sabe, ¿y el honor, tucumano?, le gritó, o no ves que el de ellos es el peor de los odios, no ves que somos los culpables de que se les haya alterado el paisaje, eso no se lo van a perdonar jamás. Y a ella, menos: ¿o se lo perdonaron a ella, tucumano? Además, agregó, si ella estuviese acá, vos lo sabés mejor que yo, te mandaría sin vueltas al carajo.

Había sido duro con el tucumano, pero no estaba arrepentido, era un amigo y cada  época tiene la amistad que se merece y los tiempos demandaban puños y no caricias. Frenó la bicicleta y casi se va al diablo por el peso del balde que colgaba de un lado del volante.

Peligroso es, eso seguro, pero tampoco voy a demorar dos horas y esos hijos de puta no van a patrullar por ahí justo en ese momento. Tanto lío para conseguir uno que me acompañe, siempre ven el lado peor de las cosas, si no se arriesgan  hacer cosas como éstas ni me quiero imaginar dentro de unos meses, porque la cuestión se va a poner fulera, el tucumano dice que por ahí no, ¿se puede ser más boludo?, ¿o el mismo día no cambió todo? Dios, sí, tucumano, seguí con Dios y la hija de puta de la virgen (“si me escucha María Belén me mata”, pensó), ellos apelan al mismo Dios, todos, hasta los hijos de mil puta de los comunistas llevaban la cruz al hombro la otra vez, ése que no me acuerdo el nombre y que rompe los huevos con “proletarios acá, proletarios allá” el día que marcharon largaba más lagrimones que Jesús, faltó que lo estaqueen al final y listo, era la representación perfecta de la tragedia del flaco de Nazaret.

“Ya vuelvo”, le dijo a María Belén que no atinó a preguntarle nada, y que no vio cómo, un minuto antes, su esposo salía de la piecita después de acariciarle la cabeza y de decirle a Juancito, que habitaba un profundo sueño, que un hombre debe saber jugársela y que, si pasaba algo, pero no pasaría nada, vos, cuando seas grande, vas a saber entender. María Belén, ensimismada y callada como un angelito, tampoco pudo ver cuando el que ahora se iba en silencio sacó el revólver del cajón de la mesa de luz y se lo puso en la cintura. Apenas cerró la puerta, Roberto, desde muy dentro de sí, como nunca, sintió que en verdad quería mucho a su esposa y a Juancito; evocó los ojos negros apenas achinados de ella y los piecitos frágiles e inquietos de él.

Ahora el correntino ya arrojó sobradoramente el pucho y comienza a silbar con ímpetu avasallante la melodía prohibida y su alegría alcanza la plenitud cuando escucha más claro cómo  los cuatro tipos de bigotes lo vuelven a putear y se ríe con fuerza porque la misión está cumplida, y, cuando oye de nuevo el “negro de mierda”, es más feliz y más quiere a sus compañeros y a María Belén y a Juancito y más odia a los de enfrente, esos hijos de puta entrenados para jamás rebelarse, para qué, alcanza a decirse, para qué vivir como un muerto, para qué  tener que soportar otra vez la humillación; no, todo de nuevo no, mucha agua corrió bajo el puente, se convence, y, rápido como un sueño, saca el revólver de la cintura y casi sin apuntar dispara y baja a uno de los cuatro, “uno”, piensa, pero pasa un segundo y ya siente el zarpazo agudo que le entra en el estómago, luego otro, y otro, y ya no más. Y atrás de ese eco de  vida que acaba de besar el piso, en la pared, con la estela de sangre (correntina y de la buena dirán, orgullosos, los muchachos mañana) que enaltece un poco la “P”, resuenan las letras  blasfemas. Como una queja o un grito de la misma condición humana, queda el VIVA PERON CARAJO.

Cotidiano.

Usted me mató. Lo hizo  casi muy bien, con método, sigilosa, felinamente. Como lo que es: un profesional. Esa mañana, la del crimen (debiera decir “trabajo”), usted se levanto con un poco de resaca; usted no es de beber, el pulso firme que su empleo ineludiblemente precisa no lo admite, pero la noche anterior algo más fuerte que usted lo arrió hasta el bar de siempre y a cambiar la Seven Up con limón por un vaso de vino áspero y sanjuanino que luego fueron dos, y después, lo que ya era para alguien como usted una excesiva liberalidad etílica, fueron tres y el cuarto y final, ya aparecidas las caras sin pasado que acostumbran poblar los bares una vez entrada la caprichosa noche.

Ahora usted se da vuelta, pesado, torpe busca el lado frío de la cama sin dejar el lado onírico de su existencia. Usted duerme profundo, en eso se diferencia de mí, y por eso le dije antes que lo hizo usted “casi” muy bien. Desde un punto de vista lógico, la liviandad de mi sueño encontraba justificación en la vida que elegí llevar; sabía que en cualquier momento alguien como usted podía irrumpir en la pieza y acribillarme. En el fondo su trabajo y el mío están uno a cada lado de la muerte. Frente a ella todos sin excepción somos unos pobres tipos. Todos. Usted la reparte por ahí, ignorando a quién exactamente le toca la del día. No hay que averiguar demasiado, sólo hacer el trabajo. Yo juego con ella como lo hago con las personas, a veces con las personas equivocadas, como los que le hicieron el encargo.

Seguramente lamentó lo de la resaca, pero no creyó que ese dato menor fuera capaz de obstaculizarlo; además la cuestión, yo, era a la noche. Se afeitó prolijamente. Todo en alguien como usted es prolijo, mecánico, sin dilaciones estériles. Escuchaba el ruido del agua caer rítmica en la pileta del baño y dibujaba en su mente las posibilidades ya tantas veces pensadas desde que le dieron el encargo. Bah, pensó, no es para tanto. Y no lo era; lo único que debía hacer era abrir con su llave falsa la puerta de abajo, porque la de arriba, la de mi departamento, estaba abierta (ahora usted frunce el seño y le nace una gota de sudor justo en uno de los pliegues irregulares de la frente); un poco por la costumbre (es tan difícil a veces deshacerse de una de esas rutinas) y otro poco porque era yo consciente de que, llegado el momento, echarle llave a la puerta serviría de poco. Y menos si, a la hora precisa, era usted el elegido. Justo usted; juro que un poco me honró que fuera usted el del trabajo. Es usted una leyenda de esas que, aún vivo y en pleno apogeo, va creciendo hasta tornarse unánime. Así es nuestro ambiente. Un mundo aparte en el cual la gente normal, no usted, no yo, ve las mayores manifestaciones de la miseria y la inescrupulosidad humana. Usted es y yo era diferente, en gente como nosotros casi no hay pensamientos sombríos que no aparezcan a plena luz del día: la noche no es amiga de la duda ni del arrepentimiento, es implacable (por eso usted vuelve a girar su grande osamenta como si nada, seguro de sí mismo, como si esto lo divirtiera).

Usted sin dudas inspeccionó el arma en el límite de la tarde con la noche, a esa hora cuando la luz parece sumida en un estado dubitativo, justo un instante antes de ceder su lugar a la noche aciaga; y pensó que no faltaba mucho. Quizás bebió algún refresco sin alcohol o comió algo liviano.

Siempre, como si fuera mi vida un juego previsor, me pregunté qué piensan de las cosas normales la gente como usted: de levantarse temprano con gusto agriado en la boca, de la gente que involuntariamente, sin conocerlo (ellos viven del otro lado de nuestras cosas), lo empuja en un colectivo, o del empleado poco eficaz que lo demora en la fila cuando usted espera por un trámite de esos que exige la burocracia mundana. Supongo que usted se sentirá más allá de todo y jamás perderá la calma por cualquier tipo de ajetreo que la civilidad inevitable le demande, menos sabiendo que, en el fondo, usted es otra cosa, recorre otros caminos, sus alegrías son serias, ni siquiera son alegrías, sino más bien algún tipo extraño de autosatisfacción íntima que apenas da motivos para regocijarse de que una vez más no falló, que la muerte de los otros, en el fondo su creación casi artística, lo acaricia y le sonríe.

Cuidadoso, usted se vistió siguiendo el rito que ya es una constelación de pequeñas y bien cuidadas manías: primordialmente colores oscuros (una polera de cuello alto marrón, el sobretodo gris casi negro, grueso y hasta las pantorrillas, y el  pantalón y los zapatos relucientes de un color negro impecable), luego revisó nuevamente el arma y pensó en las seis balas del cargador lleno, aunque sabía que con dos era más que suficiente, tres, quizás, si lo imprevisto, que nunca sucedía, se interponía de alguna manera. No olvido, cómo iba a hacerlo, peinarse con gomina echándose todo el pelo homogéneamente hacia atrás.

Y luego la calle inhóspita en la cual se paseaba el viento como perseguido por su propio eco, y usted, caminante solitario, sin pensar en nada, o tan solo entreviendo en su mente la mejor forma de ejecución, de modo que el regreso a su casa no se retardase más de lo debido. Miró, siempre le causaba un apagado, leve estupor, las luces de los faroles de la calle cayendo perpendicularmente al asfalto gris y desierto, ámbito ya de los misterioso gatos sin historia y de los remolinos de deshechos arrojados por la hormigueante gente del día,

Quizás esto que digo, que voy a decir, se aparezca como irreal, poco o nada probable, tal vez, más para usted, que ahora pasa un brazo, el derecho, por debajo de la almohada, sea inverosímil y hasta risueño, pero le juro que yo oía sus pasos, ignoro el mecanismo, no sé cómo, pero, aunque mi sueño no tenía nada de hondo (no sé dormir de otra manera), algo, llámelo como quiera, me galopaba en las sienes: eran sus propios implacables pasos que se avecinaban, decisivos.

Pero usted no sabia de la cuestión, pues es un sujeto habituado a lo previsible, en eso es igual a todos, tan pragmático y cerrado al universo de las casualidades que no son tales como ellos, los simples. Así se acercó a mi departamento, así con ese ánimo rígido como una columna de mármol abrió la puerta de abajo con su fiel llave falsa, no sin asegurarse primero de que no hubiese nadie capaz de verlo y oírlo, ni desde adentro, ni desde alguna esquina.

Cuando pisó el primer peldaño de la escalera, volvió a palpar el arma que llevaba en el bolsillo interno del sobretodo, la suave tersura del caño le afirmó más aún su natural seguridad; se sintió brioso, casi alegre.

Ahora, dejada atrás la rutinaria escalera, estaba usted justo frente a la puerta de mi departamento, pudo sentir la adrenalina subirle por el torso, a través de sus saludables órganos, de su helada sangre de asesino a sueldo (no nos gusta, ni a usted ni a mí, la palabra “sicario”). Sin dudas es común que usted pruebe, antes de recurrir a su llave maestra, si la puerta que debe trasponer se encuentra cerrada; me hubiese gustado ver la cara mezcla de sospecha, alerta y extrañeza que le nació al advertir que mi puerta se hallaba abierta, como esperando ser ultrajada. Repuesto del hallazgo inesperado, usted se calzó los guantes negros de siempre, como siempre.

Yo lo sentía ya cerca, hasta podía medir mentalmente, aunque seguía levemente dormido, los metros que nos separaban. Usted  se orientó fácilmente en el interior del inmueble, cosa relativamente sencilla, observando la humilde arquitectura del mismo. Se acercaba usted caviloso, como pensando cada paso, dando muestras de un aplomo al cual debe usted su prestigio. Yo abrí los ojos, sin dejar de sentirlo, justo cuando usted se puso de espaldas contra la pared de mi pieza. Pude escuchar su respiración, la misma que usted había rebajado a casi nada, del tal forma que ni a sus propios oídos llegaba la contracción  y la expansión de su diafragma. Usted ya estaba al acecho, el revólver, ya no importaba cuándo, se había puesto en su mano hábil y era como una continuación humana de su cuerpo; ahora siento lo paradójico que resulta el hecho de juzgar humanizado un revólver. Pero a pesar de verme cercado y en notoria desventaja, no pude hacer otra cosa que tomar la pirámide de mármol que hay arriba de mi mesa de luz, a la espera de que usted me diera una chance para poder desmayarlo de un golpe; mi suerte dependía de un casi imposible descuido suyo y de mi certeza a la hora de golpearlo de alguna manera con el objeto que yacía ahora en el hueco de mi mano. Respiré hondo, jamás había sentido antes al aire como lo sentí, nunca intuí que uno puede morir a manos de otro, y que eso, la posibilidad de morir siempre, en cualquier momento, por obra de los otros, de otros que se tornan espectralmente indiferentes, es quizás el motivo de que los hombres, al menos los otros, no usted, no yo, puedan aspirar a una mínima dicha común. Usted se decidió justo cuando yo decidí echármele encima apenas viera su silueta oscura como la muerte (irónicamente como la muerte), aparecerse por la puerta; y así llevó usted adelante lo planeado, y de acuerdo a lo previsto obré yo que, al sentir el giro brusco que usted realizó para ponerme al alcance de su disparo letal, me abalancé de un salto encima suyo y lo golpee con mi arma piramidal en el costado izquierdo de su rostro; usted no presentía un ataque, ahora no comprendo cómo se olvidó de la puerta abierta que, si bien era una costumbre, bien podía haber sido señal de una trampa. Usted cayó y yo me arrojé desesperado, como una fiera encima suyo, creo que lo golpee otra vez, pero esta vez con el puño (no fui capaz de mantener la pirámide mármol en la mano) e intenté arrebatarle el arma de la mano, pero todo lo que a simple vista parece fácil no lo es tanto cuando uno es una sombra que pelea con otra sombra nada menos que para seguir con vida, usted jadeaba (como ahora vuelve a girar como queriendo huir de la cama y de sí mismo), creo que oí un insulto como susurrado, apenas audible; golpee como pude adonde pude, usted trataba de zafarse de mí, de hallar un resquicio para apretar el gatillo y dar todo por terminado; luego de no más de un minuto de feroz pelea, y favorecido por los azarosos movimientos de los dos, se oyó de pronto un estallido sordo, desgarrador (jamás hacerlo sin silenciador); fue para usted un ruido más, fue para mí un sonido agudo que se juntó inexplicablemente con un dolor punzante e inmóvil que se posó adentro de mi estómago y fue subiendo, calor insoportable, por mi cuerpo hasta invadirme la cabeza; ese trueno de su arma fue el último acoso a mis oídos, el punto final de mi vida.

Ahora suena el despertador que usted odia (siempre dice que un sujeto que se levanta todas las mañanas con el ruido de un despertador jamás puede ser feliz), el maldito reloj que grita y del cual la clara vigilia se vale para obligarlo a entrar al juego del vivir. Usted se sienta en la cama y siente extrañado como si el cuerpo le pesara más de lo debido; hecho extraño, sobre todo teniendo en cuenta que anoche se acostó demasiado temprano. Piensa fugazmente en su sobrepeso, en la dieta que está pegada con un imán a la puerta de la heladera y que usted modifica arbitrariamente cuando le viene en ganas. Las necesidades usuales le aconsejan ir al baño. Se para y su osamenta cruje desaforadamente: basta de jugar al fútbol los fines de semana, se dice; después los lunes no sirvo para nada, agrega. Camino al baño se le cruza un reciente y extraño sueño, no insólito en sí mismo, aunque no sabe explicarse el  porqué de semejante sensación, y entonces la deja pasar, como si nada. Entrando al baño hace un esfuerzo por rememorar el sueño de anoche ya anunciado, lo evoca bastante fielmente, quizás sin los detalles de tantas otras veces, pero la visión es firme: usted un asesino a sueldo, elegante y que no falla, entra a una habitación cualquiera, la lucha en el piso con la presa que se aferra ciegamente a la vida y que usted no sabe cómo pudo despertarse justo cuando estaba por dar la estocada mortal, pero el tiro que al fin sale y da por finiquitada la cuestión. Usted piensa que debe dejar de ver películas hasta tan tarde los domingos, más si las mismas contienen altos niveles de violencia. Todo esto piensa antes de recordar los plazos fijos y los créditos que el viernes dejó sin pasar, descuido voluntario que el gerente (seguro que el contador, ese alcahuete, le va a avisar) va a descubrir y que le obligará a recibir otro llamado de atención y consejos varios sobre lo importante que es en esta vida ser responsable; lamentará su situación y casi toda su vida hasta que se pare frente al espejo y éste le devuelva fielmente su imagen de recién venido a la vigilia y pueda observar, primero de manera nublosa como de telaraña, luego con pánico atroz e inexplicable, el hilo generoso de sangre ya seca  que baja recto por su mejilla desde un corte que usted tiene en el parietal izquierdo, lesión que sirve para explicar el dolor al cual, hasta observarse reflejado en el espejo, no prestó demasiada atención, pero que es inútil para ayudar a que usted comprenda con certeza cómo le vino a parar la misma al parietal izquierdo, aunque por la forma de la herida, pareciera que usted, sin saber cuándo ni dónde, ha sido golpeado con fuerza con un objeto contundente.

Dobleces.

La verdad que me siento un poco invadido, íntimamente asediado cuando alguno de mis compañeros de sobremesa me quieren entrometer a la fuerza en alguna discusión pretendidamente erudita haciendo énfasis que mi dejadez o  mi falta de sociabilidad porque al fin y al cabo estamos entre amigos, che, y vos siempre tan distante y para qué venís si pareciera que te quedás anclado en los Tribunales.

Yo me pongo en su lugar, son buena gente, fieles y generosos amigos, pero no puedo evitar distanciarme de los acostumbrados debates llenos de hechos vestidos de tiempo pasado que en mi memoria se disfrazan de remotos, tanto que muchos se tornan inexistentes aunque siempre la duda es disipada por las evocaciones coincidentes de todos ellos y yo acabo por ceder a la razón unánime de la multitud como si me  dejara recordar.

Sería inútil explicarles que mi huída no obedece a una misantropía de abogado veterano o al hastío melancólico que suele presentarse después del café y de ese whisky que aborda los vasos bajos y bocones. No, no es eso. Entiendo que me juzguen como un tipo que ha cambiado y que Carlos, creyendo que estoy impedido de leer debajo de sus discursos, crea que mi mirar fijo a un punto cualquiera del hospitalario comedor, un cenicero, el dormitar despreocupado del gato o simplemente el aire o la nada, sospeche que me complazco en jugar al intelectual superado que está más allá de las para mí triviales polémicas. A decir verdad yo trato de seguir el decurso de los entrecruzados diálogos, oigo las voces de Mariana y Estela que se deslizan con ese plácido tono de que se está seguro de algo pero no por eso es necesario imponerse porque en última instancia en las charlas entre amigos no debe haber imposiciones sino un lento vagar de los distintos puntos de vista: Cortázar si pero los cuentos, no me vengás con el gorila de Borges qué tiene que ver escuchá “No son más silenciosos los espejos/ ni más furtiva el alba aventurera”,  Carlos, me extraña, a vos los gatos te enloquecen. Pero yo no puedo sujetarme por mucho tiempo al ameno trajinar. Siempre llega el momento que empiezo a inventarme historias. Me desentiendo de todo y comienzo a dibujarme relatos y cuando pasa el café y aparece el whisky vuelo más lejos y más profundo se hace el ensimismamiento. Otra vuelta Carlos, y es Juan el que se levanta a buscar la botella de Chivas Regal a pesar de que había sido él el que había advertido a Carlos que para qué devolverla al lugar previsto de la alacena si después de la primer vuelta ya se entreveía su cadáver futuro.

Y yo me habito dentro mío y siempre algo se me ocurre y dejo que la punta deje entrever el delicado ovillo (esto es porque estoy viendo al gato que, de regreso de las nieblas del sueño, se agazapa y ataca un ovillo de lana gris y cesa y vuelve a agazaparse como si habitase otro tiempo). “En otro tiempo estás/ eres dueño de un ámbito cerrado como un sueño”: Mariana y sus voz dulce y apenas teñida de whisky.

Muchas veces siento, para qué mentir, un poco de envidia de mis amigos, los veo tan felices con esa coordinación de almas de la que hace años no tengo noticias y quizá por eso me refugio en mis estupideces, y cuando lo hago, aparecen los celos del creador que siente que su criatura ya fue creada por otro antes que él. Sí, de Cortázar los cuentos, porque las novelas son tediosas y no se las puede seguir de ninguna manera, callate, vos si te desayunás con el Ambito Financiero, qué querés.

Soy un hombre cualquiera que sin importar el móvil asesina a un abogado inescrupuloso (tal vez sea un anhelo inconsciente. Freudización obvia: el deseo del escritor frustrado de eliminar al abogado) y pienso detalladamente los recaudos que debo tomar para no ser descubierto; me visto íntegramente de negro, los guantes para evitar las alcahuetas huellas digitales, revólver clásico y tiro en la cabeza luego del ingreso furtivo a la casa que, para facilitar el trabajo, sólo es custodiada por la muda caricia  lunar. Siento el amparo de las sombras calladas de la noche y me regocijo de que los astros jueguen a mi favor. La investigación posterior, mientras Carlos ya entona un tango que habla de malevos (la discusión gira en torno a Borges, todavía) y a Juan se le deforma la cara de la risa. El crimen perfecto, dice un resignado policía que la ilusión hace el mejor detective del planeta. Al final el asesino, yo, deshaciéndome del arma homicida en cualquier parte que  no viene al caso imaginar en detalle, menos ahora que el tercer vaso parece rellenarse solo y Juan acuerda con Estela en que Borges es de otro mundo pero recibir un premio de Pinochet. No siento el menor remordimiento  no soy  Raskólnikov, yo mato sabiendo que no habrá castigo posterior, sintiéndome inmune a los infalibles silogismos policiales y al látigo de la conciencia, disfrutando como un psicópata de la sangre oscura del muerto que ya es ese charco pegajoso que me da una satisfacción casi lunática y que llega al frenesí cuando noto el agujero perfecto en la nuca del cadáver que ya no es ni persona, ni abogado, ni reptil dañino, ni nada, la satisfacción última por haberlo privado de ser, por contribuir a una inefable justicia superior.

Me hacen volver a la fuerza y salgo del paso con un chiste malo y el whisky se ríe desproporcionadamente por ellos. Veo el humo de los varios cigarrillos que se encienden al unísono como si una seña secreta los uniera en ese ritual de intoxicación y vuelvo a pensar para mí en cualquier cosa pero intentando poner mi mejor cara de que estoy de acuerdo en que peronismo y fascismo son conceptos disímiles y que es una estupidez interesada equipararlos como también lo es equiparar un movimiento nacional de un país opresor y uno de un país oprimido; el nacionalismo de Gandhi no significa lo mismo que el de Kipling, carajo.  (Carlos dixit). A veces las llamadas que me hace el mundo convencional me obliga a dejar cesante una historia, aunque luego, ya a salvo, la recomienzo del punto preciso en el cual me arrancaron. Obviamente, cuando las citas son recurrentes, lo abandono todo y las continúo en la cama, en ese ámbito rebalsado de soledad y espacio nacen las mejores ocurrencias; la promesa lejana de amanecer y el silencio sombrío de la pieza es capaz de auxiliar el menos original de los mortales.

Jamás intenté pasarlas al papel, me da la impresión de que sería imposible. Me tengo por buen lector y hasta me achaco algo de imaginación, pero no poseo el oficio de escritor, especializarse en el Derecho obstruye esa vitalidad creadora ingenua, casi infantil, ese hacer de una punta un ovillo perfecto (otra vez el gato, que ya debiera llamar Pichuco). Podría tener varios argumentos para un cuento, inicios y finales originales, pero no sabría como unir esos complicados extremos, quizá sea verdad lo que dijo alguna vez Anatole France a un amigo: “si Ud. tuviera menos ideas sería un gran escritor”. Y Videla un caballero, por Dios con actitudes como esas es difícil dejarse llevar por los espejitos y los tigres.

Me da un poco de vergüenza admitir que prefiero las de amor. Son las  mejores, aunque no intento ser muy rebuscado, soy más bien clásico. Pero son las ocasiones en que más me dejo atrapar, me esfuerzo para que el romance sea inhumano de tan pleno, de tan arrancado de recordable u olvidable literatura. Quién quiere café, eh vos ni siquiera te metés cuando atacan al General, hace treinta años gritabas la vida por.

Nunca se me dio por analizar esta tendencia irreprimible hacia la introspección, supongo que es una forma más de evasión, como un resistirme a que todo sea como efectiva e indiscutiblemente es; tal vez porque soy  un pobre tipo que es abogado por falta de osadía y entonces las historias me devuelven algo de eso que  no abunda en mí, como si fuese un desenterrador de muertos, y no lo digo   metafóricamente, muchas veces siento un repentino escalofrío, como si algo en mi interior hubiese sido enterrado vivo y arañase desesperadamente el féretro en un intento último por ser admitido realmente como lo que es: algo rebosante de ríos de sangre que todavía forman un estuario de vida. Es la consecuencia inevitable de una fuerza ciega e intuitiva que no admite que todo sea el sol de tribunales y expedientes y clientes planetas girando eternamente alrededor. Aunque son sencillas las historias, en el fondo justo es admitir que no hay fórmulas definitivas para la felicidad. Si, dale, uno más, total maneja ella ni loca con todo las pavadas que estás diciendo si se te da por seguir en el auto me estrello contra el primer camión que venga de frente. Risas que se pierden entre el humo y las horas nauseabundas, frases ocurrentes, retruques que doblan la apuesta y el desorden de mesa como un campo de batalla en el cual  vaso, platos, cubiertos y botellas hubiesen dirimido alguna cuestión lejana a nuestros entendimientos.

No sé, por ejemplo soy un joven, pongamos, de no más de veinticinco años que le gusta escribir y está solo y hastiado de la vida y de esa filosofía existencial que no lo ayuda mucho y que en el fondo casi no comprende (Sartre, no me jodás ¿y su silencio cómplice con el estalinismo?), lo imagino escribiendo febrilmente sentado en la computadora y contando los días con los mates y las noches con los whiskys (inevitable, la botella ahí, tan sustituidora de la metáfora difícil); flaco, medio desgarbado y pálido porque odia el sol y las agitaciones enfermizas de la temporada estival porque justo es de, pongamos, Casilda y  allí, en medio de la pampa, el verano dura cada vez más y es pegajoso y húmedo cuando no se es amigo de algún aire acondicionado.

Debo empinar más la imaginación (absuelvo gestualmente a Sartre condenando a Heidegger, ese nazi.) Tengo un amigo en Buenos Aires (simplificación: no conozco Buenos Aires) que siempre me dice de ir a visitarlo, pero la plata y cuestiones menores impiden la prometida travesía. Duró poco más de un mes como Decano de la Universidad, por qué no piensan lo que era Alemania en mil nueve treinta y pico, más ustedes, los peronachos, que hubiesen sido todos nazis si no los hubiese salvado el  azar geográfico de nacer acá. Insultos y risas que los desmienten e insultos que desmienten a éstas.

Pablo, mi amigo, que bien podría ser primo segundo u otro familiar no tan directo, estudia un profesorado de literatura (Nuestro poeta es Marechal, señores, nuestra novela el Adánbuenosayres) y vive en una no tan mal dispuesta pensión de Saavedra, Palermo o Liniers. Mi mente retrata a los barrios porteños unos idénticos a otros: casas bajas, patios íntimos, zaguanes cómplices, parras y aljibes (Estela vuelve: grato es vivir en la amistad oculta de un patio…¿era así?. Ayudame Mariana, vamos.). Sin que el convencimiento sea exultante decido hacer el viaje, total, yo viajo conmigo, y en fin, siempre quise conocer la Biblioteca Nacional, y quién dice, por ahí, todavía me corre algún malevo de fungi ladeado, traje negro ceñido al pecho y lleno de tinta por haber escapado  recién de algún verso de Cátulo Castillo (amainaron guapos, no Carlos, por favor no sigas). La decisión es hija menos de la insistencia de Pablo (al que quiero mucho a fuerza de tanta copa compartida) que de la angustia que se pasea por…. ¿Casilda?, sí, Casilda y parece invadirlo todo. Mirar la brea derretida de las calles, los perezosos movimientos de las infatigables bicicletas de la tarde, estar como sobrando en el mundo, saberse pésimo estudiante de derecho (dale con el Derecho, bueno, da igual, la cuestión es baladí. Volvió Georgie.) y no hábil para los negocios justo cuando la mercantilización de la vida llega a su punto máximo y el pragmatismo reduce las cosas a su mínima expresión estética. Qué más da. Descanso. No, cómo el Adánbuenosayres va a ser una colección de exabruptos, hoy dormís con el perro querida, el Adán es un acto de amor. Ya estás mamado, cuando empieza con el lirismo ya no lo para nadie, no digan que no avisé.

Ahora me cuesta retomar el rumbo. Es  extraño que esto ocurra, no debe de ser ajeno el otra copita total es viernes y mañana ustedes descansan y qué vida la de ustedes viejo. Tiene razón: qué vida. Intento aclarar un poco el panorama, hallar variantes insospechadas, hoy podría ser original: el whisky, la reunión, la víspera de fin de semana debieran influir positivamente; es temprano, no desesperar, en última instancia no está mal ser clásico. Mientras tanto se abre la ventana que da al patio y un soplo que pareciera estar hace siglos esperando entrar invade el comedor y hace su voluntad con el humo espeso y polémico de los cigarrillos, los que aún viven, claro, los otros yacen amontonados en la fosa común del cenicero que compramos con Carlos en Bariloche aunque a él le gustaba otro, creo, que tenía tallada una cara de indio y cuando a Carlos se le da por reivindicar a los pueblos originarios y por contradecirme, no distingue entre un toba, un ranquel y un tehuelche.

El viaje no es tan largo, cuatro horas, dos y media de pampa expectante y monótona y el resto de fábricas gigantes con vidrios que parecen espejos de titanes hasta que uno ingresa al caos de temibles avisos publicitarios con modelos encarceladas y cientos de autos que nunca vi pero que parecen fabricados para destrozarse contra cualquier cosa.

Cuando en Retiro  me bajo del colectivo me enorgullezco de ser hijo de una provincia invicta, hasta me dan ganas de ir hasta la pirámide de mayo a atar un caballo. Cesa el módico jolgorio cuando la primera inspección ocular no da con Pablo, no hay otra más que sentarse y esperar mientras Marechal  es reivindicado con tono culpable por su anterior agresora.

Me ensombrece el alma ver a Pichuco dale que te dale con el ovillo, ahí, confidente de la noche, tan pura actualidad, impedido de prever la verdad última porque a la muerte su instinto la conoce cuando la tiene adelante y cuando pasa el peligro, carente de las dolorosas abstracciones, se la hace inconcebible y su tiempo se reduce únicamente a escudriñar minuciosamente el ovillo y darle el zarpazo juguetón una y otra vez, incesante, con es gracia única de la que sólo son capaces los felinos.

Por fin veo a Pablo, tarde, como lo venía sospechando desde el cartel de lencería no sé cuánto que promocionaba una modelo de nombre anodino. Viene acompañado por, intuyo, su novia y ya esto no me va gustando, la sociabilidad no es mi fuerte y si me aventuro a Buenos Aires es por la garantía casi inexpugnable de anonimato solamente profanada, obviamente, por Pablo.

Alguien me pega un tirón: no va a quedar ningún gorila vivo, ninguno radical o liberal. Carlos no hagás papelones que hoy dormís en el patio, hombre grande, che.

Me siento obligado a saludar a ambos, empiezo por el terreno conocido y me alegro en verdad de volver a ver a Pablo y lo abrazo y por primera vez en mucho tiempo siento algo parecido a la alegría. Su acompañante es presentada como “Griselda: amiga” y fingiendo aceptar algo que sospecho provisorio la saludo amablemente: es bonita y muy correcta o tímida no sé. El empecinamiento de las hordas peronistas truncan hasta el más mínimo ápice creativo, ahora son dos las voces empachadas de whisky y consignas revolucionarias: le vamos a hacer el cinco por uno como nos ordenara el general; cinco por basta che, no se puede hablar en serio con ustedes, son el máximo exponente del alpargatas si… calláte vos pequeña burguesita seguí con “Manucho” falta que pelés el monóculo.

Algo me había adelantado Pablo. Licenciada en Filosofía, uno de los primeros promedios de toda la Universidad de Buenos Aires, en fin, muy inteligente, y quien dice mujer inteligente dice combinación mortífera. En el auto Pablo se deshace en elogios para con Griselda que interpreto impulsados por cierta tendencia hiperbólica jamás desmentida que caracteriza a Pablo desde que es Pablo; ella, como queriendo emerger sana y salva del derrumbe de virtudes que la acecha, invoca a su hermana (ya está, imposible ser más común, pero cómo hacer con estos dos que ahora pasan sin filtro de los cantos a la lucha de clases, que, en sus bocas,  debe resignarse al hecho de ser rebajada a la humilde categoría de motor de la bodega de la historia), que a los veintitrés ya es Licenciada en algo relacionado con lo atómico y cuyo promedio supera al suyo con creces. Resumamos: Griselda nos invita a Pablo y a mí a comer esa noche en su casa. Interiormente me niego, qué significa esa hospitalidad helénica que yo presumía tan lejana del espíritu porteño. No Pablo, dejate de joder, no voy ni mamado. Pero como soy amenazado brutalmente decido acompañarlo total el dúo maximalista ya está más calmo y me inquieta esa incertidumbre de la novedad, ese poder atar y desatar lúdicamente el tiempo (otra vez Pichuco acude en mi ayuda).

Me siento un  poco decepcionado por dos precoces descubrimientos, a saber: el Buenos Aires de casas bajas y demás ya no existe y los espectáculos de tango están pensados para esos evocadores del nomadismo primitivo que se visten todos iguales y se llaman turistas, ergo cotizan en dólares. Pero me repongo hablando con Pablo de cualquier cosa que sirva para poblar el tiempo hasta que sea la hora de las horas (para él) de salir y caminar hasta la casa de Griselda que después de todo no es tan lejos, veinte cuadras, dice Pablo como quien dice el almacén de la vuelta.

Parece mentira, debe ser la atmósfera, mejor dicho, la atmósfera trastocada por el whisky, es como si todo perdiese peso y se fuera diluyendo sutilmente, es una agradable sensación, una especie de liberación de los sentidos, un descanso, Dios mío tengo una tranca monumental. Pero hay calma  y salgo con Pablo, caminamos al ritmo de esa ciudad nacida bajo el influjo de inextricables conjunciones astrológicas, y al lado de Pablo, Buenos Aires y yo, la sombra de la voz de Estela “qué Dios detrás de Dios la trama empieza”.

Vamos los dos fumando despacio y escucho como quien escucha un rumor no del todo inteligible los comentarios de Pablo pero estoy ocupado prometiéndome hablar lo menos posible, no hay otra opción cuando se está entre desconocidos, además, ni me quiero imaginar el tedio si todo se enfila para el lado de la fisión o fusión de pedacitos chiquitos de mundo y todo eso. No tengo más remedio que respirar las calles adoquinadas de Palermo, Saavedra o Liniers diciéndome que todo sería distinto si algún organitos salvara el horizonte (debe ser patológico, a Estela le pega para el lado del viejo ciego, toca un tango lerdo muy lerdo y muy triste que quiero llorar. De no creer esto de las palabras cuando se ponen a escanciar)

Griselda sale a abrirnos y apenas pongo un pie adentro ya me siento como un mazorquero en un salón literario. Todo empeora cuando me sale al paso la madre, el padre y ruego que no sea como esas espaciosas casas de antaño que venían con abuelos de almas de estancia, tías solteras medias novelescas, tíos que leían el diario, críos y más críos; no, por suerte no, con Helena (qué nombre elegí, a veces me sorprendo), la hermana de Griselda,  de la cual me evado temeroso termina el desfile, los es un gusto (mentira, nada mejor que estar en cualquier lado menos ahí, en ese salón literario repleto de Estébanes Echaverrías y Margaritas Sánchez de no me acuerdo.)

Abreviemos. En la mesa me cambia súbitamente el ánimo. El vino es muy bueno (claro que no caigo con cuatro whiskys en la bodega. Shhhh, silencio.) y me dejo llevar por ese bamboleo tan convencional y tranquilizador de las charlas en las que nadie quiere pasar más allá porque vaya a saber Dios qué piensa este o aquel y mejor filosofemos sobre el mate si dulce o amargo sobre la ternura o los disímiles cortes del asado de acá y allá; en fin temas que difícilmente susciten enconos de entidad suficiente como para que el diablo se meta como acá donde ya Carlos pierde la compostura y manda a Borges al mismísimo carajo agitando el puño y Juan se lamenta porque la revolución, guardando las formas, lo hubiese colgado a ese viejo de la punta de un laberinto.

Y pasa nomás lo que tenía que pasar. Resulta que nadie comprende ciertas predisposiciones del espíritu, hago referencia a aquellas que laten subterráneas y esperan con paciencia ser vulneradas; pueden pasar días, meses, años o toda una vida (o varias) y ellas ahí, viajando en cada chorro de sangre que escupe el corazón, en cada partícula del ser, en cada gen de la sinrazón, sólo están, como si nada, como Helena, o los ojos negros de Helena que fulguran y con la congoja (¿tristeza alegre o alegría triste?) que arremete cuando alguien como yo, experto en el arte de disimular, maestro en el ejercicio de esa indiferencia que simula salvarme y es tan parecida a la muerte o a como uno intuye a la muerte; y era previsible sucumbir a esa otra forma de perdición, esa sentencia inapelable que cae justo cuando nos creíamos tan a salvo de la ansias de hacer del otro una cárcel.

Por qué no puedo ser un poco sensiblero ahora que los colores del patio están indecisos entre morir con la noche o entregarse al nuevo día. La risa maligna de Pablo al regreso, no le sacaste los ojos de encima, libidinoso como todos lo de tu estirpe y ese deseo animal, casi enloquecedor de volver a ver a Helena, aunque sea sin fondo de mundo, ella y sólo ella (mierda, no parezco un abogado, servíme Carlitos).

De polvo y tiempo y sueño y agonías y yo me voy mañana y todo se da como en una mala novela, los rumores que llegan te digo que le caíste bien salvo el tema de las expropiaciones que se escapó también vos viejo, no estábamos en algún palacio de invierno de algún octubre y vos creés que todo el  mundo detesta el derecho de propiedad justo vos que vivís en la capital de derecho de propiedad pero es entendible si no tenés  más tierras que la que juntas en el trajín diario y me lo dijo Griselda que de paso se enfermó y yo me voy para allá más bien vamos para allá, sí, los dos y cómo me voy a ir sin conocer el Río de la Plata, aceleré demasiado: el whisky,  parece el pedal derecho de un auto etílico. Griselda, cómplice, vayan con Pablo y Helena, Pablo yo me quedo con Griselda y bueno, en fin el río,  Helena y yo  sentados en un café cualquiera en un tiempo cualquiera, yo, confirmando las apreciaciones de anoche, los ojos idénticos pero el pelo castaño oscuro y no negro quizá por el juego de luces y sombras casi mágico de Buenos Aires apenas mágico antes de Helena; ella dejándose confirmar con ademanes graciosos, arqueos indescifrables de cejas como una epifanía demasiado irreal, con algo de no puede ser, y un sol que despunta en el patio y otro que  va cayendo perezoso regocijándose tal vez de esa aquiescencia que se desarrolla en una mesita de café y que parece buscar otro nombre porque ahora nada es seguro, todo es búsqueda, análisis torpe y mundo que se deshace despacito en dos.

Caminar siguiendo el eterno fluir de un río majestuoso a fuerza de Helena y casi el aleteo final, pensar si la enfermedad de Griselda es casual, no tonto es l-i-t-e-r-a-t-u-r-a no tiene nada que ver con Dios, hace alusión a la causalidad (qué Dios detrás de Dios) hay muchas formas de realidad, sí, no te rías, casi  infinitas, ocurre que heredamos formas ya moldeadas y bien definidas es por eso, pero qué vas a entender vos Carlos, lo entiende (voz disonante) pero se hace el estúpido y el río manso ronroneando ( pichuco  ya fantasmagoría) allá abajo y la casi absoluta imposibilidad de regreso porque la realidad o las realidades no son figuras inertes y tienen sed de nosotros, nos tientan a la fuga, sí Helena a la fuga como cuando nos salimos de nosotros en la percepción de la belleza; en el sillón, cuando escuchamos combinaciones de notas que no son de este mundo, que no pertenecen al pensamiento del tiempo preso de los relojes, o cuando te veo como si fueras lo último que me quisiera llevar en la huída, porque te siento hecha de una inexplicable combinación de viento y colores y roces de tu mano imposibles porque si vos pudieras entender, Helena, lo que significa un ocaso y un amanecer y este río que hasta parece el espía de alguno de los múltiples (qué Dios detrás de Dios qué Dios detrás de Dios…)  compartimentos en los cuales no toca existir. Ahora saberte tomada de mi brazo, justo de ese brazo, y ya perder todo lo que quedaba de apegamiento, de pertenencia, caminar felices de que más adelante no se vea el final y verlo confirmado a cada paso acordado y las dos monedas que sin entender cómo deslizan sus cuerpos en sus respectivos ámbitos. Y el tenue murmullo del lado tuyo, Helena,  que me saca de la leve distracción, del letargo mínimo como si me hubiese ahogado un ratito en esa tumba huidiza que nos inunda los ojos de barro, “y fue por este río de sueñera y de barro”(  Borges, siempre), miento para salir del paso; y en tu oído confieso que sos como siempre te imaginé, que estaba preparado para Buenos Aires pero que Buenos Aires y vos, Helena, son demasiado mientras mis dedos temerosos deshacen la labor del viento y vuelven a pasar un mechón de pelo que te acaricia la cara por detrás de la oreja como un prefacio a la búsqueda inevitable de tus labios; pensando que para qué decírtelo si fue apenas por unos segundos el alejamiento, para qué hablarte de mis historias de abogados o contadores medio depresivos que al salir de una reunión de amigos y whisky se matan en un accidente o se tiran abajo de algún tren del amanecer.

Opción de siempre.

Hoy me di cuenta de que ya he vivido demasiados años. Pero no se crea que fue un pensamiento que arremetió de manera arbitraria, no. Mejor sería hablar de una conclusión que de un arrebato. Y no fue melancólico, ni nada, sólo fue. Caminaba por la pieza, de lado a lado, escuchando el ruido cansino de mis pasos y tratando de invocar recuerdos, cuando no sé en qué momento preciso, advertí que llevo acumulado mucho andar. Me lo dijo la falta de  recuerdos, los de mi adolescencia, por ejemplo. ¿Qué hice yo a esa edad?, ¿cómo era? No lo sé.

Después, cuando me dije que todo daba lo mismo, quiero decir que tener o no tener determinados recuerdos era igual, pues de todas maneras, presentes ellos o no, estaba en el terreno de cosas que ya no eran, me senté en la cama y prendí un cigarrillo. Era el último y me enojó la ansiedad de nicotina futura, entonces prometí no fumar más; lo hice porque sabía que mentía.

El sol se colaba por las imperfecciones de la persiana, y alguien afuera, en el patio compartido, sin dudas una vecina, gritó “mocoso de mierda”. “De mierda”, repetí para mí, y  me pregunté si alguna vez había creído yo en algo. Pensé que un pasatiempo que jamás me abandonó fue burlarme de las personas que creían en cosas exteriores a ellas mismas: socialismo, amor, amistad; cuánta risa me inspiraron y aún me inspiran esas gentes. Aunque debo reconocer en ellos cierta capacidad de olvido mucho más profunda que la mía: yo desecho hechos particulares, ellos oponen a las estructuras mismas del ser humano su poder amnésico. Pero renuevan siempre sus ansias de felicidad, no se rinden. Estúpidos.

Obviamente, aunque no esté seguro, yo  también alguna vez tuve esperanzas, el expediente del divorcio así lo demuestra. Pero mis anhelos siempre fueron sigilosos, desconfiados. Al final el juez demostró en cinco páginas, repletas de prudentes argumentos, que yo durante diez años de matrimonio había sido una verdadera porquería. María Belén estuvo de acuerdo. Diez años, más los cuatro y pico de noviazgo, le tomó darse cuenta de que dormía con una basura.

A mí la sentencia me causó mucha gracia, no pude más que reírme de lo absurdo de todo eso que los hombres llaman justicia, todo ese andamiaje sacralizado basado en el espíritu de venganza.

No me arrepiento de haber caído en la trampa, no soy un súper hombre; creí por una vez que podía ser la excepción. La esperanza es sólo eso: pretender que podemos ser la excepción, que lo absoluto puede darse un respiro con nosotros.

Hay que aceptar que María Belén era hermosa, única en muchos aspectos. El problema no era ella, era el tiempo. A medida que nos acercábamos, María Belén más se me iba. Yo intenté recuperarla, pero las fuerzas raptoras son constantes. Entonces cedí y me dejé estar. Ella no me lo perdonó, sentía, como todos, que ella seguía siendo ella. Entonces no tuve más opción que demostrarle que yo había dejado de ser yo.

Hace poco volvimos a vernos. No nos sorprendimos, el mundo es grande, pero el de cada uno es pequeño. Yo estaba en el café, leyendo el diario, se acercó a mi mesa, me saludó con inusual respeto y me pidió permiso para sentarse; no dije sí ni no y ya estaba sentada.

Creo que estuvimos más de diez minutos sin decir nada. Yo en verdad no tenía nada que decir, además, si ella había invadido mi espacio, supuse que era ella la obligada a hablar. La miré fijamente los ojos. No sentí nada.

Cuando el peso del silencio se hizo insoportable, dijo “hola” y me preguntó cómo estaba. “Hola”, “bien”, dije y tuve ganas de levantarme e irme: eso era ridículo. Todo era estúpido. Sentía el pasado tentado de sentarse con nosotros y odié con tanta fuerza que pensé en matarme. O matarla.

Sin darme tiempo a reponerme de mi ira, me dijo que yo era cruel al tratarla así. Sorprendido, contesté que no tenía nada para decir, que si ella quería podía yo fingir interés o algo parecido. “No, dejá”, dijo simulando fastidio, y me preguntó si quería que se vaya: le dije que me daba lo mismo y comencé a sentir otra vez todo el peso de la estupidez humana danzando en el aire.  Se levantó y se fue. Me sentí aliviado.

Cuando a través del vidrio el café la vi cruzar la calle, me  dieron ganas de correr tras ella y pegarle o abrazarla, lo que me saliera en el momento, pero, rápido, pensé que eso de hacer de la vida una película no es para mí.

Es extraña la memoria. Hoy recuerdo que ese día, el del encuentro fugaz con María Belén, luego de que ella se marchara, pensé en muchas cosas: en el amor, en qué es amar y en qué ama uno cuando ama. Todo echó a rodar gracias a que me pregunté qué pasaría si yo fuera a buscar a María Belén y la invitara a caminar juntos por el filo del río otra vez, como cuando ambos éramos una sola felicidad. En realidad, estaba seguro que de ocurrir eso, de repetir la fórmula, igualmente nada volvería a ser como antes. Todo es irrevocable. Creo que fue justo ahí cuando llegué a la conclusión de que uno ama un estado de cosas en el cual el ser amado es sólo una parte, y esa multiplicidad de puntos que forman dicho estado es tan frágil que sólo nos queda la mentira de la adaptación.

Tampoco puedo olvidar esa sensación de ser el cuerpo, la parte de realidad, el asentamiento de símbolos ajenos, de los de María Belén; yo, culpa de ella hecha carne, necesidad de castigo de ella, personificada; ¿hasta dónde podemos prestarnos a ese juego?, ¿por qué interpretar el papel de sacerdote? Odio las palabras.

Otra vez entra la pelotita de goma por la ventana. Siempre la misma. Siempre el mismo pibe, el mismo rápido, frenético golpeteo a la puerta. Abro y veo dos ojos simulando arrepentimiento, infantiles ojitos fingiendo un nunca más, va a ver, señor. El señor soy yo. Le chorrean los mocos de la nariz y tiene morado el ojo izquierdo. Le pregunto por lo del ojo. “Un pelotazo”, dice flexionando la voz. El padre, un borracho, y fue anoche, pude escuchar, mientras me debatía en no sé qué cavilaciones insignificantes, el discurso paterno, toda la frustración humana de ese hombre haciendo blanco en la cara de su hijo. Casi sentí el olor a vino, la baba, la incoherencia hecha sufrimiento y el sufrimiento hecho puño. Una de las pocas reglas que juzgo inmutable es la siguiente: es válido matarse, echarse a cualquier tipo de infierno, pero hay que evitar, en lo posible, arrastrar a otros. No exijo que la gente se meta en la mierda conmigo, no necesito acompañantes. Si logran la cuota imprescindible de felicidad que sus expectativas dibujaron, que sean felices. Es su problema.

Los hombres no sabemos nada de nosotros mismos, pienso y camino, camino lento, al ritmo de un tango que infla el aire viciado de la pieza, y que viene de váyase a saber dónde. “Canaro en París”, adivino. Por mi viejo, que me sentaba en sus rodillas y me saturaba el alma con sus tangos. Fui un tanguero precoz, que es como decir un sufridor precoz. Decía, creo, bah, no importa qué decía; es que lo más importante del hombre está oculto, no sale jamás, se solidifica en un fondo tan indescifrable como el contenido que almacena. Con la conciencia aparece la noción de futuro, y con ésta la infelicidad. Qué alegre baile nos embriagaría si todo fuera presente, ingenuo, colorido presente.

Tengo todo armado para partir, pero cuesta. La soga danza hace no sé cuánto tiempo casi en la mitad del la pieza. Pude atarla a una madera de las que atraviesa el techo, y que debiera estar disimulada pero no lo está. No pasa una hora sin que me acerque a acariciarla, a sentirla entre los dedos. Al principio me decidí a colgarla porque sabía que jamás iba a hacerlo, luego, andado el tiempo, y familiarizado yo con estos embistes extraños de sensaciones y pensamientos que me acosan, la cuestión cambió de color. Ahora estoy decidido, pero creo que temo menos morir que al dolor. No quiero que me duela. Tampoco quiero arrepentirme cuando ya sea inevitable. De mi juventud no recuerdo casi ninguna de las tantas lecturas con las cuales me apartaba de un mundo, creando otro. Pero sí que hay una que jamás pude exiliar de mi mente, se trata de aquel personaje de Dostoievsky que, antes de colgarse, untó la soga con jabón, queriendo evitar no la muerte, sino el dolor, el exasperante coágulo doloroso en la garganta. Stavroguin, creo que se llamaba. Vale la pena seguir o no. O será acaso que el solo hecho de que existan estas inquisiciones personales justifican las existencia.

No tengo nada, ni a nadie, pero en cierto sentido soy, para mí, el universo. Cargo todo a mis espaldas. Quizás si…

Armo el lazo, arrimo una desvencijada silla al centro de la habitación, subo y meto la cabeza en el imperfecto círculo. Pienso. Estoy cerca, pero dudo. Es que no soy un desesperado, mi decisión es intelectual, y el pensar es conocer, y conocer es en sí mismo placentero.  Muchas, demasiadas imágenes se asoman, como en una sesión de espiritismo: mi viejo, siempre; María Belén, siempre, e inevitablemente puteándome en cuatro idiomas distintos. Una tarde en el río, con mis padres, mis tíos y mis primos. Soy el más chico y los otros, que son cuatro grandotes organizados para joderme la apenas vida, me tocan el culo y se ríen. Grito que basta y los puteo para que tengan y guarden. Siguen riendo. Se ríen de mí. Los odio. Reírse de mí, que no les hice nada. Mi madre me censura por las palabrotas. Quiero meterme en el río y no salir más, ahogarme. Cómo me llorarían, todos. Mi viejo se acerca, barrigón, medio coloradas las mejillas (yo no lo sabía) por el vino, camina despacito y porta un andar chueco, de jugador de fútbol. Jugó al fútbol. Cómo jugaba tu viejo, la frase que más veces escuché que otros dijeran sobre él. Me alza en brazos. Más ganas me dan de llorar. Sé que no debo, pero las lágrimas me desbordan. “Maricón”, me dice, “decime, a ver”, “decime”, repite en mi oído, “decime”, otra vez, porque espera que me calme: “¿el General llora?”, “¿eh?”, “decime” “¿lo viste llorar al General alguna vez?” “No, nunca”, afirmo entre sollozos que se van apagando. “Bueno”, dice él. “Entonces no me ande llorando como una nena”. “¿Vamos al agua?”, desafía. “No te escucho, che, hablá más fuerte”. “Sí”, grito y me inunda una alegría infinita.

Otra vez la pelotita. Golpeó en la pared opuesta a la de la ventana y fue a parar debajo de la cama. Espero. Toc, Toc. Dos ojitos, uno morado, y una nariz, ya sin mocos,  lanzan su manifiesto cotidiano. Me agacho y tanteo debajo de la cama. Agarro la pelotita y se la doy; y veo cómo dibuja una felicidad que no le entra en la cara.

“Ud. es muy bueno, Sr.”, dice. “¿Y esa soga?”, pregunta, señalando al techo. “Nada, nada”,  contesto. Entonces voy a la alacena, tomo un cuchillo, me subo a la silla y corto la soga lo más arriba que permite mi altura. “Tomá”, le digo al pibe, “dásela a tu mamá, para que cuelgue la ropa”. “Gracias, Sr.”, “Ud es muy bueno”, repite. Y sale corriendo al patio; con un pedacito de felicidad agitándose en cada mano.

El extraño caso Manuel.

Esa mañana Manuel abrió los ojos y, por un segundo, pensó que debía ir a la oficina, luego, advirtiendo la amistosa verdad (era sábado) siguió dormitando despreocupadamente; hasta se puede decir que no soñó nada que repugnase a su voluntad. Tampoco intuyó la verdad, aunque, al percatarse de ella luego y repensar el día en su totalidad, recordó que en ese momento sintió cierta inexplicable liviandad a la cual, acuciado por el cansancio, no prestó demasiada importancia.

Sin saber cuánto tiempo pasó desde el pequeño incidente, despertó en forma definitiva. Se alzó  pesadamente de la cama; esta vez no olvidó que era su día de descanso. Fue lento al vestirse, como pensando minuciosamente cada uno de los movimientos. Siempre le costaba trabajo despertarse, parecía esperar se le otorgase permiso para volver al mundo y su invariable rutina. Seguía, obviamente, sin sospechar nada.

Fue a la cocina y se enojó el ver el desorden reinante: platos sucios, pocillos a medio llenar, colillas de cigarrillo en cualquier parte menos en el cenicero y “trotsky”, el perro, indiferente e inexplicablemente mojado, recostado en un ángulo sombrío del ambiente. Para contribuir al caos tomó una taza de la alacena y puso a calentar el café; buscó en vano manteca o cualquier otra cosa untable en la heladera, derrotado, se sentó a la mesa y se puso a jugar con un pedazo de corcho sobreviviente de la noche anterior.

Hirvió el olvidado café, al notarlo, sin prisa, Manuel fue en busca de la cafetera silbante, lo sirvió y, amargo a la fuerza ( hacía días que olvidaba comprar azúcar), lo bebió casi maquinalmente dando aristocráticos sorbos para evitar quemarse.

El perro, extrañamente, hacía caso omiso de su presencia, actitud que rozaba la ingratitud, pero que no tenía remedio.

Se sentía con el ánimo lógico de un burócrata sin la obligación oficinesca, pero estaba tan acostumbrado al trajín semanal que el exceso de tiempo libre le producía una especie de vértigo. Muchísimas veces se creyó capaz de prender fuego a la oficina, pero su cobardía siempre encontraba algún reparo y al impulso belicoso le sucedía una perpleja y culpable inactividad.

De mala gana decidió abordar la calle para ir a la verdulería; julio profetizaba la omnipresencia del frío. Agregó a su atuendo un derruido sobretodo gris y un grueso gorro de lana, y, adecuadamente preparado para llevar a buen puerto la misión, se arrojó a la calle.

Le resultó curioso no sentir frío. Las primeras personas que cruzó iban echando humo por la boca y, aunque no le prestó demasiada importancia en ese momento, le pareció que lo miraban de manera no usual.

Caminaba con paso ágil dispuesto a retornar lo antes posible a su casa, deseaba un fin de semana hogareño, quizá con alguna película y el infaltable partido de fútbol.

La calle no estaba muy poblada, la ciudad parecía estar desperezándose; el frío apretaba, pero Manuel no se percataba de la baja temperatura, iba, como quien dice, abstraído, sin pensar, como un autómata. Las veredas parecían largos zaguanes y las casas soportaban los  tenues rayos del sol invernal sin perder su modesta intimidad.

Entró  a la verdulería y, sin  saludar, se puso a elegir la mercadería, no eran demasiadas sus pretensiones: un poco de lechuga mantecosa, unos tomates, bananas y algún que otro durazno a los cuales, al elegirlos, dedicó detenida atención. Una sorda irritación lo abordó cuando sintió los ojos del verdulero clavados en la nuca; luego, haciendo un esfuerzo por serenarse, se volvió y se  dirigió al mostrador. Los ojos, esta vez, los sentía escudriñando su figura toda. Acto seguido, ya ganado por la calma, sin emitir palabra alguna, puso la mercadería sobre el mostrador para que el verdulero procediera a pesarla. Éste depositaba lentamente  las frutas sobre la balanza deteniéndose a cada instante para hacer las correspondientes anotaciones en un cuadernito y repasar ocularmente al cliente. Manuel, ya francamente irritado, tuvo que hacer grandes esfuerzos por contener su ira.

Cuando terminó su labor, el verdulero, sin poder contenerse y notablemente agitado, dijo a Manuel que lamentablemente le era imposible venderle la mercadería; y, ante los argumentos de éste que casi instantáneamente trocaron lisa y llanamente en amenazas el interpelado manifestó el singular motivo dando a entender gestualmente que no entendía cómo Manuel no advertía el obstáculo insalvable que impedía el éxito de la compra-venta: “Ud. está muerto”, le dijo excusándose. Manuel no daba crédito a sus oídos; obviamente, atribuyó semejante confesión a un extravío mental del cual era presa el verdulero; acto seguido, entreviendo el posible devenir de la situación, tuvo miedo, no de estar efectivamente muerto, eso era absurdo, pero si de la posibilidad de llegar a estarlo si osaba contradecir a ese alienado del cual sólo lo separaba un mostrador de madera. Sin salirse de su casi invicto mutismo, giró y se retiró esbozando una sonrisa nerviosa. Una vez afuera, recuperó la tranquilidad.

El regreso fue una vaivén constante de pensamientos diversos que, comenzando por el alienado verdulero, se remontaba a todo el mundo. Temió por la suerte de los clientes de la verdulería y fugazmente pasó por su mente ir a  la comisaría a hacer la correspondiente denuncia, pero al segundo advirtió que no había motivos suficientes para denunciar nada, y que en el supuesto caso de que el verdulero clavara un cuchillo en la yugular de alguien, nadie podría imputarle a él nada. Estaba irremediablemente a salvo.

Llegó a su casa ansiando no salir nunca más, si el mundo se había vuelto loco él no iba a hacerlo. Trotsky, sin inmutarse, parecía dormir una borrachera milenaria.

Prendió el televisor, pero no había caso: no podía concentrarse en él. Las escuetas palabras del verdulero daban círculos en su cabeza: “Ud. está muerto”, sonaba una y otra vez como sutiles martillazos. En un instante logró serenarse y dio por terminado el asunto con una risotada descomunal; ya finiquitada la controversia, fue hasta la bolsa de pan que yacía en la mesada, tomó una varilla,  la cortó en finas rodajas y, presuroso, puso el pan en la sartén para tostarlo. Recordó la falta de manteca y se deshizo en blasfemias; apagó la cocina, dejó todo sin acomodar y, de notable mal humor, se fue a meter nuevamente en la cama, prometiéndose esta vez no  moverse hasta el lunes a la mañana.

El teléfono despobló bruscamente sus sueños. De mala gana se levantó y fue a atender. Alzó el tubo y se irritó sobremanera al advertir que del otro lado no le contestaban. Le parecía escuchar una respiración y, cuando ya estaba dispuesto a cortar, una voz de mujer (¿Andrea?) se disculpó y cortó; definitivamente el mundo estaba rematado, pensó, y volvió a la cama.

La próxima vez que se levantó supuso acertadamente que era domingo. Fue al baño, y al principio, por motivos inexplicables, evitó mirarse al espejo. Cuando terminó de vaciarse tomó coraje y giró; tremenda risa lo ganó al ver que el espejo, sincero amigo, le devolvía la imagen que él tenía y esperaba ver de sí mismo.

Preparó el mate y se sentó a ver el partido sin que nada lo intranquilizase. La tarde se fue deshaciendo lenta y, cuando ya había declinado en noche, Manuel eligió volver dormir hasta que el yugo de la costumbre indicara que debía ir a la oficina. Ni siquiera pensó en comer algo; hacerlo implicaba un esfuerzo que se negaba a hacer.

El preciso despertador dijo “lunes” y Manuel se irguió con ganas. Con el estómago atiborrado de café dispuso salir, antes, puso comida al plato de Trotsky.

Entre las penurias que de por sí trae el trabajo, una, la no menos importante, es la distancia que nos separa de él, tanto que, muchas veces, al obligarnos a combinar varios medios de transporte con el fin de trasladarnos, hace que el presentismo quede a la merced de innumerables vicisitudes del azar. Manuel, afortunadamente, podía vanagloriarse de poder ir caminando a la oficina.

El aire de la mañana sacudió sus sentidos. Ese lunes las ramas de los árboles lo saludaban, los pájaros parecían dedicarle su inconsciente melodía, todo el orden cósmico se adecuaba a su alma, ¡qué bello era absorber el aire pleno hasta hinchar los pulmones!  Manuel estaba contento y, sin indagar los secretos motivos de tamaño estado de ánimo, juró no dejar que nada empañara su plenitud

Entró a la oficina entre los primeros y la promesa tardó poco en divagarse. El primer compañero con el cual se cruzó lo observó con esa mirada por él tan bien conocía; dándole en cambio un afectado desdén, Manuel fue a su oficina y  se puso a trabajar.

Casi al mediodía entró la secretaria del jefe. Pensó lo motivos por los cuales el jefe lo podía requerir y no halló nada que justificara la cita; desganado fue a su encuentro.

Entró a la oficina dejando traslucir, lo mejor que pudo, su mal humor; el jefe, al verlo, apartó el diario que estaba hojeando, le invitó asentarse y le ofreció  café. El gesto preocupó a Manuel, pues era el primer café que el jefe le ofrecía en sus fatigados años de servicio.

El jefe fue directo. Enterado ya del despido, Manuel tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no saltar encima de ese obeso burócrata, sus carnosos labios, su papada desagradable y el tic nervioso del ojo le dieron un asco atroz; sin saber cómo encontró la serenidad suficiente para exigir los motivos, y, al recibir una mirada familiar como contestación, bruscamente se levantó y exclamó: “ya sé; estoy muerto”. El semblante del jefe palideció, su rostro parecía la luna de un mundo asqueroso. Sin esperar más  Manuel se levantó, y, obviando todo tipo de despedida, dejó la oficina a la que había dedicado casi toda su vida consciente.

En el camino se regreso no ahorró hipótesis a la hora de explicar su situación, ya en su hogar, su análisis fue haciéndose más minucioso.

Instintivamente, una persona como Manuel, más temeroso, como todo buen burócrata, de perder el empleo que la vida, es un escéptico habituado a no verse afectado por los indescifrables avatares de la historia, y esta actitud, sobre la cual  descansa el mundo actual, es habitualmente acompañada por una repulsa instintiva a todo misticismo o metafísica. Su penosa actualidad hizo que Manuel comenzara a tantear, como una persona cuyos ojos se ciegan de golpe, en tierras hasta ahora inexploradas.

En un principio hasta sintió algo que podría bien definirse como alegría, pues, de ser cierto su fallecimiento, él vendría a ser una especie de privilegiado por la gracia; no hay muchos, se decía, que puedan habitar el mundo de los muertos sin dejar de experimentar todas las sensaciones del mundo gobernado por la materia. Pero una objeción irrumpió: él no podía explicar nada del mundo ultraterreno, seguía, excepto para sus humanos enterradores, atado totalmente al mundo de los vivos.

Por más que girara sobre sí mismo no podía darse una idea a la cual aferrarse; todo parecía pasarle a otro como si algún Dios medio taimado lo tomara como bufón.

Obviamente pensó en ser engañado por un sueño, pero la causalidad, que en el ensueño juega con nuestras sensaciones prescindiendo del orden usual, obraba sin dilaciones; para comprobarlo ensayó módicos ejercicios: tiró un pocillo que estalló en el piso, arrojó un tomate a Trotsky que, sorprendido, huyó a la pieza, sumó, restó, multiplicó y dividió mentalmente. Nada: el mundo causal y las férreas intuiciones del álgebra no se daban por aludidas. Agotado (vio en su cansancio una muestra más de su terrenalidad, los espectros desconocen la fatiga, infirió) optó por buscar tranquilidad en la cama, mañana debería buscar un nuevo trabajo.

No encontramos razones válidas para explicar el caso “Manuel”. Basta agregar que, firme en la decisión de encontrar un empleo que le permitiera llenar su tiempo y cubrir sus nunca muertas necesidades, recorrió decenas de oficinas, tocó miles de puertas, envió sus antecedentes a cuenta dirección apareciera en la sección de clasificados y buscó en vano el consuelo de quienes consideraba sus amigos. En una ocasión abofeteó a un médico que diagnosticó que sus análisis habían dado muy bien, pero que, obviamente, de nada le servía, pues estaba muerto.

Sus pensamientos fueron adaptándose al trajín diario y poco a poco fue desinteresándose de causar, azares y destinos.

Ya pasado un tiempo, Manuel volvía a su casa agotado por su ya desesperanzada búsqueda de sustento, y, al entrar, no se sorprendió al ver que el dueño le mostraba el inmueble a un potencial inquilino haciendo caso omiso de su presencia.

Justo es sentenciar que Manuel soportó su situación gallardamente, y que salvo justificadísimas excepciones, no se quejó de su suerte. Pero nosotros, beneficiados por la perspectiva del narrador que puede buscar datos emocionales o de tintes psicológicos que el sujeto del análisis está impedido de desmentir, podemos deducir que, entre todas las humillaciones sufridas por Manuel en su largo ostracismo, hubo una que lo obligó a la fatalidad: la ausencia de Andrea, que él jamás intentó modificar (de sus labios no iba soportar la sentencia), fue un creciente dolor, que, al llegar a determinada intensidad, se arrancó a él y obró trágicamente.

Una noche llena de silencio y ausencia Manuel, harto de estar muerto, se voló la cabeza con un revólver que heredó de su padre; un brutal expediente policial sentenció “suicidio”. La gente que lo frecuentó lo recuerda como una buena persona.

Walkyria.

Trabajar de camionero es estar expuesto a los relatos fantásticos. Cuando el descanso nos llama desde algún parador es casi imposible no verse, muchas veces sin saber cómo, prestando oídos a alguna historia extraña mientras el vino va haciendo su parte. La noche en la ruta es diferente, es otra noche. Aún sin ser yo de los que creen todo lo que  escucha, me gusta demorarme en alguna mesa entre mujeres que estaban pero después no estaban o salvadas milagrosas que no pueden ser obra humana porque iba dormido; en fin, quien de todos los que deambulamos por esas venas de cemento no ha visto luces inexplicables paseándose por el cielo o escuchado ruidos, en medio de la soledad amiga de las necesidades fisiológicas, que parecían no ser de este mundo.

Yo también participé hace años de una experiencia por llamarla de alguna manera sobrenatural. Se me da por escribirlo ahora porque soy diferente al que era en esos tiempos; ignoro si el hecho influyó para que despertase en mí el gusto por la literatura, pero ahora me siento capaz de transcribirlo con la misma facilidad en que en aquellos tiempos lo contaba a cualquier compañero entre parrillada y fútbol. Me da gracia pensar en que me uní a la rama literaria de la familia, justo yo, que me la pasaba recriminándole a Susana que dejara de hacerle leer a Leandro esos libros que hacía leer a sus alumnos y que no servían para nada.  En esa época juzgaba dispares al puchero y la lectura, ahora, siendo yo un aficionado de ésta y un esclavo de aquél, no les achaco incompatibilidad.

Por esos años la empresa me mandaba casi siempre para el lado de Mendoza, y para mí era mejor que así fuera; claro que de Belville al puerto de San Lorenzo la distancia es mucho menor, pero las rutas 92 y 33 son insoportables y en época de cosecha el tedio es mayor, pareciera que el país se inclina entero para el lado del puerto. Además, para los acostumbrados a esa monotonía tan verde e indiferente que es la llanura, siempre son agradables los paisajes un poco más complejos, las montañas nunca son iguales a sí mismas, con cada viaje parecían moverse, como si fueran piezas de ajedrez, quizá sea eso lo que haga de ciertas regiones una constante novedad.

Cuando un compañero me pidió que lo sustituya en un viaje al puerto de San Lorenzo acepté a regañadientes, pero le debía varias y hay ciertos códigos a los que debemos someternos como a la más sabia ley escrita. Me imaginaba la fila interminable de camiones dispuestos a descargar, la minuciosa vigilancia para que no me roben la soja, el asfalto bastardeado que me esperaba, pero no era cuestión de castigarse de antemano, era en definitiva un solo viaje.

Salí de Belville al anochecer del día anterior al del cupo de descarga, respetando la velocidad y sin ningún sobresalto inesperado, llegaría a destino de madrugada. Preparé el indispensable equipo de mate, y después de cenar partí; no hacían falta demasiados preparativos, la extensión del viaje no los exigía.

La ruta 92 se portó mejor de lo que suponía, el camión parecía un camello de metal en un desierto de sombra y cemento, la noche, creo, no era tan sofocante como se esperaba de ese verano tan pampeano y húmedo.

Cuando empalmé la ruta 33 preparé el mate recriminándome no haberlo hecho antes porque generalmente está más poblada que la 92, pero extrañamente la soledad parecía envolverme, recuerdo que casi no crucé vehículos, lo que tornó más sabrosos los amargos.

La ausencia de compañía es siempre un aliciente del pensamiento; es por esto que cuando viajo parece que somos dos, mis recuerdos y monólogos interiores y el que cumple la tarea casi maquinal de dirigir el camión para que no terminemos, los dos, mi mente  y yo, adentro de un cajón con el piso de techo.

Cuando pasé por Casilda recordé a Verónica, la chica que trabajaba en el peaje que está unos kilómetros antes de llegar a Pujato. Algunos años antes del viaje que relato, cuando el destino de puerto era más frecuente, muchas veces había sido atendido por ella, hasta una vez se me cruzó con una botellita de agua en la mano como viniendo de la nada justo cuando salía de la vía y casi la choco. Era bonita y gozaba de cierta fama entre los camioneros. Había épocas en las cuales era difícil no escuchar diálogos en los paradores de la zona en los cuales se polemizaba sobre si Verónica (“la Vero” para los confianzudos) era rubia natural o recurría asiduamente a la tintura para que el pelo imitara a la luz del sol como parecía imitar. Pero siempre, sin importar las hipótesis disímiles, todos terminaban por coincidir en que era un ángel (los confianzudos lo decían con otras palabras que en el fondo significaban lo mismo, claro). Era terrible el enojo con la intuición o el azar cuando uno notaba que justo Verónica estaba atendiendo en la cabina de al lado, era toda una decepción descubrir que se había estado a  un volantazo de verla de cerca, hasta hubo casos, en los cuales el vino tenía algo de responsabilidad, que algún camionero puso marcha atrás y retomó la senda correcta para pagar del lado “Verónica”. A mí, cuando me tocaba, me gustaba observarla en silencio, sin alardear ni proferirle obscenidades, siempre creí que a la belleza femenina, cuando es inalcanzable, hay que gozarla sin palabras que la empañen, mudo, como se degusta un buen vino o un buen libro (ahora, claro).

Mientras me acercaba al peaje recuerdo como si fuera hoy que casi desistí de la posibilidad de ser atendido por Verónica; los dos años transcurridos desde mi última excursión al puerto, los turnos y horarios del peaje que supuse rotativos y la vida misma, que podría  haberla apartado de ese pesado trabajo, se conjuraban en mi contra. Cuando ingresé en la única vía abierta mis deducciones se tornaron falaces; ahí estaba Verónica para cobrarme. Se veía, claro, igual que siempre, a esa edad los años son benignos; noté (o después rememoré, no sé) que estaba un poco pálida, cosa extraña en verano, pero bien podría haber sido la luz blanca de la cabina que, de tanto insistir sobre su rostro, terminaba por palidecerlo un poco. Lo demás igual a como la recordaba, igual de rubia, igual de bonita, igual de ida por esa música que llaman electrónica y que parece un martillo golpeando constantemente una cacerola. Me dio el ticket correspondiente y pude admirar sus larguísimos y finos dedos excesivamente cuidados. La saludé cordialmente y correspondió en forma mecánica, enfatizando esa indiferencia con algo de  cuadro de museo, como sabiendo que todo estaba de su lado, cuando salí le eché un último vistazo  llevándome conmigo los carnosos pero no desproporcionados labios y el desorden que regía la cabina, tanto que la pantalla de la computadora emergía entre cartucheras, espejitos, lápices, envoltorios de golosinas, paquetes de masitas y rollos de máquina.

“Una Walkyria”, pensé apenas salido del peaje recordando esa palabra que no sabía qué significaba pero que Leandro profería cuando veía a alguna mujer bonita por televisión o en alguna revista pidiendo inmediatamente la opinión de Susana que asentía o disentía como si fueran potenciales nueras y no se interpusiera entra Pablo y ellas una nada infranqueable.

El espejo retrovisor poco a poco terminó por borrar las últimas lucen del peaje y seguí con los mates y pensando. Esa noche la oscuridad tenía algo de tétrico, como si mil demonios hubieran salido a pasearse en carros negros y silenciosos. Una sensación de extrañamiento me sujetó por un momento; hasta que, al rato, una luz lejana me devolvió la tranquilidad de que no era yo el único viajero de la noche, y, cuando las luces ya fueron dos, saludé con las acostumbradas señas al compañero de enfrente como queriéndole agradecer por demostrarme que al menos quedábamos dos en el mundo (tres… si Verónica).

Subí por el puente de la AO12 un poco a aliviado por la cercanía del puerto, pero ofuscado de antemano por el tiempo que demoraría en descargar. Mientras tanto la noche giraba alrededor del camión pero ya con otra actitud, más educada podríamos decir. Algunos kilómetros antes de destino me eché a un costado y bajé a orinar, no hay acto más libre que desagotarse en una banquina; enfrente se ensanchaba esa soledad majestuosa que es la pampa, tan introvertida y poderosa que uno se siente un artificio menor de la naturaleza, un boceto de algo que está por venir mucho siglos más adelante y que no se sabe bien qué será.

La fila de camiones, si bien era excesiva, no se equiparaba a la que yo  imaginaba desde que salí de Bellville, de todos modos, la cantidad de camiones esperando descargar, fijaría mi regreso para la tardecita del día que ya se mostraba tímido en el horizonte.

Bajé del camión  para revisar  las gomas y vi al compañero de adelante en idéntica tarea; lo saludé y recibí las quejas de siempre por el tiempo que es plata y no puede ser que uno tenga que esperar tanto para descargar y el estado de la ruta y los del peaje no hacen nada. Prestando pasivamente oídos a los dichos de mi compañero pensé que la fila, si bien no era todo lo extensa que yo sospechaba, tampoco se correspondía con la ruta casi despoblada que había transitado, pero no había más que resignarse a los hechos, la fila de camiones estaba ahí, como la ruta, los mates y la cabina de peaje pasada. Cuando el compañero terminó el monólogo no me costó trabajo subir al camión y entrar en sueño profundo.

Como no es mi intención relatar minuciosamente el hecho común y medio estúpido de descargar cereal en el puerto, sólo diré que, efectivamente, descargué casi entrada la noche y emprendí, bien descansado y gozoso, el viaje de vuelta.

Cualquier  viaje es como una medalla con dos caras idénticas, la ida y la vuelta, aunque hay algunos, los que suelen ser más dolorosos a fuerza de ausencia, que se conforman con ser sólo ida, pienso en cualquier exiliado, sea de un país, sea de la vida.

La vuelta fue con otro vértigo, parecía que los camiones, ausentes el día anterior, hubieran acordado salir a laborar todos juntos; esta situación retardó mi caminar pero nunca me inquietó volver con paso un poco más cansino que la ida, a fin de cuentas, el trabajo estaba cumplido. La noche (o yo, no sé) era distinta a la anterior, se me hizo más familiar, ahora las luces iban y venían y los estruendosos motores no dejaban pensar tranquilos a los campos.

Cuando salí de Pujato volvió el rumor de Verónica, pero esta vez ya casi no tenía esperanzas de verla nuevamente. Y así fue nomás: entré a la vía y ya desde varios metros podía verse que el habitante de la cabina era portador de una cabeza descomunal, luego no era Verónica.

Si la cabina de Verónica era puro desorden, qué decir de la de este cajero macrocefálico; pero si el desorden igualaba a ambas, en la de este chico era más uniforme, pues sólo se trataba de libros y más libros, arriba de la pantalla de la computadora, en la mesa, detrás, en el armario, la cabina parecía una pecera – biblioteca; obviamente me vi obligado a interrumpir su lectura y hasta me pareció advertir cierto animosidad en su saludo, pero supongo que fue una impresión lógica motivada por las relaciones intrínsecas de esos dos polos opuestos del mundo: el que cobra y el que paga. Aún así, en un rapto de sociabilidad, le comenté que prefería ser atendido por Verónica más que por él, como la noche anterior. Recuerdo cómo sacó el ticket ofuscado y me dijo que esas cosas no son motivo de broma. Ahora pienso que mejor hubiera sido insultarlo y seguir viaje o solamente no decir nada, pero se me dio por profundizar en lo que creía una falta de respeto de su parte. “No te entiendo pibe, le dije, anoche pasé y me atendió Verónica”, “no puede ser, contestó serio como una estatua, Verónica murió hace poco menos de un año, se habrá confundido”, luego, rompiendo un silencio meditabundo, agregó que la noche anterior él y su grupo eran los que habían trabajado. Como me dio la impresión de que hablábamos idiomas distintos, no insistí en mi posición, y, siguiéndole  el juego, indagué el motivo de la hipotética muerte de aquella que hacía veinticuatro horas yo había admirado. “Se dejó morir”, me contestó literariamente. Esa respuesta me tranquilizó, pues la creí hija de alguna patología psíquica del cajero a la cual se me hizo no del todo ajeno el desmesurado tamaño de su cabeza. Más calmo, le pregunté que cómo era eso de dejarse morir y me respondió que la autopsia no reveló nada, y que según su opinión Verónica murió de amor, que es el único motivo válido para dejarse morir. Miento si digo que no me agradó la sentencia, pero no di ni una pizca de veracidad a los dichos. “Era hermosa”, le dije fingiendo pesar, “sí, asintió, una walkyria” No pude contener la risa; sin preguntarle más nada, y con la locura confirmada, salí de ese peaje lunático y pensé inmediatamente en Leandro y en esa casualidad si se quiere idiomática que hacía coincidir a dos seres extraños entre sí, cuerdo uno y alienado el otro, en designar con esa palabra desconocida a objetos similares en lo bello.

En Casilda paré en una estación de servicio a tomar un café todavía extrañado por lo sucedido. Una joven notoriamente desganada me tomó el pedido y no tardó en regresar cumpliendo con su parte. Mientras revolvía el café pensé en ese pobre chico del peaje y deduje que el encierro en esas cabinas deben incitar inconscientemente al uso de la imaginación, como si fuera una cabina de camión estacionado de por vida; o tal vez ahora se estaría riendo junto a algún compañero por la broma que había gastado a un camionero medio estúpido que pasó hace un rato; luego se me dio por indagar  los efectos nocivos que puede causar la literatura en personas demasiado influenciables, pero nada quedó definitivo, mis pensamientos eran hipótesis, puro divertimento.

Cuando fui a pagar, algo, una intuición, un llamado, una rememoración fugaz del viaje de la noche anterior me intranquilizó; retornaba improvistamente a mi mente la misma desierta ruta, esa noche que parecía tan fuera de todo, el saciarme en la banquina callada como una maqueta de maleza, en fin, como una necesidad impostergable  de que todas esas impresiones debieran ser reanalizadas con argumentos fehacientes, desde otra perspectiva y no los de la propia subjetividad siempre tan engañosa; esa sensación, que fue apenas un segundo de imperceptible temblor, hizo que después de pagar sacase de la billetera el ticket que Verónica me había dado la noche anterior; y fue justo ahí cuando todo empezó (o terminó), fue justo en ese momento cuando ya todo lo sensato seguía un derrotero azaroso destruyéndose contra ese pedacito de papel que, aparte de gritar que me había costado dos pesos con ochenta, había sido expedido por Verónica sin apellido (no llegué a verlo) justo un año atrás.

Llegué a Belville cuando mi casa todavía dormía; con pasos sigilosos fui hasta la biblioteca familiar que hasta ese momento era exclusivamente de Susana y Leandro. Me sentí perdido ante los numerosos anaqueles que mis ojos no acertaban a dar un orden; con bastante trabajo hallé lo que buscaba, el libro era, como acostumbran a ser, grueso y solemne, busqué con avidez y logré sin demasiado esfuerzo dar con la pista que creía necesaria: Walkyria: f. cualquiera de ciertas diosas de la mitología escandinava que en la batalla elegían a los héroes que habían de perecer, y en el cielo eran sus escanciadoras, me tranquilizó un diccionario al que desde ese día me une una secreta complicidad.

El numerito.

El ochenta y nueve. Si sacaba el infinito era lo mismo. Seguro que esa bola grasienta y repugnante de maldad, en breve, va a cantar treinta y cuatro; si ando de suerte. Cómo esa masa voluminosa puede estar casada (lo está) es un enigma que supera toda mi capacidad de análisis. Pienso en el tipo que todas las jodidas mañanas, cuando el despertador tiembla de ruido, está condenado a ver eso y me siento un privilegiado. Porque no sólo es un continente de tejido adiposo, además es mala. Ahí está, cantó treinta y ocho. Y lo goza, sé que se relame con mi desgracia. Treinta y ocho. Ni quiero sacar la cuenta. Tengo medio Pekín adelante. Encima no están todos acá. Los muy hijos de un tren cargado de putas vienen, sacan el número y se van por ahí a tomar un café. Y le mandan mensajes con eso chotos teléfonos a la gorda que les alcahuetea el número por el que va. Pero yo no, porque soy tan pelotudo que saco el número y me quedo a transpirar como un luchador de sumo en plena selva misionera. Te vas a morir gorda, ese corazón vacuno que tenés clavado en medio de esas dos tetas montañosas que no las podés sostener ni con un corpiño de cinc va a explotar. Un Hiroshima. Vas a ver. Treinta y nueve. Vas a reventar, vas a ver. Y ese día voy a cocinar un lechón para mí solo, y me voy a mamar como un beduino y voy a ir a bailar sobre tu tumba. Vas a ver.
Esto es un infierno y esa gorda tiene un ventilador exclusivo que le apunta a tiempo completo. Los otros, el flaco, que labura como un negro, no da más. Encima es el que se come todas las puteadas. Ella canta los números, y el flaco, y la otra, la petisa, van de acá para allá, se trasladan como sobre patines. Ahora adónde va. La voy a matar. Se fue la muy desgraciada. En cualquier momento me tiro al piso y simulo un paro cardíaco. Si no me da uno en serio. Ahí vuelve. Con un yogurt en la mano. Y pone cara de publicidad de yogurt dietético. Madre mía, ya hubiesen linchado a los fabricantes si los yogures dietéticos dieran esos resultados. Cuarenta.
Estos son los momentos en los cuales me pregunto qué hace alguien como yo en un lugar como este. Es decir que hago yo en el registro del automotor. Claro, soy gestor automotor, adónde iría a estar, ¿en la bolsa de comercio?
Pero no es eso. El problema es que daba para más. Cuántas horas discutiendo sobre Sartre o Camus, Freud o Lacán y qué sé yo. Mejor le fue el negro Fortunatto. Cómo rompía las pelotas el negro Fortunatto con que había que desalienarse y todas esas pelotudeces, aunque él se desalienó, y pagando al contado: se casó con las dos mil hectáreas de la gringa Calabrini. Y cómo rompía las pelotas. Que la dictadura de las cosas sobre el hombre debe pasar a ser la dictadura del hombre sobre las cosas, que la superestructura, que la diacronía y las putas clases dominantes y que a desalambrar y la concha de “El Capital”. Qué calor. Largá el ventilador, esfera pregonera. Nos querés matar a todos.
Y el forro de Camus: que el hombre repite maquinalmente siempre lo mismo, y que Sísifo, pero que un día…un día nada, no pasa nada. Sí, uno, dos, tres reaccionan: uno caza el bufoso y se pega un corchazo, otro se echa al abandono y el que resta renuncia al laburo y busca otro por lo general peor. Camus. Hijo de puta. Dame a mí el cerebro de Sartre o de Camus y viviría de los derechos de autor. Me quedaría chico el Atlántico para hacer la plancha si fuera alguno de esos dos. Pero yo soy yo. Soy el que soy; es decir soy el que se está cagando de calor en esta oficina estatal de mierda mientras de adentro, de bien adentro me crecen unas ganas ciclópeas de asesinar a ese ballenato que ahora hace como diez minutos que se fue supuestamente a tirar el puto tarro de yogurt y no aparece a cantar los números.
Hace una hora, sesenta minutos, no sé cuántos malparidos segundos que estoy acá, esperando. Perdí más líquido que un boxeador y el planeta Júpiter diabético recién cantó el sesenta y ocho. Lo cantó prepotentemente, como si fuera una de esas valquirias todo terreno de las óperas wagnerianas. Y pensar que yo tenía buen gusto. Me cagó la vida Patricia. A veces me da por pensar que los hombres somos la criatura más pelotuda que la naturaleza fue, es y será capaz de crear. Pelotudos con mayúsculas. No sabía cómo juntar unos pesos para mí y ya pensaba en ganar para los dos. Tenía fe. Confiaba en que todo iba a mejorar, en que, quizás, podría terminar la carrera. Pero qué mierda voy terminar. La concha de Engels; cantá un número piñata mamífera. Ahí está. Para colmo aparecen tipos que, maletín en mano, se saben adelante mío. Y todo este sudor. Tengo la espalda como una catarata. Todo por una transferencia de un Volskwagen 1500 por la cual saco, a lo sumo, cuatrocientos miserables, forros pesos. Que es como decir que compro una semana sin que Patricia me rompa las pelotas. Patricia, la profesora. Tiene título. Cree que una pelota de fútbol pica porque tiene un conejo adentro y da clases de física. O las ciencias retrocedieron a tiempos anteriores a Bacon, Kepler, Bruno y Galileo o a ningún superior se le ocurre averiguar si mi señora conoce lo que es un hectopascal, de no ser así no estaría difundiendo las burradas que difunde diariamente.
Setenta y nueve. Claro, también son los kilos que perdí hasta ahora esperando. Ya no me quedan posiciones que adoptar y este portafolio, que no sé para qué carajo llevo a todos lados, ya pesa como una góndola de ladrillos. Pero tampoco lo quiero dejar en el suelo. Creo que quiero sufrir. Es como si mi sufrimiento realzara mi odio. Y mi odio me mantiene vivo. Mi odio a la gorda soprano. Bolsa de mondongo. Recién, antes de la cifra al aire, entró un pelado; le brillaba la calva como un espejo, sacó un número, espero la voz campante del coro de niños cantores empaquetado en un solo cuerpo y se desilusionó tanto con lo oído que tiró el papel al diablo y se las tomó. Ahora debe estar rezando un padrenuestro de puteadas en arameo. Debe haber ligado la letra Aleph, el día del chongo lo van a atender. Me deshidrato.
Lo peor es que somos todos unos miserables. Vivimos como la reverenda mierda y seguimos. El otro día vi un documental en el cual no sé qué científicos yanquis estaban intentando manipular los genes de tal manera que la vida del hombre alcance mil o dos mil años. ¿Están locos? La ola de suicidios sería espantosa. Cómo se puede ser tan otario. Sin algo tiene esto de bueno es que la vida es relativamente corta. Ochenta y tres.
Me acuerdo que siempre alguien (casi siempre el flaco Gentiletti) venía con la idea de la muerte y todo eso. Cuántas cosas se han dicho sobre ella. No debe haber nadie que, consciente o inconscientemente, no desee morir. Si alguien alguna vez en su vida ha transpirado como yo estoy transpirando ahora acá adentro, en esta bendita, impoluta, autárquica y estúpida oficina del Estado es imposible que no haya pensado en terminar de una vez por todas con la existencia. Es más, si se lo piensa bien, que llevemos las vidas de mierda que llevamos, es el fundamento de que la muerte no sea tan dramática. Si pienso en la vida que prometían los comunistas, ese mundo pleno en el cual cada uno trabajaría según sus capacidades y recibiría según sus necesidades, es difícil no hacerse la idea de que, en semejante universo, la muerte sería una verdadera mierda. Pero no, vivimos en este mundo y no lo va cambiar nadie. Ni Sartre, ni Camus, ni Foucault, ni Derrida, ni Perón, ni Evita. Tampoco los laburantes. No pasa un día sin que en la televisión un sector de laburantes no salga puteando a otro sector de laburantes. Hoy ser patrón es una pavada. El hombre explotado conforma un rebaño que se cuida solo, bah, solo no, hace falta un ejército de pelotudos con un micrófrono, a los cuales los mismos esclavos garpan el sueldo, que le meta en las cabezas que sus intereses son idénticos a los del hijo de un container de putas que sale en las revistas en la isla del choto comiendo cagadas exóticas, tomando un vino que sale más caro que mil sueldos de esclavos juntos al lado de un gato tetón que no sabe dibujar un cero con un vaso y cuyas cirugías son más caras que los remedios que salvarían la vida de mil o dos mil pibes que mueren por alguna de esas enfermedades que siempre les agarran a los mismos, a ellos, a los esclavos. Total fue Dios el que se lo quiso llevar. Las pelotas, mirá si Dios se va a llevar un pibe, se lo llevó el chagas, el dengue, el ébola, esos cositos chiquititos que se te meten adentro y que cuanto más pobre sos más certeramente y rápido te matan; qué Dios, ni Dios. Hijos de Puta. Ya me debe estar por tocar.
Y yo por cuatrocientos pesos de mierda renegando con esta bolsa de perversidad. Me voy a inmolar, van a ver. Pero la voy a hacer bien. Me voy a llevar conmigo a varios. Y a esta condenada oficina la voy a prender fuego. Aunque a la gorda me gustaría meterla en una jaula, enorme, claro, y obligarla a hacer dieta. Sí. Armaría delante de sus ojos una comida romana, llenaría una mesa de frutas, lechones, pollos, asado de tira, achuras, sándwiches de miga y le daría un papelito con el número cuatrocientos millones y gritaría “uno” y picaría algo, luego “dos” y agarraría otra cosa, y así hasta morirme, hasta explotar ante sus ojos de vaca con aftosa que me mirarían anhelantes, sufrientes, rogantes como yo miro ahora ese pendorcho en donde clava los números que le van dando todo este ejército de cagadores a medida que van logrando llegar a cumplimentar sus seguramente más jugosos trámites que mi choto y malparido Volkswagen 1500. Cuatrocientos pesos. No puedo comprar ni cuatrocientos gramos de fiambre primavera con eso. Pero al país le va bárbaro. Mejor le va al país macro, más para el culo me va a mí, un micro. Y que no exista un anarquista como los de antes que se ate un cinto de dinamita y haga volar la casa Rosada a la mierda. Que el terrorismo es irracional, dicen los infradotados políticos: ¡la acción terrorista es la más racional de todas!, ¿existe algo más racional que elegir el momento en que uno va a morir? ¡Esto es irracional!
Por favor, que me toque, ya ni sé en qué número va. Hace más de dos horas y media que me torturo en esta cámara de gas invisible. Me prendo fuego a lo bonzo. Pero antes te voy a dar un abrazo y vas a arder, Mefistófeles de diez mil toneladas, vas a ver.
Ochenta y nueve. “Yo, acá estoy”. “Buenas tardes, Judith, acá tiene el número. Qué linda está hoy”.

Un amigo, dos historias y una servilleta póstuma.

Tuve un amigo al que solía visitar con frecuencia. Era alto y, no sé en obediencia a qué leyes de la transmutación, unas veces era gordo, otras flaco; en ocasiones se me hacía parecido a Freud, para metamorfosearse luego en Churchill. Lo sucesivos cambios lo convertían en un hombre de edad indefinible. La verdad que no sé cómo lograba reconocerlo; tal vez fuera por el mate que criollamente me ofrecía cuando llegaba de visita a su casa o, quizás, por cierto velo de tristeza que no lograba disimular del todo sea cual fuera el aspecto asumido.

Muchas veces me costaba comprender el exacto significado de sus palabras, pero, una vez extraído el pedazo de pan que estaba masticando, sus dichos sonaban claros como el cristal.

“Amigo –me censuró una vez que le confesé ciertas hecatombes del pensamiento que me separaban del mundo-; el problema es que Ud. no puede concebir el mundo sin verse a Ud. mismo metido en medio de él; no sea un obstáculo, hágase prescindible y lárguese a la aventura de vivir.”

Había días en los que apenas soltaba un puñado de palabras: “el silencio es la música en sus infinitas posibilidades”, decía con voz tenue apenas salía del rígido mutismo.

Era sin dudas un ser extraño. Adhería sin reparos al materialismo histórico, pero juzgaba que los bolcheviques habían sido demasiado duro con los anarquistas, “esos seres indómitos, pero preciosos”, dijo alguna vez. Obviamente censuraba la metafísica, pero no del todo a Schopenahuer.

Sus diversos estudios lo habían paseado por las aulas de la facultad de Derecho, al indagar los motivos de semejante elección, decía que las leyes son el principal enemigo del hombre, pero nunca está de más conocerlas.

Nuestros encuentros siempre tenían como cortina de fondo un tango: “los días pasan como flechas cuando no se escucha a Pugliese”, acostumbraba a decir. Cuando algún tango lo poseía por completo gritaba que “el alma danza al ritmo del dos por cuatro”, “si no tuviese las tabas tan duras”, rezongaba resignadamente unos segundos después.

Mi amigo carecía, como yo, de fe; decía que la fe no se aprende y el que es incapaz de ella debe resignarse a buscar otros motivos, otros resortes que impulsen su existencia. Descreía tanto del cielo como del infierno. Del ámbito infernal sostenía que era inadmisible que una falta cualquiera en el mundo terreno justificara el suplicio perpetuo: ¿y dónde está la debida proporcionalidad que debe existir entre la falta y la pena?, refunfuñaba.

En cambio, si bien aceptaba que la idea del cielo resultaba interesante, creía que, de existir tamaña estancia divina, nadie podía ser privado de ingresar en ella.

Una vez llegué destruido, él, luego de ofrecerme el mate de rutina, me dijo: “compañero, no venga con lágrimas de amor, la desdicha es común, ¿cree Ud. que basta querer enamorarse para enamorarse efectivamente? Quizás esa mujer no era para Ud.; las mujeres hermosas son demonios enviados para destrozar las almas de hombres sensibles como Ud. Escuche –me dijo señalando el desvencijado Winco que yacía en la mesita de luz-, ese tango se llama Chiqué, perciba la tristeza que hay en él. A veces las cosas que  duelen  pasan para que los hombres puedan crear cosas como ésa: el motor del arte es el dolor, no la felicidad; sólo el dolor es constante, toda felicidad es efímera.

“Pero la quiero”, le contesté sin ocultar mi enojo, mientras me sonaba la nariz con un rolly- sec que generosamente me acercó; “siga queriéndola –retrucó-, quiérala sin esperar nada en recompensa, ¿existe amor más pleno?, desde ahora será como Ud. la sueñe, no estará contaminada por nada, será algo más puro que la mujer amada, será el recuerdo de ésa mujer.

Muchas veces hablamos del amor. Obviamente no recuerdo detalladamente todo lo que sobre el particular dijo, pero no olvido aquella noche de invierno, helada hasta la crueldad. Fue la única vez que lo noté vacilante, nunca su voz (una voz de bajo que se revelaba altamente desafinada cuando osaba imitar a Rivero) sonó tan indecisa, ahora, transcurrido el tiempo, puedo decir que ya había algo de final en esa forma tan particular de decir que tenía mi amigo.

La memoria selecciona y engaña, deforma, tergiversa dichos y hechos, oculta, devela, quizá por eso no puedo recordar fielmente sus palabras, aunque sí el sentido de las mismas, me dijo: “Resulta paradójico el amor, amigo. No nos conformarnos con que el ser amado nos ame, aparte queremos que el acto por el cual se opta por nosotros  sea absolutamente libre, hasta acá la actitud es comprensible.; pero no nos quedamos ahí, además necesitamos fanáticamente que ese acto de elección sea el último que realice la libertad del ser amado, anhelamos que esa libertad muera luego de elegirnos. ¿No será el egoísmo la esencia del amor?”

“Pero no soy especialista en cuestiones amorosas – continuó-. Todos creen poder hablar del amor, ningún ser sobre la tierra sospecha que quizás nunca lo ha sentido verdaderamente: un anillo, un improvisado ramo de flores, algún chocolate derretido por haber descansado siglos en la guantera del auto, un par de besos, el comercio carnal y listo, nos creemos amantes de película.” Le dije que todo el mundo sabe lo que es estar enamorado y le interrogué si él alguna vez había querido a alguien. “Mire –comenzó con voz apenas audible-, hay etapas inevitables en eso que Ud., como todo buen pequeño burgués, llama enamorarse. Primero sentimos el impacto de la belleza; la belleza, como Ud. sabe, es común, está en todas partes, sólo hay que saber abrir los ojos, pero lo bello se encarna mejor que en ninguna otra parte en el género femenino. Verse atraído por una mujer es normal, pero, el milagro del amor, el amor del que hablaron, hablan y seguirán hablando los poetas por toda la eternidad, sucede cuando, vaya a saber Dios por qué chanzas del destino, la mujer elegida, si los astros nos son favorables, se nos hace imprescindible y ya no podemos concebir nuestra vida sin ella a nuestro lado. Verá, amigo: amar es meterse voluntariamente en una cárcel. Ahora bien –prosiguió-, personalmente jamás he llegado a sentir a ninguna mujer como imprescindible, todo lo demás: el beso furtivo, el apodo ridículo, el ritual de caricias, en fin, los mil detalles del juego amoroso, no son más que papeles que adoptamos de común acuerdo con el mundo para escaparnos de ciertas verdades esenciales que suelen doler. En definitiva, el amante que no está dispuesto a morir por su amada, no es un buen enamorado.”

“Pero la verdad que no sé –continuó sombrío, como si ya no fuera él el que hablara-; ignoro si uno en verdad se enamora de otra persona. Sospecho que nos enamoramos de un objeto creado enteramente por nosotros mismos y cuyas bondades atribuimos arbitrariamente a alguna persona del género opuesto: ¿no sintió alguna vez que el amor, una vez concretado, es una especie de descenso, de pequeña bancarrota del alma? Igualmente, como le dije recién, no soy especialista en el amor, supongo que enamorarse escapa a nuestra voluntad, el amor sucede. Hay gente que cree que un buen día uno se alza de la cama, se viste de gala, sale a la calle, pone cara de Arnaldo André, saluda a cuanta señorita se le cruce por el camino, y retorna a su hogar perdidamente enamorado. Pero los hay peores, son aquellos que confunden al amor con un pagaré y creen poder adquirirlo mediante un modesto contrato de compra venta.

“Es tarde –dijo apagado-, ya no me queda tiempo; soy un desdichado, nadie puede comunicar nada a nadie, toda sensación es verdadera pero incomunicable, jamás seremos amados como deseamos, el único destino es la soledad. Todo el universo conspira contra la felicidad: ¿qué esperamos?, ¿para qué?, ¿hacia dónde?”

Esa noche me fui de la casa de mi amigo muy triste; pero recuerdo lo último que me dijo desde el oscuro umbral de su casa: “Pero no se confunda, amigo; a pesar de todo hay que amar la vida, amarla sin condicionamientos, quererla sin reparos, aún la parte de ella que nos destroza”.

Mi amigo murió esa madruga, creo que se dejó morir. Deberes impostergables hicieron que fuera yo el que se hiciera cargo de los gastos del funeral.

Al entierro no fue ningún familiar, no pude evitar preguntarme de dónde venía ese hombre.

Antes de que cerraran el ataúd, me acerqué para verlo por última vez. Su rostro era la paz como jamás yo la hubiera imaginado (hay algo de belleza en la muerte, pensé, no sin avergonzarme un poco). Aproveché la proximidad póstuma para dejarle sobre el corazón una foto de Don Osvaldo.

Justo antes de que sellen el cajón sentí detrás mío unos pasos leves, como de ángel, giré, una joven, morocha y de ojos negros casi líquidos por el llanto, se acercaba a lo que quedaba de mi amigo. Me saludó con tono indiferente, mientras se arrodillaba ante el hueco mortal.

No quise consolarla, me pareció inútil. Cuando me alejaba escuché una voz quebrada como toda  confesión tardía: “nunca sabrás cómo te quise, nunca”. Depositando un clavel rojo al lado del retrato de Pugliese, lo dijo.

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La intuición, ese ámbito en donde nuestros deseos se mezclan con la más pura e inextricable materia de nuestro ser, suele embarcarnos en aventuras rayanas a lo fantástico, pero tales sucesos, reglados a posteriori por la meticulosa razón, son relegados al olvido. Sucede que nos hemos acostumbrados a que haya un sólo mundo, así, frío y previsible, definible y sumiso el universo pierde en belleza lo que gana en certeza.

Ayer fui partícipe de un evento extraño. Cuando la tarde huía se alzó, como un colado en fiesta ajena, un seco y frío viento del sur, esa tempestad que barre el cielo y hace cabecear a los árboles. Esperanzado por esa especie de adelanto del otoño,  salí a caminar.

Caminar al azar es rigurosamente imposible, es menos una descripción exacta que un desgastado recurso literario, pero digamos que me dejé llevar hacia los lugares de siempre: las vías del ferrocarril, el barrio alejado que ya es un adiós sin nombre, las limpias plazas amuebladas con pinos, arbustos, monumentos y bancos.

El viaje era igual a tantos otros, pero en cierto momento, doblando la esquina próxima para tomar en dirección a la  plaza San Martín lo vi: era mi amigo, aquel que yo mismo había visto desaparecer bajo la piadosa tierra.

El hábito de medir los fenómenos tomando de prestado los recursos del entendimiento hizo que me avergonzara de semejante visión, pero de repente la prevención me abandonó y opté por seguirlo; a fin de cuentas –me dije-estoy solo y el mecanismo del tiempo y la causalidad no tiene por qué ser infalible.

La temperatura había descendido bruscamente; mi amigo llevaba un gastado sobretodo gris y el acostumbrado sombrero “hongo” negro. Caminaba con grandes pero tranquilos pasos, como si le pesara la sombra. Por precaución lo dejé alejar algunos metros.

Mi perseguido llevaba las manos  dentro de los bolsillos del sobretodo, tal vez por esa clase de asimilación que une al perseguidor con su presa, metí las mías en los de mi campera.

Cien metros separaban a mi amigo de la plaza, cien metros y algunos pasos separaban a la plaza de mí; no sé por qué pero supe que algo iba a suceder en la Plaza San Martín, presentí que el enigma se esclarecería allí, ante la mirada de bronce del “Libertador” Don José.

Si bien mi perspectiva no era las más adecuada para escudriñar el estado de ánimo de mi amigo, advertí, por la celeridad que tomaron sus pasos, que lo abrumaba cierta ansiedad. Igualmente, dicho estado, no alteraba en nada el recuerdo que de él tenía. Aunque algo abatido, iba caviloso y triste,  considerando en torno suyo la manifestación de lo diverso: de golpe se frenó y acarició el tronco de un árbol, como queriendo escuchar algún latido oculto bajo la húmeda corteza; luego se agachó para recoger un puñado de hojas muertas, las olió y las dejó caer, devolviéndolas al descanso eterno.

Cuando ya casi avergonzado iba a desistir de ese juego de espías inadecuado para una persona de mi edad, el mundo particular en que estábamos dio otra vuelta: mi amigo tomó la diagonal dirigiéndose hacia el centro de la plaza; arriba el día exhalaba su último suspiro y se rendía al asedio de la noche.

Si hasta aquí mi incredulidad todavía ganaba la disputa, se vio en serios aprietos cuando, a lo lejos, desde la esquina opuesta a la que partió mi amigo, también buscando el centro del escenario, se acercaba una morocha.

Dos sensaciones encontradas me ganaron al comprobar que la morocha era “aquella morocha”, la del cementerio, la compungida flor negra del último adiós.

Al repensar el hecho mi mente se turbó; me sentí el privilegiado espectador de un suceso increíble, era testigo de un milagro; sentí que alguien, no sé si Dios o quién, era justo al darle a mi amigo la oportunidad, en esa plaza edificada fuera del tiempo y del espacio, en esa placita rústica y creada como para ellos (¡ay! y yo) de que se encontrara con un  amor que el inescrupuloso mundo terreno, que siempre mira empecinadamente hacia adelante, le había negado. Luego me invadió el miedo a ser descubierto, temí que, en el caso de ser avistado por los personajes principales, todo se desvanecería y sería yo el exclusivo culpable de semejante injusticia. Pero no podía irme, tenía que ver el final; obviamente, para no perder detalle, procuré acercarme lo más posible: mi estudiado sigilo dio resultado y pude esconderme detrás del grueso tronco de un pino desde el cual la vista era perfecta.

Nadie pasaba por las calles laterales, era como si todo estuviese dispuesto para ese encuentro, como si las flores, los diversos árboles, el resto de los enamorados que acostumbran jurarse amor en la plaza, la luna, la frágil y tímida luna, y el mismo San Martín, hubiesen acordado una secreta complicidad.

Cuando ambos estuvieron a un paso de distancia, ella estiró sus manos y él las recogió suavemente, como si fueran de papel; la casi noche, con su majestuosa ubicuidad, cubría ese universo selecto e indeciso.

Aunque tenía a mi amigo de espaldas, pude ver que le hablaba a la morocha sin soltarle las manos; no pudo decirle mucho, sin dejarlo terminar, ella  deslazó sus manos blancas y de finos dedos y movió varias veces la cabeza en señal de negación, luego giró y ya no fue más que un vestidito blanco y sencillo que huía con breves pasitos nocturnos.

Sin siquiera intentar seguirla, sin que asomara en su semblante un mínimo atisbo de dolor, mi amigo sacó un cigarrillo del bolsillo interno del sobretodo y se sentó en un escalón del monumento.

No debiera haber hecho lo que hice, pero ¿cómo dejarlo ahí abandonado?, ¿cómo no intentar acercarme a ese hombre que apenas parecía tener fuerzas para mantener el pucho entre los labios?  Salí de mi escondite y me acerqué. Lo saludé llamándolo por su nombre; él me clavó dos ojos grises y extrañados. Parecía terriblemente cansado, como si cargara un pedazo de eternidad sobre sus espaldas: “Me parece que me confunde con otro”, me dijo cordialmente. Avergonzado, le pedí disculpas. No pude evitar sentirme ridículo. “No se preocupe”, me dijo con tono paternal, “nadie es jamás quien deseamos que sea”. Di media vuelta, ruborizado, y partí. Caminé unos metros y sentí que era el creador y la víctima de una broma estúpida; ansioso, giré para pedirle un cigarrillo al por mí importunado; había desaparecido y era yo, lo sabía, el  habitante único de la plaza solitaria.

La historia de mi fallecido amigo tiene, como toda historia verdadera, capítulos un poco ambiguos que no creí necesario comentar anteriormente por presumirlos superfluos; pero ahora, siendo ya varios los años que me separan de su partida, los mismos se revisten de una interesante lógica cuya exactitud enaltece la memoria de ese trágico personaje que, vaya a saber Dios por qué, me honró durante años con su desinteresada amistad.

Entre sus papeles póstumos (trastos llenos de manchas de yerba, servilletas cuidadosamente hurtadas de oscuros tugurios nocturnos, reversos de facturas impagas, etc)  encontré un análisis que mi amigo, a modo de consejo o testamento, tuvo a bien dejarme. Lo transcribo sin alteraciones, obviando, naturalmente, las numerosas tachaduras, enmiendas y las manchas de café, mate u otras anónimas bebidas.

“Querido amigo: es Ud. lo que yo llamo un “atorrante vernáculo que agarró para el lado de los libros”; por eso, como todo buen atorrante, es incapaz de ser cruel, si eso significa una desventaja o no, el tiempo dirá. Según mi modo de ver Ud. jamás dejará de ser un soñador incorregible o una especie de coleccionista de utopías. Pero cuidado: el haber optado por devorar casi fanáticamente libros de las más disímiles categorías ha ido relegando en Ud. la parte atorrante, hasta casi  convertirlo en un ser que vive entre abstracciones, lo que, peligrosamente, hace que Ud., tímido como creo que en el fondo es, intente desesperadamente encuadrar todas las sensaciones experimentadas en esquemas conceptuales preestablecidos. No descubro nada diciendo que Ud. vive gracias a esa contradicción ineludible en la que está inmersa su alma. Sé que casi siempre, al sentir Ud. las estampidas del atorrante, la otra parte intenta ponerle límites provenientes de la insípida razón. Y no se mienta: muchas veces he visto los esfuerzos extraordinarios que Ud. hace para callar al chico que fue, cuando éste, al ver un grupo de pibes jugando a la pelota o a la escondida en la plaza, le tira de la manga de su adulta camisa invitándolo a que se ponga los pantalones sucios de tierra en las rodillas y salga a la cancha.

Lo mismo ocurre con todos los “Ud.” que alguna vez fue: cuanto más quiere enterrarlos, más se le rebelan. No se preocupe; contrariamente a lo que podría creerse, eso no es signo de inmadurez, sino que demuestra un hecho existencial elemental y es que Ud. sigue siendo ese que fue; el trajinar de la vida, los golpes fatales, la sucesión del río del tiempo lo han trabajado y marcado, pero cierta nostalgia de lo pasado es imprescriptible, en definitiva, todo recuerdo es triste por el solo hecho de que estábamos más lejos de partir definitivamente…es la resignada tristeza de la cercanía de lo lejano que llamamos nostalgia”.

Desterrado.

Mi pueblo era una porquería. Uno más de los tantos que, similares a él, recorren la existencia casi anónimamente en el interior del país. Y no se crea que lo digo empujado por el rencor, no; mi pueblo era, definitivamente y sin lirismo, una verdadera mierda.

Cuando Don Atilio, el intendente desde tiempos inmemoriales,  consiguió mediante no sé qué gestión ante las altas esferas gubernamentales de la provincia que pavimentaran íntegramente la calle principal, algunas viejas se opusieron argumentando que “si Dios hubiese querido que las calles fueran de cemento, así lo hubiera dispuesto él mismo”. Pero, al final de cuentas, tras un áspero debate, la oposición teológica fue vencida y la obra se llevó adelante. La comunidad de fieles permitió al intendente semejante osadía quizá en pago por ser el mismo funcionario que consiguió  bancos nuevos para la iglesia. El resto de las calles eran de tierra y uno debía acostumbrarse  a caminar con pasos leves para evitar la mugre que se levantaba, además debía ingeniárselas también para esquivar las gallinas que pululaban regidas por los azares de sus módicos entendimientos y los perros que, aunque aparentaban bondad, estaban siempre agazapados a la espera de alguna pierna descuidada.

Cuando se me da por pensar que a mi pueblo también llegaba puntualmente la primavera, que la lluvia lo bendecía de vez en cuando y el sol se alternaba regularmente con la luna en la vigilancia del ensueño y la vigilia de ese pedazo de existencia menor, no puede uno menos que asombrarse por el espíritu democrático de la naturaleza.

En mi pueblo, como en cada rinconcito inhóspito del planeta, también había una iglesia, y al frente de ella, naturalmente, un cura: el padre Roque. El edificio de la iglesia era arquitectónicamente el más correcto del pueblo. Alejándose  un par de kilómetros, sólo podía verse, reinando con su modesta majestuosidad, la punta de la iglesia que culminaba en una cruz medio torcida y de rústico metal color óxido.

Me resulta sobremanera complicado hablar del padre Roque, mi rival en el pleito, sin que mis opiniones aparezcan como hijas de un encono que, sinceramente,  alguna vez existió, pero yace ya apagado en forma de recuerdo en mi alma.

Era el padre Roque un párroco que no le esquivaba a las prácticas simoníacas, a las cuales, además, ni siquiera consideraba pecado sino “pequeños asuntillos” o “negocios paralelos”. La cuestión es que  permutaba sin inmutarse parcelas del paraíso celestial por lechones, botellas de vino, metálico, o, en su defecto, cualquier otro bien terrenal que él considerara “bien visto” por el Altísimo. Pero los pobladores no censuraban tales prácticas, más bien parecían creer que, negociando con el padre Roque, el Creador les firmaba una letra de cambio a recoger al atravesar la silenciosa puerta  que nos separa de la vida eterna.

Yo podía soportar esas cuestiones, no me tengo por moralista; pero el cura, aparte de actuar como el máximo representante en la tierra del negocio inmobiliario divino, también incurría en ejercicios un poco más graves relacionados con los apetitos de la carne que no se correspondían con su investidura clerical, para decirlo claramente: el padre Roque le daba a todo lo que le pasaba por adelante. Muchas veces había sido atrapado “in fraganti”, pero salía del paso poniendo esa detestable cara de anciano paternal o abusando de algún pasaje bíblico desconocido por el sorprendido espectador; así, la Biblia, el libro sagrado,  parecía escrito por los discípulos de Cristo o del Maligno, según la situación en que la invocara el sorprendido padre Roque.

Lo dicho hasta acá era conocido por todos, pero el padre era el guía espiritual de un pueblo materialmente pobre. Los domingos la iglesia rebosaba de fieles que acudían a escuchar su prédica. Entre los concurrentes estaba Paulita,  que, como a un diamante en bruto, la madre, famosa costurera del pueblo, custodiaba celosamente,  no advirtiendo que, ya con diecisiete años y habiendo obrado la naturaleza de manera acelerada, había ingresado a esa edad en donde la miradas masculinas carecen de la ternura inocente que poseen cuando avistan a una niña.

Hacia tiempo que tenía mi artillería apuntada a Paulita, pero era complicado encontrar un relajo en los vigías ojos maternales. No se crea que me había enamorado, no; era mi pueblo tan elemental que, lo que en otros sitios se entiende como “enamorarse”, se reducía en él a administrar la biología, puro acallamiento de los instintos más profundos, así vivíamos, así nos perpetuábamos como especie.

Cuando mentalmente ponía en la balanza de la posibilidad las frutas que favorecían mis seductores propósitos y aquellas que lo contradecían, salía ampliamente favorecido, al menos eso creía, pero ¡Ay!, no consideraba los inextricables laberintos del destino.

Mis chances, “a priori”, descansaban en la fama de literato con la que opinión pública me honraba, ¿lo era?, mil veces no. Solía pasearme con algún que otro libro bajo el brazo y fue esa actitud inevitable la que me otorgó fama de poeta, y es entendible: la indigente media cultural del pueblo me convertía a mí, modesto y curioso náufrago de lo trascendente, en una especie de Virgilio venido a menos.  Pero, aun tomando en serio lo anterior, mis excursiones por las tenebrosas aguas de ese río caudaloso llamado filosofía, cuando me ponía el traje de disertante, encontraban en la ingenuidad metafísica de los oyentes obstáculos insalvables.

Los viernes, cuando la tarde se apagaba fatigosa y las sombras se prendían en silencio, solíamos juntarnos en el boliche del gallego. Era éste un exiliado español de pocas palabras, erguido a pesar de la edad y de ojos duros, pero que escondían, para el que supiera escudriñarlos, una serena ternura. Generalmente era yo el que lo arrancaba de su silencio neutral. Una noche le pregunté si era anarquista, “pues claro”, respondió, y cuando indagué los por qué de su posición, dijo secamente que “un hombre no debe obedecer a otro si no le da la gana”. Era raro el gallego, pero de una rareza entrañable. Una noche, ante la barra expectante y ya entrada en copas, se me dio por dar cátedra, tema: Platón. Fueron diez minutos de disertación erudita, aunque las jetas de mis alumnos parecían añorar más otra vuelta de etílicos elixires que el mundo pleno de los arquetipos. Mientras iba desarrollando los  pintorescos argumentos, el gallego,  al parecer indiferente a las cuestiones por mí aludidas,  fregaba minuciosamente una copa con un trapo de color desertor tras el mostrador, pero de vez en cuando arrugaba la frente como si el alfiler de la duda se incrustara en algún rinconcito de su testaruda alma. Culminé la brillante exposición reafirmando la naturaleza dual del mundo, separación clave en la metafísica del areopagita: “por un lado- dije- el mundo sensible, engañoso, puro devenir, inferior; por el otro, el mundo inteligible, claro, inmutable, cualitativamente superior”. Esperaba al terminar una calurosa ovación, pero  mis oyentes estaban ya embarcados en una tarea más estimulantes que la filosofía: una multitudinaria partida de  “culo sucio”. Sin embargo había uno que parecía no digerir del todo ese puchero de mundos: era el gallego que, sin cesar en su actividad fregatoria (¿el incesante movimiento?), me interpeló: “¡hombre, si ya un solo mundo es complicado, para qué duplicar el problema!… y me cagó, el gallego me cagó; pedí una ferroquina y mandé a la mierda a toda la Hélade. Así pagaba mi pueblo a la erudición, alzándose como un fortín inexpugnable para los briosos corceles de la especulación metafísica.

Paradójicamente, fue una iniciativa del Padre Roque la que al fin facilitó mi acercamiento a Paulita: “Viernes gran baile a beneficio (del Padre Roque, claro está) La voz de seda Carlos Coliffadino y el gran fueye del Colorado Moscardelli”, advertía una pizarra parada en la entrada de la iglesia. Alegre por la inesperada noticia, sólo restaba dejar transcurrir el tiempo hasta el día indicado y así lo hice, sin preconcebir estrategias que solamente tienen éxito cuando uno se aparta de ellas.

Y llegó nomás el ansiado día. El club del pueblo prestó  el gran salón, orgullo de una institución acostumbrada a las hecatombes deportivas. El decorado del salón brillaba por su ausencia. Colgaban de la pared descoloridas guirnaldas sobrevivientes de algún acontecimiento ya lejano, dos gigantescos parlantes de madera yacían al lado del improvisado escenario ubicado contra la pared opuesta a la entrada y, perpendicularmente  al parlante del lado derecho, se extendían los tablones del bufette tras los cuales las viejas feligresas vendían empanadas, vino y alfajores a los presentes que se atrevieran a pagar los exorbitantes precios.

Las mesas se distribuían en dos filas, la primera junto a las tres paredes que cercaban el escenario y la segunda paralelamente a  aquélla con la intención obvia de dejar despejado el medio del salón  para el baile.

Entré con el ambiente ya poblado y no me costó hallar a Paulita, pues estaba sentada en un lugar accesible  a todas las miradas, muy cerca del escenario. El padre Roque sonreía a diestra y siniestra, seguramente augurando el éxito de su cruzada recaudadora. Sin darme tiempo a buscar ubicación, hizo su triunfal aparición el dúo acostumbrado; comenzando el show, luego de catedrático saludo, obviamente, con su repertorio milenario. No creo preciso describir la performance de Coliffadino y Moscardelli, me basta con decir que daba la impresión que el fueye  y la voz eran dos paralelas condenadas por las  rígidas leyes a jamás coincidir en gozosa armonía; al de fulgurante cabeza roja le era esquivo el mínimo atisbo de melodía  y la voz de seda sonaba como una quebradura de fémur. Pasó “Por una Cabeza” (una vez, en el boliche, Coliffadino me confesó que lo interpretaba para “la gilada”), “Remembranzas” (acá la desafinación del juglar rozaba la paranoia), “Afiches” (la dedicó “al Polaco, mi entrañable amigo”), “Almagro” (“el barrio donde nací”, mintió Coliffadino) y cerró con “Hacélo por la vieja”(nunca supe cómo lo hacía, pero Coliffadino lloraba a moco tendido mientras interpretaba este tango, memoria emocional, supongo; las viejas y los ebrios consuetudinarios, generalmente, lo acompañaban en su desolación con lágrimas compasivas). Terminó el show lastimosamente, pues Coliffadino, al querer bajar del escenario, trastabilló y se fue de cabeza al piso, percance al que no era del todo ajena la suculenta picada con Cinzano pre-ingerida.

Repentinamente los parlantes comenzaron a balbucear; la expectación era grandiosa, los bailarines presagiaban algo monumental; “siga el baile, siga el baile”, comenzó la voz emergente que, a pesar de la desvirtuación a la que era sometida por obra de los maltratados parlantes, resultaba ser, obviamente, la de Alberto Castillo.

Enfilé en dirección a Paulita sin vacilar; inesperadamente no me costó trabajo su aceptación. La madre me analizó de un vistazo y accedió al pedido, aunque casi tiro todo al diablo cuando, al girar para de la mano con mi compañera, di una involuntaria patada a la silla en donde la vieja extendía las piernas amparándolas del dolor de las várices; por suerte el suceso no trajo mayores consecuencias.

Me tengo por buen bailarín, supongo que esto ayudó a la tarea seductora. Después de varios temas e improvisados trencitos declaré mi amor a Paulita, que, con cara de Gioconda y papel picado entrelazado en su pelo, en voz que rozó mis oídos pero tensó sobremanera mi voluntad, contestó que era yo de su agrado, aunque se reservaba su respuesta hasta luego de consultar el “negocio” (usó esa palabra) con el “Padrecito” (también ésta) Roque. La respuesta fue un martillazo a mis esperanzas; de entre todos los hombres que pueblan el orbe del que menos deseaba depender era del que ahora dependía.

Después de la respuesta, el baile  estaba terminado para mí. Interrogué los días que le llevaría a Paulita darme la contestación: “el lunes a la tarde voy a confesarme, a la tardecita le contesto”, dijo y se fue  a cobijar bajo el ala de su madre. Yo me fui, blasfemando, a mi casa.

No sé cómo se me ocurrió la idea de esconderme atrás del altar para ver la confesión de Paulita, tampoco creo necesario explicarlo, aunque, si me obligaran a hacerlo, diría que fue una fugaz intuición de que algo no andaba bien; en consecuencia, viéndome como el principal interesado en el negocio, el lunes en cuestión me encontré en mi escondite con ansias de escuchar o ver algo del definitivo encuentro en el cual mi expectativas yacían.

El lugar elegido era adecuado, yo sabía que el Padre Roque acostumbraba a tomar las confesiones en el primer banco, el más próximo al altar.

No tuve que esperar demasiado hasta el ingreso del cura y Paulita; me tranquilicé al observar que ocupaban el lugar que yo esperaba ocupen.

Cuando empezó la confesión me persuadí de que las voces eran demasiado bajas, pero no me desanimé, podía desentrañar la marcha del negocio interpretando adecuadamente los gestos.

La charla se desarrollaba tranquila sin que de ella pudiera inferirse daño alguno a mis esperanzas. Pero no duró mucho la indulgencia del párroco; pasado un tiempo, adiviné que al llegar a la cuestión principal, el Padre comenzó a elevar la vista al cielo  y a trazar  cruces en el aire con las manos, Paulita, por su parte, bajaba la mirada en señal de penitencia ante las notorias amonestaciones del sacerdote que, al juzgar por los gestos recriminatorios, parecía estar escuchando los pecados del mismísimo Belcebú.

Vi como se desmoronaban mis esperanzas, y como, a la par del derrumbe, crecía una irrefrenable indignación que rápidamente iba metamorfoseándose en ira. Creo que podría haber contenido la furia si el espectáculo hubiese seguido su curso normal; pero cuando el Padre tomó la mano de la joven y la besó sin que se le opusiera resistencia, cuando la lascivia sacerdotal hizo que de la mano el beso saltara  al cuello con la técnica del más experimentado de los amantes, cuando una mano tomó la nuca de la jovencita y atrajo los rosados labios a los otros labios, introduciéndose, al unísono, la otra mano bajo la pollera poblada de coloridas florcitas, salté de mi escondite.

Los acontecimientos se sucedieron en forma acelerada y me cuesta concatenarlos exactamente como  ocurrieron, pero sé que, dándole apenas tiempo al Padre para levantarse del banco, saqué un cross a su mandíbula como jamás imaginé que podía hacerlo; por potencia, precisión, velocidad y técnica, el golpe habría bastado para avergonzar a cualquier iniciado en el arte pugilístico; el sacerdote cayó como un autómata al piso; Paulita, inesperadamente, también sucumbió, pues tuve la pésima fortuna de que le dé un ataque de epilepsia, pero todo empeoró cuando ingresó a la Iglesia una vieja y, al ver al sinvergüenza horizontalmente dispuesto en el piso y a mi con los ojos inyectados en sangre parado a su lado, salió corriendo despavorida al grito de “mató al Padre Roque, mató al Padre Roque”.

Los hechos derivaron en un proceso. En realidad, en mi pueblo no se acostumbraba a seguir las formalidades que fija la ley para resguardar los principios básicos a los que debe aspirar todo ordenamiento jurídico. El único Juez que había dictaba sentencia según su leal saber y entender, puesto que, los pleitos que llegaban ante su magistratura, eran menores: alguna gallina que, ignorando el derecho de propiedad,  depositaba sus huevos en dominios ajenos a los de su dueño, una mordedura de perro, o riñas menores entre vecinos era lo acostumbrado; esto explica por qué mi caso puso en estado de ebullición a todo el pueblo.

La primera violación flagrante de la ley que se llevó a cabo en mi contra equivalió a la destrucción de la división de poderes: el Juez, me explicó un empleado del almacén “Don Robustiano” que se apersonó en mi casa sin saber yo por qué le correspondía a él notificarme, había huido del pueblo con una jovencita menor de edad y nadie sabía los destinos de la osada pareja de enamorados. El altercado hizo que, para no esperar una nueva designación que seguramente la capital provincial demoraría, según los pronósticos más optimistas, al menos cinco años (la oficina de correo, cuando murió el único empleado, por motivos burocráticos, estuvo acéfala treinta y dos años) el proceso fuera  dirigido por el intendente, además –me advirtió el joven poniendo cara de agente notificador- se utilizaría el sistema de juicios por jurados, “ése que se ve en las películas”, agregó en  un gesto de erudición aclaratorio. Y así, con estos antecedentes, llegué al juicio.

Explicar la parodia de proceso a la cual fui sometido excede mi capacidad de tolerancia; aún hoy lo recuerdo y me cuesta creer cómo pude prestarme a semejante espectáculo.

El juicio se desarrolló en el salón más amplio de la municipalidad y, para dar a la concurrencia (no exagero si afirmo que estaba todo el pueblo) comodidades acordes al suceso, se trasladaron los bancos de la Iglesia. El Padre los prestó “para que el pueblo sepa que las acciones que se alejan de los fines divinos no sólo deben ser castigados en el “más allá”, sino también en el mundo terreno, así los tentados por el Maligno sabrán que no todo les está permitido acá abajo.”

Entré al salón con notoria mala disposición. Había pensado no concurrir, pero qué más daba, estaba convencido que concurrir o no era indiferente; me sabía condenado. Esta sensación aumentó  cuando observé a los integrantes del jurado: todos, absolutamente todos, eran fervorosos devotos, todos sin excepción eran de misa diaria, todos, ni siquiera uno, tenía menos de sesenta años. Reí irónicamente y pude escuchar los rumores que torturaban mi existencia.

Si mi ira, al comienzo, era casi irreprimible, imaginen los límites que surcó cuando vi al inmundo sacerdote. Sus ojos fingían esa humanidad estúpida con la cual hacía y deshacía todo en el pueblo; para peor, llevaba la cabeza exageradamente vendada, tan descarado lucía el  vendaje que aparentaba ser un musulmán en pleno ramadán; además agregó un yeso  en un brazo y  otro en la pierna derecha: en fin, estudiando su fisonomía, uno no alcanzaba a acertar si había recibido una trompada o si un desfile de elefantes le había pasado por encima.

El intendente expuso los hechos con sorprendente objetividad, obviando, por supuesto, el móvil del atentado contra la “dignidad sacerdotal”.

El murmullo de las viejas era intolerable: “tiene cara de loco”, “no cree en Dios”, “es el Gran Maestre de una secta brasileña”, fueron los comentarios que alcancé a escuchar.

Se me otorgó la defensa (lo hacía por mí mismo, pues los abogados del pueblo, que se contaban con los dedos de una mano mutilada por la mitad, no aceptaron mi defensa: “es un caso imposible, dijo uno, resignado, mientras hojeaba el “Deuteronomio”). Paso por paso describí los sucesos. Varias veces tuve que interrumpir abruptamente el relato debido a los insultos que me dedicaba el auditorio. La hostilidad casi llega al linchamiento en la parte del relato en donde, apelando a frases minuciosamente seleccionadas, recordé el momentos del beso. Justo en ese momento una vieja se me acercó despavorida y, con rociador de limpiavidrios, me tiró agua que supuse bendita en la cara mientras balbuceaba palabras ininteligibles.

Terminé mi exposición y le tocó el turno al Padre Roque. Mis esperanzas estaban depositadas en Paulita: ¿podría ella rebelarse contra toda la dictatorial sociedad? ¿el amor podía despertar en ella el excelso sentimiento de trasgresión?. Esa tendencia llevaban todas las interrogantes que circundaban como moscardones en mi mente.

El Padre se levantó con gesto teatral. Al verlo caminar (lo confirmé luego, al escuchar  cómo arrastraba las palabras) deduje que estaba medio borracho. Llevaba una sotana muy pulcra a la cual arremangaba cuando la manga caía impidiendo ver el ciclópeo y defectuosamente colocado yeso.  Odiaba sus sucesivas exageraciones, sus miradas cargadas de teatralizada paz, esas manos peludas que no temblaban a la hora de inducir al pecado a cuanta jovencita se le diera en confesión; sentía como que el mundo estaba ciego, y comprendí que, a veces, es mejor enceguecer con él.

Dijo que mis mentiras eran producto de alguna ilusión inspirada por el demonio (aquí todos los concurrentes se persignaron,y, para colmar mi paciencia, también se persignó el intendente con una devoción rayana al fanatismo). Que la señorita Paulita (¡la llamó Paulita!) iba a corroborar su inocencia- dijo clavando los ojos en la pobre joven en los cuales el terror asomaba por donde quisiera mirarse-. Advirtió, enlazando argumentos confusos con voz estruendosa que buscaba causar efecto, que “al Señor le correspondía aplicar la justicia eterna y a los tribunales mundanos la terrena, pero el acto de este criminal –dijo apuntándome con sus dedos de orangután-, cuyo fin no era otro que asesinar a un enviado de Dios (¡se caracterizaba como enviado, no como representante de Dios!) demostraba la indiscutible presencia demoníaca (en este momento el salón se inundó de cruces), por ello era imposible –decía al auditorio-, en primer lugar, recurrir en manera alguna al perdón, y, en segunda instancia, tampoco resultaba aconsejable  esperar el fallecimiento del reo para ver castigada la blasfemia, ya que estos demonios acostumbran  vivir muchísimo tiempo pues para ellos preparan pócimas con ojos de gato y sangre de bebés (¡ohhh! resonó en las sala); pero aquí está el “quid” de la cuestión, dijo sin que nadie comprendiera demasiado; tampoco era justo, según el exponente, restringir la pena terrenal a las establecidas por el Código Penal, pues ellas –dijo fingiendo resignación- no son tan gravosas como la conducta juzgada amerita; por lo tanto –culminó- solicito se aplique al reo, hijo del Maligno, baba de Satán, impío indigno de la gloriosa misericordia, instrumento terrenal de los designios de Lucifer, Ateo confeso (jamás me confesé como tal), anarquista asesino, comunista a las órdenes del Kremlin (llevamos más de dos décadas sin muro), peronista irremediable (¿?), la pena de ser quemado en la hoguera, único castigo pasible de ser aplicado, dadas tamañas circunstancias.” Cuando culminó su monólogo se desplomó en el piso. Acudieron en su ayuda el intendente y un tipo que se mantuvo durante todo el proceso a su lado sin saber ni siquiera él mismo qué función llenaba. El padre, compungido, fue depositado en el primer banco. No se recordaba en el pueblo ovación similar a la que lo acompañó hasta su asiento. Los integrantes del jurado, ubicados detrás de él, lo palmeaban con lágrimas en los ojos, el público rezaba en voz alta, hasta supuse que debía ser yo verdaderamente un poseso porque el eco de los rezos saturaban mis oídos, tanto que, de tener el poder para prender fuego todo el salón, no hubiese dudado un segundo en hacerlo. Así, en definitiva, acabó la intervención de la víctima.

Antes de la  obvia declaración de Paulita pensé en la condición humana; advertí que hay prejuicios férreamente encallados en el alma de las personas, y que en aquellos momentos en los cuales se pone en duda a los encargados de sembrarlos, sus entendimientos se cierran sin ni siquiera plantearse la posibilidad de que las cosas difieran de los postulados grabados a fuego en sus espíritus. Me sentí mártir. Comprendí que peleaba contra algo muchísimo más fuerte que el Padre Roque, algo que arrastraba el mundo desde que es mundo. Siglos enteros se  sucedieron, pesados, oscuros, de una constante destrucción y construcción, y, acompañándolos, como una sombra invisible, estuvo la conciencia del hombre, pero no la conciencia de la “idea” de hombre, no,  la del hombre de carne y hueso, el que sufre, llora, se enamora, enferma, envejece y muere sin saber bien qué vino a hacer a la tierra; el que busca menos la verdad que  respuestas. Para librar a Paulita del peso agobiante de la declaración confesé que los hechos coincidían con la declaración del Padre Roque; ni siquiera me importaba en ese momento ser quemado: ¡tantos hombres superiores a mí lo habían sido!

En la resolución, el intendente, ignoro si por compasión o por creer verdaderamente exagerada la pena, o por ambas cuestiones u otras secretas, decidió conmutar la pena por el destierro. En consecuencia, fui conminado a abandonar el pueblo en no más de  veinticuatro horas.

El veredicto, según supe tiempo después, costó a Don Atilio la reelección; su decisión  lo indispuso con el Padre Roque que operó para poner en su lugar a una persona más cercana a sus intereses. Fue de tal entidad la  campaña que en su contra dirigió el desprejuiciado sacerdote (corría por el pueblo el rumor de que, dada mi ausencia, Don Atilio había asumido el mando de la secta que, de brasilera, pasó a ser iraní, sospecho que por un error topográfico) que las elecciones lo premiaron con apenas nueve votos (sus parientes más cercanos en edad de votar sumaban catorce), por mi parte descreo de los resultados inclinándome por el fraude.

Y dejé nomás mi pueblo. Dos kilómetros de tierra con aspiración a camino me separaban de la ruta por donde, con largos espacios de tiempo, pasaba el colectivo. Mis amigos, por temor a las represalias, no me acompañaron, pero no los culpo; su lugar fue ocupado por un perro vagabundo que olía a zanja podrida  y un par de gallinas que, con paso ebrio, oscilaban de un lado a otro del camino.

Cuando vi el colectivo venir por la olvidada ruta no sentí pena. Le hice señas y el gusano rodante obedeció. Subí y pagué al chofer cuyos ojos curiosos no alcanzaban a explicar de dónde provenía el inesperado pasajero. Caminé por el pasillo ante la atenta mirada de los viajeros sintiéndome una novedad. Casi en el fondo vi un asiento libre, pasaron cuatro pasos y ya estaba desplomado en él.

Cansado por el desgaste al que había sometido a  mis nervios, me consolé pensando que, como las golondrinas, cuyo vuelo empecinado es favorecido siempre por una primavera, se abría ante mi el ancho mar de la vida y que dependía exclusivamente de mí  hallar una estación favorable a mi espíritu.

Antes de sucumbir a los encantos del sueño, mis casi vencidos ojos miraron por la ventana: la cruz de la Iglesia, humilde y carcomida por la intemperie, era el único rasgo del pueblo que no había sido devorado por el insaciable horizonte. Por un segundo, como si ello fuera posible, me pareció que se reía de mí, “tal vez me saluda”, me dio por pensar. Luego, como un soldado del bando vencido cuya muerte anticipa la de su patria, me dormí en secreta y nostálgica armonía.

Allá, adelante.

La tarea puede resultar una rutina tediosa, no lo niego. Pero las cosas importantes para la humanidad no se miden en razón de la alienación individual que soporta el indicado; además alguien debe hacerlo y, secretamente, estoy orgulloso de que sea yo y no otro el encargado. Es probable que en otro lugar la paga sea mayor (el profesor dice que es difícil), pero ¿sentiría en otro lugar el gozo indescriptible que me invade y da plenitud a mi ser al darles la comida? Cuando el profesor me da el alimento e insiste en que no los escuche me siento el hombre más importante del mundo; luego, mientras camino por el pasillo, voy preparándome mentalmente para hacer caso omiso de sus palabras. No debería decir esto, pero a veces sus dichos son seductores. Sé que son mentira (el profesor dice que ellos no conocen lo que es la verdad) y no me es ajena su intención: lo hacen para ponerme en contra del profesor. Pero él sabe todo. Una vez que llego a la puerta me digo, por última vez: “no los escuches, son falsos, deja la bandeja al borde de la jaula y nada más”; después entro y me aproximo lentamente a la celda y no puedo ignorar lo que hacen. Casi siempre el calvo y rechoncho de ojos asiáticos está dialogando con el de lentes redondos y cómicos, pero, cuando me ven, callan abruptamente y nunca puedo llegar a escuchar lo que dicen, pero el profesor jamás deja pasar la ocasión para aclararme que están conspirando contra los teólogos y blasfemando contra ellos. Cuando el profesor me cuenta esas cosas, los odio y no entiendo cómo se puede estar en contra de la verdad que dicen los teólogos, cómo se puede ser tan malvado. Ocasiones hay en las cuales, otro de ellos, al verme, empieza con sus discursos extraños, no sé bien cómo lo hace, pero sus palabras suenan incoherentes y no entiendo bien de qué habla, pero parece disfrutar del ritual porque mientras progresa en su ejecución hace aspavientos con los brazos y entrecierra los ojos, y al terminar se lleva las manos al pecho y me mira no con menos extrañeza con la que yo lo miro a él. El profesor insiste en que no  intente darle significado a sus dichos, dice, un poco irritado, que la palabra “mesa” se refiere al objeto “mesa” y nada más, hacer decir a las palabras lo que ellas no dicen es una blasfemia, herejía que, en tiempos remotos, anteriores a los teólogos, costó muy caro a la humanidad (y me palmea la cabeza y me dice que soy  afortunado porque no viví esos siniestros tiempos.

Debo admitir, un poco vanidosamente, que el trabajo lo realizo por demás de bien, de lo contrario ya me hubiesen echado, bien dice el profesor que la esencia de los hombres es su fungibilidad: “todos y cada uno de los hombres es reemplazable por cualquier otro”, acostumbra  decir.

Ya no recuerdo cuántos años hace que trabajo para el profesor, pero sin pedantería puedo vanagloriarme que sólo una vez cedí, claro que, por suerte, el profesor lo advirtió a tiempo y me envió con los teólogos. No puedo olvidar la sonrisa bonachona del profesor cuando me dijo: “ya era hora, soportaste demasiado, las advertencias a veces no bastan”, y me invitó a que lo siga. Mientras me llevaba al templo  yo iba cabizbajo, más me molestaba haber sido vencido por  ellos (por lo que ellos representan) que haber defraudado la confianza que el profesor había depositado en mí. No podía evitar pensar los motivos de verme tentado ante sus indecentes seducciones, claro que el tema no paso a mayores, pero se debió a la infalibilidad del profesor más que  a disposiciones rectas de mi espíritu. No podía admitir que algo dentro de mí, que parecía dormido por siglos, despertara abruptamente por la influencia de ellos, “no –me prometí- nunca más pasará.”

Ingresé acompañado por el profesor a una sala de paredes blancas, pensé que ese color se condecía perfectamente con la pureza de lo teólogos, pero instantáneamente me avergoncé de ese pensamiento, pues lo creí consecuencia de la influencia nefasta de uno de ellos.

En el centro de la sala había una camilla sobre la cual caían cables que pendían del techo. El profesor invitó a que me desvista y me acueste en la camilla y así lo hice sin contradecirlo, aunque sentí una curiosidad que rápidamente mutó en rencor contra él: justo en ese momento advertí la maldad que ellos me habían traspasado sin darme  yo cuenta. Luego, sin vacilar, y hasta gozoso, acepté la ayuda de los teólogos.

Cuando el profesor terminó de pegarme los cables a las zonas del cuerpo adecuadas me dio una palmadita en la cabeza y se fue, dejándome, pues, desnudo ante la inmensa sabiduría de los teólogos.

Narrar el dolor que sentí excede mi capacidad descriptiva. Ahora acuerdo con el profesor cuando dice que el dolor  merecido no es tal, pero en ese momento me doblada por el sufrimiento y con la lengua pude probar la sangre tibia y viscosa que salía de mi nariz; y gritaba, aún sabiendo que lo merecía gritaba jurando que era culpable, pero que nunca más lo iba a hacer. Varias veces estuve el borde de perder el conocimiento antes de perderlo por completo y me pareció ver a los teólogos que, vestidos con rigurosos guardapolvos blancos, reían a mi alrededor, pero no podía distinguir lo real de lo imaginario, el profundo dolor me turbaba, no podía pensar. En un instante de razón preferí morir a seguir soportando; ahora sé que eso fue un  mal pensamiento, un resabio que, por divina gracia, no tardó en desaparecer. Ignoro cuánto estuve dentro de la sala, puesto que no puedo recordar cuánto tiempo duró mi estado de inconsciencia, pero me alegré cuando desperté y noté al profesor a mi lado, tan imponente que parecía él mismo un teólogo. Me sacó uno a uno los cables y con voz suave me aseguró que el día siguiente volvería al trabajo.

Desde aquél día aprendí a no escucharlos. Ya ni siquiera hace falta que el profesor, al darme la comida, me lo advierta; para mí es como si no existieran. Me acerco, deposito la comida  y ni siquiera los odio. Me son totalmente indiferentes ellos y sus palabras falsas.

Es bueno este trabajo. Luego de  llevarles la cena quedo libre de toda obligación y me voy a mi casa. Por suerte no vivo tan lejos, de lo contrario se complicaría el regreso, porque si bien el profesor tiene razón cuando dice lo de la fungibilidad de los hombres, nadie desea ser devorado camino a su casa después de una extenuante jornada de trabajo.

Para las seis cuerdas.

Me acuerdo. Fue en Parque Norte,
en una fiesta careta,
que alguien dejó caer el nombre
de un tal Rodríguez Larreta.

Algo se dijo también
De un tal “fino” y un espía
La merca no dejó entrever
Si era de noche o de día.

¡Quién sabe por qué razón
Me anda buscando ese rostro!
Me gustaría saber
Quién fue el padre de ese “monstro”.

Lo veo otario sin par,
Con la boca desmedida;
Un poco deforme, quizás,
Pero qué querés; es la vida.

Nadie con cara más fiera
Habrá pisado la tierra.
Nadie habrá habido como él
Tan con la belleza en guerra.

En la calle, en campaña, o
En sus tareas de gobierno
Él jamás quiere laburar
Poner el lomo es su infierno.

Sólo Dios puede saber
Quién ha “votao” a este hombre.
Señores, yo les confieso:
Es un garca de renombre

Siempre encanarlos es mejor,
El “trapito” me molesta,
Vaya, pues, esta milonga
Para Rodríguez Larreta.

Una expedición al BAFICI.

Hay pocos, escasísimos lugares en los cuales un transgresor (y yo lo soy) puede sentirse cómodo, sereno: el baño, por ejemplo, o una exposición de arte contemporáneo, por otro ejemplo. Jamás, claro, en la cola de un banco esperando pagar impuestos (yo los pago, en rigor de verdad mando a mi mucama marroquí a pagarlos –anote la AFIP, los malparidos sabuesos de la AFIP-), menos en la de un “pago fácil”, ámbito siempre repleto de burgueses, pulcros burgueses a la espera siempre de cumplir con sus obligaciones de ciudadanos porque saben que ese dinero va a ir a un fondo común del cual el Estado extraerá dinero para alzar semáforos, construir escuelas, burguesas escuelas en donde los jóvenes leerán por ejemplo a un Foucault para terminar todos, jóvenes y autoridades, en una gigantesca orgía, en una majestuosa nada transgresora orgía; o, como dice, siempre dice mi AMIGO Marcos Aguinis, ese dinero de todos será utilizado para mantener negros, pobres (en el fondo son lo mismo) e indocumentados, Evos Morales sin D.N.I. Pero, en fin, yo soy un transgresor que aplica su energía al arte y nada más, por eso dejo la politiquería barata a los otros poco transgresores colegas, pero ¡ojo!, que no se le ocurra a la conchuda que nos gobierna seguir aumentando las retenciones a esa planta transgresora a fuerza de sano, transparente y natural glifosato, la soja, porque le firmo una solicitada así de grande en su contra: y a llorarle a Chávez, después. Pero me extendí sobre terrenos que no me competen, el barro de la historia es para intelectuales como un Rodríguez Larreta, un Macri, una Pato Bulrich o un Gerardo Morales, el Norberto Bobbio de nuestra era, y no para mí, yo aro con otros bueyes, con otros transgresores bueyes: ¡mi buey es la palabra!, ¡mi arado la tinta!, ¡mi campo las ideas!, ¡mis retenciones DE ACÁ las voy a pagar! Pero empecé diciendo que hay pocos lugares en donde un transgresor se siente como calamar en la sopera, y es por eso que estoy acá, si señores, estoy, pochoclo en mano, en el BAFICI, un universo lleno, desbordante de transgresión. La revista de la cual me valgo para trasmutar en ruinas a esta sociedad burguesa me envió a pasear mi mirada, mi selecta, inquisitiva, precisa y trangresora mirada por esta muestra de cine ya de por sí transgresora. Por eso no me molesta estar en la fila, esperando ingresar a ver mi primera película del día, con mi soberbia bolsita de pochoclos en la mano y regocijándome con esta juventud a mi alrededor, sana juventud, transgresora, claro, con sus zapatillas de colores (ay, cómo recuerdo mis botas con peces de colores en la suela, con ellas marché aquel día a Ezeiza, aquel famoso día en que la derecha peronista nos sacó a “cuetazos” del acto; y cómo me costaba correr con esos malparidos zapatos, pesaban tanto que parecía llevar yo una ballena en cada suela, pero, en fin, esta es otra historia), sus raros peinados nuevos, su afán por descubrir el mundo, su rebeldía a flor de piel: “¿9 % anual?, no da,”, oigo que uno le dice a otro detrás de mí, “y shi, boló, cuánto queré, es mucha guita para un plazo fijo”, escucho que otro contesta. Estoy en mi reino.
Ingreso. La película se llama “La mano que mece la mano”, es larga, cuatro horas y veintitrés minutos dura, pero es transgresora, está filmada en una sola toma y el director es adicto a los churros con benzina, él puede, es transgresor, ustedes, chicos, no hagan eso en sus casas. Me busco una buena butaca: no hay buenas butacas, son butacas diseñadas para astillar vértebras, pero qué importan una, dos vértebras cuando está la transgresión visual de por medio: ¡nada!, ¡claro que sí; nada! Silencio, empieza la película. Me posee una gran emoción. Guau, empezó con todo, en primer plano, una mano acaricia a otra, el fondo es lila, las manos, color piel, normales. Siento deseos de comer pochoclo, pero temo hacer ruido al meter la mano en la bolsita y cortar así el trance hipnótico que reina en la sala. Me abstengo. Sigue la mano acariciando la mano. Monótonamente, pero con arte. Van diez minutos de mano acariciante. Tengo ganas irreprimibles de comer pochoclo. Meto la mano en la bolsita. Hago ruido, minúsculo ruido. “Shhhh”, escucho que me censuran. Comienzo a entrar en ebullición: burgueses de mierda, tengo hambre, además, qué mierda estamos mirando, hace veinte minutos que una malparida mano acaricia otra malparida mano, pienso, pero me contengo…
Va una hora. La mano sigue en lo suyo. Yo, en lo mío, que es lo mismo que decir maldiciendo el puto momento en el cual al forro del director de la malparida revista me mandó a que venga a romperme las costillas a este choto festival para ver una pelotuda película en la cual una ya muy hinchapelotas mano acaricia a otra ya inflamadora de testículos mano. Dos horas: las manos siguen ahí. No doy más. Mi vejiga está a punto de explotar. Me levanto. Me censuran: “abajooo”, siento que me dice una voz anónima; me doy vuelta: “nene, no me rompás más las pelotas que mi vejiga no es una piñata”, además, qué mierda querés mirar, si hace más de dos horas que no pasa nada, otario, para ver esto me alquilo una de Chuck Norris. “Si no te gusta, andate, vejestorio: esto es arte en serio, papá”, oigo que me echan en cara. Exploto. Pero qué carajo va a ser esto arte, piba, esto es arte, digo y me bajo los pantalones y quedo con la mitad inferior de mi humanidad tal y como Dios me trajo al mundo. Irrumpe en la sala la seguridad. “Sáquenlo”, ordenan los burguesitos a coro. “Vengan, sáquenme de la manija”, le digo a los patovicas con zapatillas fluorescentes que arremeten en la sala. Efectivamente, los patovicas se las arreglan para inmovilizarme, no desde donde les indiqué, claro. Me arrastran, voy puteando a diestra y siniestra: al director de la película, al público, a los patovicas, a Perón. “Por el 9,5 % arreglo”, escucho que alguien dice por ahí, “boló, ni ahí…”, otra voz. Ya estoy en la puerta, arrastrado como una bolsa de transgresión por estos gordos traficantes de ravioles y anabólicos. Giro, miro la pantalla por última vez: una mano sigue acariciando una mano.

El mundo burgués y yo. En el cuadrilátero.

No me gusta el boxeo. Es más: odio el boxeo. Dos personas que se hacen llamar púgiles arriba de un cuadrado encordado dándose trompadas hasta que uno de los dos pone al otro en estado de semi o lisa y llanamente de inconsciencia para que un tercero que hace las veces de moderador del combate le alce la mano y venga otro, un señor “x”, y le dé un cinturón que enrola automáticamente al ganador en la lista de los Champions of the World. Poca transgresión. Ni una pizca de transgresión. Ahora bien: yo soy escritor. Un corruptor insaciable de esta sociedad burguesa y su hipocresía puritana. Un arrancador perpetuo de manifiestos de Iglesias de Wittemberg. Y con qué trabaja un escritor, lector, lectora: con símbolos que representan otros símbolos, con metáforas, con ordenadores electrónicos, y, a veces, con dolor de estómago y hasta con deseos catastróficos de ir al baño a pensar, a meditar cómo esa especial de morrones y cantimpalo ha modificado tan, pero tan nefastamente nuestras noveles y transgresoras funciones digestivas. Por eso, como dije, aunque no lo dije pero lo voy a decir ahora, mi lucha contra las normas conservadoras de este mundo burgués puede compararse con un combate de boxeo. De un lado quien escribe, con sus guantes cargados de verdades demoledoras de prejuicios burgueses, con shorcitos ajustados y sexys, con el torso desnudo y escultural, efebo, Dios pagano de una mitología del coraje; del otro el representante arquetípico de la sociedad burguesa, panzón, de nalgas fofas, con un pantaloncito gris con una única publicidad de filtros para Spar. En mi esquina, dos trangresores: Marcos Aguinis y Ari Paluch, ambos esperando el minuto de descanso de entre round y round para aconsejarme y así poder yo pulir mi elegante técnica pugilística; es la esquina del adversario, cualquier escritor de medio pelo burgués, no sé, un Ghoete, un García Lorca o cualquiera de esos faltos de inspiración transgresora, tratando de que la sociedad establecida acabe conmigo y mi puño en alto y rebelde. Comienza el combate, planeado a seis round y en el cual está en juego el dominio de una concepción del mundo miserable, agiotista, usurera y mercantilista, representada por mi rival; y una transgresora y todo lo que esto implica, representada por quien escribe y sus fieles laderos, Marquitos y Ari. Mi rival se mueve bien para ser un arquetipo de valores caducos, pero yo soy una gacela, lo miro, amago, una finta con la cintura y como un refucilo conecto el primer jab a su mandíbula, luego otro y después uno más. Me agazapo, quiero tantear la potencia de mi rival, me voy contra las cuerdas, desprotejo mi flanco izquierdo, paf, recibo un golpe directo a las costillas, nada, ni me mosqueo, mi estado físico es impecable, como mi pluma y mis ideas. Así, entre jabs y fintas, se va el primer round, que me es ampliamente favorable. En la esquina escucho la cordura y las brillantez de Marcos Aguinis: me dice que le encaje una patada, que no pruebe siempre con los puños, o que, si quiero, me deja el banquito de madera arriba del ring, así yo lo agarro y se lo parto en la cabeza a mi rival. Ari sugiere que eso que aconseja Marquitos es antirreglamentario y me aconseja que siga igual, movedizo, con mi mirada de tigre transgresor. Comienza el segundo round, todo sigue igual, mi rival lanza golpes a mansalva pero no logra desacomodarme, yo me apego a mi estrategia, al jab y al gancho zurdo a los riñones. Creo que no puedo perder, me siento con fe. Hasta tengo tiempo para pensar en el próximo artículo con el cual descollaré en la revista semanal en la que me dedico a vapulear a esta sociedad. Lanzo un “apercat” que llega a buen puerto, recibo un jab a la mandíbula que me enfurece y me hace responder con un uno-dos furtivo, inapelable.
Ruge la campana, estoy dominando ampliamente las acciones. En la esquina, Marquitos me espera, me dice al oído si recuerdo los cinco mil pesos que me pidió prestados, le digo que sí, agrego que ya sería hora de que me los devuelva, me contesta que de eso se trata, precisamente, le digo que no comprendo, me dice que averiguó que mi rival, representante de los valores caducos de la sociedad burguesa, paga diez a uno, y que, previsor como él es, apostó los cinco mil pesos a mi contendiente, lo que, deduce algebraicamente, de perder yo o, lo que es lo mismo, de ganar él, ambos nos alzaremos con la nada despreciable suma de cincuenta mil pesos. Me indigno, le digo que ni por un millón de dólares me dejaría vencer por los valores muertos de la sociedad burguesa. Marquitos se ríe y me dice que no sea otario, que si no sé yo lo bien que me vendría ese dinero. Salgo furioso a destrozar a mi rival, no cederé ni ante todo el oro del mundo. Lanzo un veloz cross y pienso en el dinero, en lo bien que me vendría ese dinero del que me habló mi amigo Marcos Aguinis, sobrevuela mi imaginación el postergado por cuestiones financieras crucero por los fiordos noruegos, imagino ese televisor de plasma ideal para ver el mundial, para disfrutar de un Messi, de un Cristiano Ronaldo o por qué no de un Heinze o de un Carles Puyol, en todo eso pienso y ya estoy de espaldas en la lona gracias una mano de mi rival, que mañana la prensa, la malparida prensa dirá que ni siquiera rozó mi mandíbula; en la lona, mirando las gritonas luces del techo, oyendo la cuenta del árbitro, sonora como un cascada, de reojo miro a Marquitos, mi amigo, riéndose en señal de aprobación, intachable como siempre, pensando siempre el otro lado de las cosas; y por fin escucho el “diez” final y ya palpito el mundial, los manices, el copetín y el orgullo de ser un trasgresor mirando en un gigantesco plasma de un millón de pulgadas las gambetas nada transgresoras de “lío” Messi o los despejes a la nada de Gaby Heinze.

Campanella. Lo que nadie dijo.

Que Campanella no es un transgresor no lo voy a descubrir yo. Que ganó un burgués Oscar con su vetusta, burgués película, tampoco. Porque es así, lector, lectora: cualquiera pude ganar un Oscar. Conozco los vericuetos de la academia norteamericana y no me tiembla la voz para decir que son un conglomerado de drogones que, para elegir las obras premiadas, tiran los dados. Duela a quien le duela. Campanella es mi amigo. Mi no transgresor amigo. Más de una vez me tentó para llevar mi novela, mi huracán de arte subversivo novela, mi sismo de Chile elevado al cubo novela a la pantalla grande; pero me negué. Todavía no ha nacido el director de cine que pueda reflejar todo lo que mi novela encierra. Tampoco los actores: un Darín o un Franchella (aunque su papel en  “Bañeros 2” es soberbio) no han acumulado la cantidad de materia sensible que se precisa para componer los personajes de mi novela. Ahora recuerdo el día que, en esta misma casa, frente al mismo irritado mar, en la misma, idéntica Punta del Este mi no trangresor amigo Campanella me dijo: “Patricio, estoy desconcertado, ni siquiera sé qué nombre ponerle a mi nueva película”, y yo le dije que le ponga no me acuerdo cómo y él me dijo que casi seguro que le iba a poner “El secreto de sus ojos” y yo le contesté que si se trataba de una película o de una clínica oftalmológica y el me dijo que me vaya al carajo y yo le dije que estaba en mi casa y para qué me venía a joder la vida a mí, un transgresor, él, un pelado sensiblero que hace películas para que lloren las viejas plañideras añorantes de las kermeses del club Ferroviario y de los carnavales en los cuales Alberto Castillo estaba tres horas y media despidiéndose de La Pampa y él me dijo que él no era transgresor, pero que algo sabía de lo que hacía y no se pasaba la vida escribiendo berretadas pseudofilosóficas ni engendros para adolescentes medio nabos que creen que es revolucionario sacarle fotitos a un helecho dado vuelta o hacer un poco con la banda del Pity Álvarez y yo, al borde del colapso nervioso, insistí diciéndole que por qué no me lo decís acá, en la cara, gordo traficante de ravioles, que te doy una biaba que no te va a salvar ni Tarantino, y el se paró y vino hasta mis mismas narices y me dijo que se iba de mi casa y que le devolviera los cinco mil pesos que le debía y yo le dije, imitando a un fallecido cómico argentino que de acá de los iba a devolver y que se los pidiera a la conchuda que tenemos de presidenta y él me dijo que me iba a denunciar porque sabía de buena fuente que yo evadía impuestos a dos manos y yo le dije que nosotros, los transgresores, estamos exentos del pago de los impuestos que pagan los burgueses nostálgicos como él, pero que, si osaba abrir la boca, lo iba a pasar por arriba con una Scania y él dijo que me vaya a la mierda y se fue y yo, cuando ya salía, cuando apenas era una espalda ofendida que se iba de mi casa le dije que, si bien nunca iba a pasar, si alguna vez ganaba un oscar que se lo podía meter en el medio de su voluminoso, melancólico, burgués y mediopelero culo.

El zen. Opción burguesa.

Creo haberlo dicho, si no, búsquenlo en mis obras completas, que ahí están mis pensamientos, todos y cada uno, compilados, envueltos y listos para la victoria final sobre este mundo y sus ángeles de la guarda. Burgueses ángeles. Burgueses, trompetistas y culones ángeles de la guarda de un mundo que se cae a pedazos. Pero hoy no estoy en el mundo normal y aburrido de la burguesía portuaria. Ni en la alicaída y exasperante ciudad portuaria. No. Hay una transgresión del cuerpo, como hay una de la mente. Cuerpo y mente. O sustancia pensante y sustancia extensa. O carne y alma. Ayer a la mañana, apenas me senté en la cama, a la espera de que mi mucama paraguaya, solanolopizta mucama paraguaya me trajera mis pantuflas de piel de tatú carreta, me dije: “Patricio, así las cosas no marchan, tu capacidad de transgresión se ha desbordado, tu alma necesita un retiro de todo esta gelatina burguesa”. Estando, entonces, en estos menesteres, y ya invadido por una ira asesina hija de la demora en que incurría mi guaraní mucama, decidí, luego de calcular el descuento del sueldo de mi mucama, pena aplicada a su retraso en traerme mis pantuflas, decidí venir acá, al templo budista shaolín de La cumbrecita. Recién llegué y ya puedo sentir cómo mi “yo” se va evaporando, cómo mi mente se libera del tiempo, el espacio y demás prejuicios burgueses. Me recibe un cortés monje, cortés pelado al ras monje vestido con una túnica blanca. Me dice no sé qué sobre los horarios que a rajatabla debo cumplir. Y hace mención a mi cabellera, a mi ilegal cabellera peinada prolijamente con fijador. Hay que cortarla, dice. Me tocás un pelo, flaco, y no te van a alcanzar un millón de reencarnaciones para arrepentirte, digo. Se va. Viene otro, me invita a que lo siga. Ingresamos a una especie de templo. Sentados en “canastita” en el piso, cientos de monjes. Parecen fabricados en serie. Mi guía dice que están meditando. En qué, pregunto. En el olvido del Ser, en la Nada. Le digo que algo sé de filosofía, que comprendo perfectamente. No entiendo un choto lo que me dijo. Me invita a deshacerme de mis ropas y que me una a los meditabundos monjes. Le digo que me parece inadecuado andar en medio de todos estos locos que hace años que no ven ni a sus madres como Dios me trajo al mundo. No se preocupe, me dice, ahora la traigo su vestimenta. La trae. Una túnica blanca como una nube. A regañadientes me la pongo y me siento a meditar. Escucho las pisadas del sen sei, o como corno se llame, que se van. Medito. Es sencillo, hay que despejar la mente, ponerla en blanco. Maldición. Ganas de fumar. Más maldición. Ganas de beber. Y las botellas de fernet las tengo en la valija. Tranquilo, Patricio. Es una pavada. No puedo, me caigo y me levanto en el momento en que se me ocurrió venir acá. No puedo no pensar, otarios. ¿No habrá tres de estas momias que quieran jugar un truco? Me muero. No puedo, basta. Doscientos de bondiola, tres pastillas de Gamexane, un tubo dentífrico de esa pasta rosita que viene con sabor a frutilla, unos bizcochitos “Nueve de oro” y cuatro calditos de verdura. Ah, una latita de azafrán, para el arroz con menudos. Es imposible. Basta, Patricio, vas a enloquecer. Ya deben haber pasado como tres minutos de meditación. Qué pretenden estos orates. Encima tengo hambre. Ahora sed. Qué carajo hago acá. Una voz. Debe ser mi estómago. No. Es el sen sei o como carajo se llame. Nos invita a dejar de meditar. Menos mal, no daba más. Abro los ojos. A ambos lados tengo monjes. Le pregunto al de la izquierda si ya vamos a comer: “me está picando el bagre”, digo. No, me dice en un castellano orientalizado, luego de entrenar la mente, se entrena el cuerpo; y agrega alguna chotada sobre la unidad del ser y no sé qué. Le digo que estoy de acuerdo con él, pero que tengo que ir de a poco, que la meditación me abrió el apetito y que si no como algo, un choripán o lo que sea, me voy morir. Me contesta que la meditación no debe abrir el apetito sino apagarlo y que para eso meditan cinco horas diarias y agrega que la muerte no existe y que no sé qué. Le digo que tengo una magnun 44 en la valija y que, si me deja ir a buscarla, en dos segundos, si él se presta para comprobar empíricamente mi hipótesis, le demuestro que la muerte existe. Nos ordenan salir al patio. Nos formamos en el patio. Hace un tornillo impresionante. La Antártida parece. Ahora todos corren, en fila. Prolija y budista fila. Corro con ellos. Van como 50 metros de trote. No doy más. No siento el aire. Alguien roció el templo con gas pimienta, porque no siento nada. Paren, che. No son monjes, son maratonistas. Nadie habla. Allá adelante hay una valla. Viene un monje, la salta. Otro, también la salta. Yo no voy a hacer eso. Todavía no aprendí a levitar. Lo más claro que mi jadeo lo permite trato de explicarle al de adelante que no soy súperman y que esa valla no la salto ni poniéndome un cohete en el traste. Me dice que me enfoque y no sé qué sobre el espíritu. Lo mando a cagar, literalmente. Estoy llegando a la valla. Me enfoco. No doy más. No puedo. La esquivo por el costado. Se acerca el sen sei o como quiera el malparido Dios que se llame. Con una caña de bambú en la mano. Pero no sabe que algo he aprendido. Aprendí que la materia no existe. Rápido y sin aviso me da un bambunazo en las costillas. Digo ay y le mando la mejor occidental y cristiana puteada que se me ocurre. Me contesta que las reglas son así, Le digo que esa valla mide como dos metros y que todavía no aprendí el arte de la levitación. Que se vaya al carajo, le digo también. Ay, otra vez me pega con la malparida caña. Me le voy al humo como chancho pa’ los choclos. El resto de los monjes sigue corriendo como si nada. A este viejito me lo como, pienso. Y le lanzo mi más pugilístico cross. Sin saber cómo, le pego al aire y recibo de éste como contrapartida un sandalia de cánamo en el morro. Caigo desvanecido. Abro los ojos. Hay un techo, arriba. El malparido sen sei me dice que es hora de comer. Por fin, digo. Le pregunto dónde está mi valija, que tengo en ella un par de salames caseros, una mortadela y un queso de cabra de otro mundo. Del fernet no le digo nada, creo que son abstemios. Tiramos todo, no deben devorarse el resto de las criaturas del universo. Lo odio. La bebida alcohólica también la tiramos, dice. No, con el fernet no, pelado hijo de un tren de infinitos vagones cargado de meretrices. El elemento universal es el agua, dice en tono elegíaco. Sirven la comida. Una escudilla de arroz. Una malparida escudilla de arroz. Los voy a asesinar a todos. Hijos de puta. Con esto no me lleno ni un premolar. Solicito cortésmente permiso para ir al baño. El sen sei o como corno Buda quiera que se llame me lo niega. Me levanto la túnica y mis partes quedan al aire. Amenazo. O me dejás ir al baño, pelado nazi, o te riego el comedor con este líquido elemental. Me da permiso. A las puteadas voy a mi pieza. Gracias a Dios la magnun no la vieron, la puse en el doble fondo de la valija. Ahora van a ver, otarios. Regreso con el arma en la mano. Le digo al sen sei que por qué no se hace el Bruce Lee ahora y que lo voy a dejar como un colador si no me deja salir de este puterío ahora mismo. Dice que las reglas no lo permiten. Le digo que soy un transgresor y que cago y recago en las reglas, en oriente, en Buda y en Mao Tse Tung. No dice nada. Tomo a un monje “x” por el cuello y le pongo el revólver en la sien. Me dejan salir o le vuelo la cabeza, grito. Cunde el pánico. Ohhh, escucho. El sen sei me dice que me tranquilice y que piense en lo que estoy haciendo. Le digo que mejor no lo pienso, porque si lo hago la abro al flaco la abro la cabeza de un “cuetazo”. Está, bien, me dice el sen sei o como quiera Siddharta que se llame. Váyase, usted no está preparado. Le digo que escribí una novela que se vendió más que el varavadita o como quiera que se llame esa Biblia apócrifa. Por las dudas, me llevo conmigo al monje, a modo de escudo. Uno nunca sabe cuántos trucos tienen estos tipos. Cientos de pares de ojos me ven desaparecer con mi rehén por la puerta del comedor, ahora estoy en la mismísima puerta del templo. Salgo. El monje durante su cautiverio no dijo una palabra. Ya estoy afuera. Decile al chino ese que manda que conmigo puede hacer lo que quiere, pero con el fernet y los salamines, no. Andá a la puta que te parió, me apostrofa el monje en la cara, en un español más correcto que el de Unamuno. Y me voy.

La transgresión. Un arte.

Pocas personas niegan que sea yo un transgresor. Que esas pocas personas sean por lo general reconocidos críticos literarios da igual. Pues, ¿reconocidos por quién o quiénes?, respuesta: por la sociedad burguesa, putrefacta, excrementística sociedad burguesa en general y por los burgueses, los livianos, apolíneos, carentes de sangre burgueses en particular. Claro que, visto desde la superficialidad burguesa, desde el sentido común burgués, hay actitudes de este servidor que, de lejos, desde lo burguesmente lejos, parecieran no adecuarse con los cánones de un transgresor. Claro, para ser transgresor, piensan, para ser verdaderamente transgresor, un artista debe cortarse un pedazo de oreja y ofrendárselo a una prostituta, enterrarse hasta el cuello en excremento o padecer de fiebre a los largo y a lo ancho de los 365 días del año. No, señores, lamento comunicarle que no es así. Yo ahora me encuentro en pleno ocio, en Punta del Este, de frente al mar, en pleno pediluvio, con los pies, ambos, transgresores pies en una palangana de aguas milagrosas y tibia con una mucama a mi lado, arrodillada sobre maíz mucama (de rasgos aindiados, jovencita, jovencita, tan jovencita que imposible sería registrarla para que contase con los mínimos beneficios de la seguridad social y para que el día del mañana gozase de una jubilación, mínima, es verdad, que le asegurase todas las ventajas de una vejez menos indigna) que minuciosamente me lima una a una las diez uñas compañeras de mis diez dedos de las manos, milagrosas también manos. ¿Y?, esto quiero decir: ¿Y?, así con ímpetu de letra mayúscula, ¿me hace esto menos transgresor?, ¿quita una pizca de trangresión este descanso veraniego a mi novela, mi arma de asedio a la sociedad burguesa novela? No, claro que no, pues en mi novela, aunque me cueste adelantar datos sobre ella, hay dos personas del mismo sexo que se enamoran, ¡ja!, ¿y?, qué me dicen ahora, dinosaurios, objetos paleontológicos, piezas de museo, oxidados trastos viejos. Sí, me animé a escribir lo que nadie hasta hoy se había animado, a decir lo que esta sociedad burguesa no quiere escuchar. Ante este hecho que está ahí y que cualquiera de ustedes puede corroborar con tan sólo tener los 160 y pico de pesos que cuesta mi novela, toda mi vida, mis costumbres, mis pequeños, modestos momentos de ocio no son nada, mejor dicho son una sucesión de pequeños placeres, cotidianos placeres que merezco por el solo hecho de llamar a las cosas por su nombre; es más, son las condiciones de posibilidad de que mi transgresión fructifique, crezca y se autoabastezca de su alimento primordial: las ideas, las derrochadoras de amoralidad transgresora ideas. Este gratificante pediluvio, este artístico pulir de mis uñas por parte de mi mucama, de mi jovencita, jovencita, jovencita mucama, ¿pueden empañar mi obra?, ¿es necesario que mi novela venga con un pabellón de oreja de regalo para que ustedes, críticos literarios, burguesísimos críticos literarios reconozcan que es el libro más transgresor que la especie humana, encarnada en un individuo, un alto, genial, individuo como soy yo haya osado escribir? Sigan con su labor, críticos, usted también, jovencita (tan, tan, tan), y cambie el agua de la palangana si no quiere ser despedida en este preciso instante.

Punta del Este. Ciudad burguesa.

Me asquee de Punta del Este. De la burguesísima, paqueta, frívola ciudad costera. De sus playas, de sus reggeatones infartantes, de su farándula chabacana y egocéntrica. Desde ya desmiento eso que escuché por ahí y que alude a que mi partida de la estúpida ciudad uruguaya y su helado, pequeño burgués mar se debe menos a insatisfacciones de transgresor que a cierto cerco que las autoridades encargadas de recaudar los burgueses impuestos habían tendido a mi alrededor. No, señores. Bueno, no del todo, quizás. Hubo, sí, cartas documento, burguesas, claro, que me compelían a regularizar no sé qué pagos, telegramas carentes absolutamente de estilo, fríos, prepotentes, hasta que luego, andado el tiempo, al hecho de ser los mismos ya de por sí ilegibles para un alma bendecida por el don de la transgresión como la mía, se unió el hecho de la no comprensión de mi parte del idioma uruguayo, con sus “bo”, su andar cansino, su parsimonia estilística. Por eso, señores, sucedió el malentendido. Y nada más. Sí, claro, algo de razón hay: acepto que hubo policías, oficio no transgresor por naturaleza, oficiales de justicia y una multicolor fauna de curiosos y agentes del burgúes Estado uruguayo en la puerta de mi casa. También, aunque esto ya pertenece a mi transgresora vida privada y no debiera ventilarlo a gente como ustedes, desagradecidos lectores, hubo, es verdad, una escopeta doble caño asomándose por la ventana de mi propiedad. También apareció, mucho antes de la multitud aludida y de la escopeta, una botella de whisky, Chivas Regal, que me gané en un concurso de ensayos en el cual descollé con mi pluma destructora, salvaje; sí, todo eso hubo, Y algunos detalles mínimos más: una vincha a lo Rambo, unos cuerpo tierra, un intento por obstruir las numerosas puertas de mi casa con muebles varios, una bomba molotov que, al querer ser encendida, por errores propios del fragor de la batalla, en vez de prenderse sólo el trapito conductor del fuego cuando le acerqué el fósforo “Tres Patitos” pareció encenderse el mundo entero de punta a punta. Y hubo gritos: “está loco”, “qué hace”, “quién es”, “Chicherín, creo que escribe pelotudeces”, “debe ser un musulmán”; así, mezclado todo, en una vorágine de adrenalina se sucedía el mundo. Y, ya que estamos, lector, y como no quiero que te veas acribillado por las palabras amarillas de la prensa burguesa, debo decirte que, al final, en la agonía de la patriada también hubo una botella vacía, una transgresión caminando torcida, bamboleante como un elefante ciego, una ya citada escopeta, una boca echa de la más pura transgresión que profirió hacia las afueras, hacia la burguesía recaudadora “¿dos mil pesos?, me prendo fuego, burgueses, no saben quién soy, malparidos; y hubo un disparo al que siguió un anónimo “está demente, corran, che, ahí atrás de los árboles”; y fuego hubo, mucho, demasiado; y más luego un ruido de puerta rota, un taconeo policial, marcial, asesino que subía las escaleras, unas esposas, unas fianzas o algo así que un abogado me dijo que convenía abonar y un regreso a la burguesa ciudad portuaria, a sus bocanadas de hastío a sus diarios haciéndose eco de la vida de los demás, de la mía, con sus exageraciones típicamente burguesas.